Manual para ser un empresario responsable (y un gran hombre, en general)

marco2

Por Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

El otro día estaba releyendo las “Meditaciones” de Marco Aurelio, el emperador romano que fue discípulo de los estoicos. Una de las delicias de su texto es que no peca jamás de pose ni de petulancia académica. Marco Aurelio no fue un gran filósofo, ni un educado erudito. Fue un emperador, un guerrero, un hombre tan común y tan corriente como cualquiera de nosotros.

Sí, accidentalmente fue emperador de la gran Roma, pero ello no afecta la sencillez y humildad con la que nos presenta sus íntimos soliloquios. Es un hombre reflexionando sobre su vida, sobre lo bueno y lo malo. Nada más. Pero fue en esa sencillez donde encontré un fragmento que todos los empresarios y trabajadores debemos tener presente. Marco Aurelio nos cuenta las cosas que aprendió de su padre y dice:

“[Aprendí] la mansedumbre y la firmeza serena en las decisiones profundamente examinadas. El no vanagloriarse con los honores aparentes; el amor al trabajo y a la perseverancia; el estar dispuesto a escuchar a los que podían hacer una contribución a la comunidad. El distribuir sin vacilaciones a cada uno según su mérito. La experiencia para distinguir cuándo es necesario un esfuerzo sin desmayo y cuándo hay que relajarse.”

¿Cómo sería nuestro desempeño laboral si siguiéramos estas breves enseñanzas del papá de Marco Aurelio?

La mansedumbre y la firmeza serena son dos virtudes que acompañan a las decisiones bien tomadas. No se trata de decidir “en caliente” ni bajo el ánimo encendido de una discusión o un éxito. Al contrario, las decisiones deben ser analizadas minuciosamente y, después, mantenernos firmes pero no tiránicos.

Y qué decir de los momentos de éxito que tantas veces acompañan a nuestra vida. Son tragos dulces que pueden empalagar al espíritu, por lo que debemos protegernos de la vanagloria. Y en particular de los honores aparentes.

Cuántas veces nuestro grupo de amigos y colegas se vuelve una muralla que nos elogia y “protege” (así, entre comillas), pero que no nos deja conocer el mundo real más allá de nuestro microcósmos. Estas palomillas profesionales se fortalecen entre sí y se blindan contra el exterior en un afán gregario comprensible, pero indeseable.

En mi breve vida laboral me he topado con algunos de estos grupos. Son encantadores desde dentro: uno se siente acogido y reconocido; se respira un aire de familiaridad y camaradería que difícilmente es penetrable por cualquier externo. Se comparte un mismo pensamiento y los intereses se satisfacen siempre en una línea de crecimiento personal y grupal envidiable.

Sin embargo, justo por las características que los hacen tan fuertes, su desarrollo se compromete. Son células que importan siempre por sí mismas, nunca por nadie ni nada más. La creatividad y la innovación, al menos, quedan anuladas, pues lo que no haya surgido desde sus entrañas es fútil y despreciable. Y por ello se les vuelve imposible y molesto “escuchar a los que podían hacer una contribución a la comunidad”.

Al respecto, Agustín de Hipona sentenció que “cualquier verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo”. Si limpiamos el contenido teológico de su afirmación, podemos decir que cualquier verdad, venga de donde venga, sigue siendo verdad. No porque la competencia diga algo verdadero o útil deja de serlo.

Es nuestra responsabilidad aceptarlo, asimilarlo, y construir desde ahí un bien para la comunidad, como bien intuye @martxie en su texto sobe Ferran Adriá.

Sin esta apertura al otro la vanagloria merodea como un buitre hambriento. Los honores y elogios intrínsecos a los grupúsculos o palomillas, aunque buenos en su intención y correctos en su contenido, son vanos.

Otra enseñanza que debemos tener siempre presente es la relativa al trabajo. Hay que amarlo, porque por él nos desarrollamos y creamos valor para nuestra gente y para el mundo. Hay que ser perseverantes, porque nuestro camino siempre es de subida. El trabajo que realizamos para que importe debe soportar los ataques del tiempo y de la naturaleza cambiante.

Pero nuestra vida no debe reducirse sólo al esfuerzo diario del trabajo. “A cada día le basta su tribulación”, dicen por ahí. Habrá momentos en que debamos esforzarnos sin desmayo, es decir, llevar nuestro cuerpo a su límite y superarlo. Pero habrá momentos en los que debamos relajar el ritmo y descansar. No se trata de una pugna ni de una negociación entre la oficina y el hospital. Se trata de formarnos en un balance entre el ocio y el trabajo, como nos lo señalaba hace tiempo @elinauta en su Elogio del Ocio.

Y por último, pero no menos importante, debemos formarnos en la justicia. Esforzarnos por dar a cada quien lo que le corresponde según su mérito. No según amiguismos, ni antigüedad, ni nada, salvo el mérito, los logros, los grandes pasos que aportan a nuestra empresa, comunidad, país, mundo…

Creo que, junto a Marco Aurelio, tenemos todavía que meditarlo más.

Juan José

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s