Aristóteles tenía razón

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Ahorita está de moda hablar de educación, particularmente de la mala. Todos estamos de acuerdo en que una sociedad crece y se desarrolla conforme a la educación que tengan sus miembros, y nos preocupa el tema precisamente porque en la educación de nuestra gente nos jugamos el futuro (y el presente) de nuestro país.

Desafortunadamente, cada vez es más frecuente escuchar a jefes o a directivos de empresas quejarse de la mala educación con la que llegan las personas a pedir trabajo, en especial los profesionistas. No hace mucho, un conocido mío, director de área de una fuerte empresa mexicana, me decía: “No es que no haya trabajo en México, ése sobra. El problema es que muy pocas personas están calificadas para los puestos que tenemos disponibles”.

Pareciera que la bolita de formar a los nuevos profesionistas se le ha pasado a las áreas de recursos humanos de las empresas, lo cual nos está saliendo sumamente caro. ¿Qué pasa con las escuelas y universidades?

Francamente no creo que haya una desidia o mala intención generalizada por parte de los maestros y de los profesionales de la educación. Mi hipótesis es que el problema de la educación en nuestro país es más profundo; es un problema de enfoque, de lo que estamos entendiendo por “educar”.

Un autor italiano llamado Luigi Giussani habla sobre la educación desde el problema de la falta de atención. La atención, afirma Giussani, no es algo que se dé espontáneamente, sino que hay que formarla poco a poco. Lo natural en las personas es las distracción que se da por el interés: nos distraemos con lo que naturalmente nos llama la atención. La distracción no requiere de una formación ni hay que forzarla como con la atención.

Giussani menciona algunos problemas que provoca la distracción. Cuando no ponemos atención, es decir, cuando no profundizamos en lo que nos rodea y sólo nos enfocamos en lo llamativo, tendemos a afirmar las ideas preconcebidas que tenemos y no tomamos en consideración ningún mensaje nuevo. Concentramos nuestra sensibilidad sólo en lo que nos apetece y se acrecienta la insensibilidad hacia los detalles y matices de cualquier propuesta nueva. El resultado de esto es que uno tiende a resumir lo nuevo que conoce con tosquedad, imprecisión y superficialidad.

La atención, por otra parte, se enfoca en la totalidad. Profundiza en los detalles y exige apertura a nuevos conocimientos y formas de pensar. Educar en la atención también es educar en la apertura y en la aceptación. Abrirse a lo nuevo y considerarlo. Una educación en la atención y aceptación provoca una actitud profunda que necesitamos para afrontar la realidad.

Ahora me pregunto, ¿por qué nuestros estudiantes parecen haber perdido la capacidad de la atención? ¿Realmente la culpa la tienen los iPods, los celulares y las computadoras, o se trata de algo más profundo?

Hace poco platicaba con un grupo de amigos; todos éramos profesores de diversas universidades. Estábamos discutiendo la efectividad de las evaluaciones de los profesores, si realmente servían para algo, si están bien hechas o no, etc. Un punto interesante de dichas evaluaciones que mencionamos en esa conversación, es la calificación que nos dan por nuestra “didáctica”. A nuestros alumnos se les pregunta qué tan buenos somos dando clase, y los criterios para contestar son cosas como: “¿Qué tan dinámica es la case? ¿El profesor utiliza recursos didácticos como presentaciones de power point, esquemas o el pizarrón? ¿Logra mantener la atención de los alumnos durante clase?”

Para obtener una buena calificación en ese rubro, los profesores tenemos que transformarnos en verdaderos entertainers de nuestras materias. Hoy en día el competente en las aulas no es el que sabe más, sino el que logra entretener mejor a sus alumnos. Pero no pequemos de exagerados: es bueno y sano que los profesores se apoyen con algunos recursos didácticos que faciliten el aprendizaje del alumno. Después de todo, no sirve saber mucho si no se sabe transmitir, en eso estoy de acuerdo. Sin embargo, me parece que también nos hemos ido hasta el otro lado del péndulo.

Un fuerte problema de la educación contemporánea es que toda la carga de la atención la tiene el docente. La didáctica ha pasado de ser un apoyo a una verdadera exigencia, incluso una calificación. Se le exige al profesor que capte el interés del alumno. Se le pide que sea un “distractor”, que jale naturalmente el interés del alumno a lo que a éste le apetece. No se le está exigiendo esfuerzo al estudiante. Por eso no salen preparados para el trabajo: quieren hacer sólo lo que les interesa y no están abiertos a aprender cosas nuevas que les exijan un mínimo de esfuerzo. Se les está enseñando a ser superficiales y a no forzarse a profundizar en su realidad.

Que no se nos olvide que educar no sólo se trata de transmitir efectivamente los conocimientos, también hay que formar. Esto quiere decir que tenemos que educar a nuestros profesionistas para que sean virtuosos, para que formen hábitos como la fortaleza, la prudencia, el orden y la templanza.

Con lo anterior no pretendo haber descubierto el hilo negro. En realidad, no estoy proponiendo nada nuevo: esto ya lo habían dicho los filósofos griegos como Platón y Aristóteles. Tan sólo quiero recordarlo y hacerlo presente en nuestro tiempo. El problema de la educación de nuestros profesionistas no es la carencia de conocimientos, sino la carencia de las virtudes con las que pueden obtenerlos. Si un estudiante no aprende a profundizar y a forzarse a sí mismo a poner atención y abrirse a nuevas posibilidades, nunca será capaz de innovar y encontrar nuevas soluciones a los problemas que se le planteen.

Un gran profesor no es el que enseña muchos conocimientos (con o sin power point), sino el que hace nacer en el alumno el deseo por aprender. No tengamos miedo de ser exigentes con ellos, pues la vida misma se encargará de hacerlo.

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