La venganza de la razón

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter:  @elinauta

Uno de los elogios que más nos complace repetir es el que se hace de la imaginación: hablamos de un reino de la imaginación, decimos que no conoce límites y que constituye una fuga, un atajo a lo insospechado, un pase directo a territorios de maravilla que además, —muy de acuerdo a nuestras expectativas— es democráticamente accesible a todo el mundo. Sin embargo, en un afán totalmente arbitrario de llevar la contra, quiero hoy poner un par de objeciones a tan bonitos argumentos. Es sano, de cuando en cuando, contradecir las propias certezas.

Partiremos de la concepción común de imaginación, que suele considerarse como la capacidad de representarse en imágenes mentales cosas reales o irreales, existentes o inexistentes. Acostumbramos decir que la imaginación puede ir más allá de la realidad, para concebir mundos que no siguen las reglas de éste. La consideramos un privilegio y un don, y a quienes hacen buen uso de ella, los consideramos privilegiados. Y aunque las personas que se consideran “serias y razonables” y tachan a la imaginación de vana e inútil, propia sólo de los niños, la imaginación se defiende frente a la razón sosteniendo que es de ella el reino de la creatividad, de la alegría y de lo sorprendente.

Aunque en esta definición popular de la imaginación no se debe tomar la palabra “imagen” en sentido literal, ya que la imaginación no se limita a lo visual, pues está constreñida al reino de lo sensible. En ello reside su fortaleza —pues edifica mundos llenos de color, de sonidos, de sensaciones diversas— pero también sus limitaciones, pues es justamente lo sensible lo que marca sus fronteras. La imaginación difícilmente puede rebasar los límites de nuestra sensibilidad. Si podemos hablar, de forma ficticia, de un lugar sin espacio, de un momento sin tiempo o de un cuerpo sin forma, por ejemplo, sólo lo podemos hacer desde la razón que combina ideas a pesar de que parezcan contradictorias, mientras la imaginación trata a duras penas de seguirla y de formarse una idea (sensible) de lo que sería ver, tocar o estar en esas situaciones, muchas veces sin conseguirlo.

Tal vez sea más claro entenderlo apelando a la razón matemática. Cuando una operación matemática hace necesario hablar de números irracionales o de números negativos, la imaginación encuentra en ello una barrera muy difícil de dejar atrás. Cuando se postula una geometría no euclideana, en la que es necesario concebir un espacio de más de tres dimensiones, la imaginación encuentra grandes dificultades en representárselo. En este sentido, la razón es poseedora de una libertad peculiar, pues puede llegar a sitios a los que la imaginación no llega. En muchos casos la ciencia —en ocasiones de la mano de la filosofía— trasciende nuestras posibilidades de representación. Esto podría considerarse una auténtica venganza de la razón.

Sin embargo, es justo decir que los mismos científicos que han llegado a tales territorios casi inconcebibles, aceptan que lo han hecho gracias a la imaginación como fuerza motriz. Aunque no sea capaz de representarse fielmente el panorama, la imaginación puede sugerir caminos inesperados para conducir a la razón fuera de las soluciones ordinarias. Esta imaginación científica, más radical y abstracta que la que considerábamos al principio, podría ser el fundamento de muchas teorías y postulados de la ciencia. Einstein, por ejemplo, afirmaba que llegó a concebir la teoría de la relatividad cuando intentaba imaginar cómo se le presentaría la propagación de energía electromagnética a alguien que se desplazara a la velocidad de la luz. Esta complicidad entre razón e imaginación, ya dejando atrás el afán de llevar la contra con el que comencé este post, sí podría reclamar para sí no sólo el alcanzar territorios insospechados y, además, verdaderos. Maravillas de ésas que no se encuentran en los libros de fantasía, sino en los libros de ciencia.

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