“Ya te puedes casar”

Por: Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

Una pareja de muy estimados amigos míos está por casarse en un par de meses. Hace unos días asistieron a las pláticas prematrimoniales organizadas por su parroquia y tuvieron la oportunidad de convivir con otras jóvenes parejas muy diversas. Sin embargo, una de ellas destacaba entre las demás: una pareja de pueblo que estaba tomando las pláticas lejos de su hogar por azares del destino.

La sesión resultó, según me cuentan, un rico intercambio entre las dos culturas ahí presentes: la urbana y la rural. Los detalles de las ceremonias, principalmente de los festejos posteriores, son sumamente diferentes y sus contrastes muy interesantes. Mientras que mis amigos sufren por la organización que implica un banquete para trescientas personas, la pareja del pueblo esperaba recibir en su festejo ¡entre mil quinientas y dos mil personas!

Asombrados, preguntaron cómo se las arreglarían para preparar tanta comida. La respuesta fue el sueño de todo gourmet de ciudad: la comida (mole con pollo y tortillas) será preparada al momento, servida por turnos. Fresco y artesanal, pero para ellos, totalmente cotidiano. Abundando en el tema de las tortillas, les preguntaron si las comprarían hechas. La respuesta del futuro esposo fue: “¡Claro que no! Se van a preparar ahí. Si mi mujer no sabe hacer tortillas, ¿para qué me caso?”

Esa forma de pensar podría parecernos machista desde los criterios urbanos contemporáneos, pero si reflexionamos bien, nos daremos cuenta de que nosotros compartimos la idea detrás de la expresión: ¿cuántas veces no le hemos dicho en tono de broma o felicitación a alguien que cocina rico que “ya se puede casar”?

Parece haber un consenso no dicho en todos nosotros acerca de la mejor calidad de la alimentación de la persona casada sobre la de la persona soltera. Esa mejoría, desde luego, se espera como proveniente de la mujer, que libera al hombre de sus malas costumbres alimenticias y le ayuda a formar un hogar más amable al aportarle una comida cotidiana deliciosa, reconfortante y nutritiva. Es por eso que debe saber cocinar para casarse y cumplir con esta importante misión.

Que en la mujer recaiga la responsabilidad de la buena cocina ¿es algo malo? Al contrario, yo lo veo como una posición cultural privilegiada: la mujer es la que aporta esa sensación de bienestar, tan necesaria para la formación de un hogar, con su cocina. El hombre, y ella misma, la necesitan para tener ese ambiente propicio para el desarrollo de su futura familia. Además, personalmente, yo encuentro sumamente disfrutable tiempo que paso en la cocina.

Sin embargo, los tiempos cambian y los papeles de los dos géneros (en las sociedades más urbanizadas) cada vez son menos marcados. Ahora mujeres y hombres trabajan para proveer al hogar y, en muchos casos, ni el hombre ni la mujer saben cocinar. ¿Cambiará esto nuestra expectativa de una mejor alimentación tras el matrimonio? ¿Dejará de ser gracioso el pobre menú del soltero comparado con el del casado?

Ojalá que no.

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