La ética sí es rentable

Por: Emilia Kiehnle
Twitter: @e_kiehnlem

-¿Qué hacemos con este trabajo? Se nota que la persona que lo entregó no lo hizo.
-Mmm… Pues nada, haz como que no nos dimos cuenta y califícalo como está.
-Pero de hecho sabemos que no lo hizo ¿No deberíamos hacer algo, al menos hablar con ella?
-No, con ella conviene quedarnos callados. Es una persona muy influyente.
-¡Pero eso está mal! ¿Le vamos a dar un título a una persona que no se lo merece?
-No te preocupes, no va a pasar nada. Así son las cosas aquí, ya te irás acostumbrando.

 

Más o menos así fue el diálogo que sostuvo hace poco una buena amiga mía con su jefe, director de área en una importante escuela de negocios. Sin embargo, estoy segura de que a muchos de los lectores de este post no les sorprenderá en lo más mínimo, pues no se trata de un caso aislado. Tristemente, esta forma de pensar es bastante común, y no sólo en nuestro país.

Es curioso cómo los seres humanos tenemos es capacidad para deslindarnos de nuestra responsabilidad. Decimos que “las cosas son así”, como si “las cosas” fueran un fenómeno que se da independientemente de nuestras acciones y al que nos tenemos que acostumbrar porque simplemente “pasa”. Es la resignación del hombre que sabe que está haciendo mal y le pesa, pero que acalla su conciencia generando una distancia psicológica entre sus acciones y las consecuencias de las mismas.

Ahora, no vayan a imaginarse al jefe de mi amiga como un ser malvado y corrupto: es un simple mortal más, que se levanta todos los días para trabajar y mantener a su familia. No es el villano de la película al que debamos despreciar, sino que más bien es el protagonista que comete un error que lo hace sufrir y que merece nuestra lástima. Y, reconozcámoslo, si nosotros estuviéramos en la misma situación que él, ¿no sentiríamos la tentación de comportarnos igual? Si tuviéramos un buen trabajo del que dependieran personas a las que queremos y procuramos, ¿no temeríamos perderlo por alguna represalia?

Ser moralmente rectos no es una tarea fácil, en especial cuando la gente a nuestro alrededor nos presiona para hacer las cosas mal. Cuando la corrupción es un hábito cultural aceptado (e incluso exigido), luchar contra ella requiere fortaleza y valentía, virtudes que se tienen que desarrollar con tiempo y esfuerzo.

“Suena muy bonito, Emilia, pero tú puedes darte el lujo de pensar así ahorita que eres joven y no tienes una familia ni responsabilidades. Espérate a que tengas un hijo y vas a entenderlo”. Sí, me lo han dicho así tal cual. Y sí, soy joven y aún no tengo una familia propia. Sin embargo, esa idea de que el bien es un ideal de juventud que se pierde con la madurez, cuando la “realidad” te golpea, me parece un tanto trasnochada. Conozco personas de 50 y hasta de 80 y muchos años que siguen siendo coherentes con sus principios y que entre más crecen y maduran, sostienen con mayor fuerza que no vale la pena sacrificar la rectitud por una aparente seguridad. Y no son personas que sean mártires de sus ideales ni mucho menos: son personas con familias, que han hecho un gran patrimonio y que viven bastante bien. Son personas que han demostrado con su vida y con su ejemplo que la ética sí es rentable. Como dijo recientemente el famoso gastrónomo y empresario Ferran Adriá, tan citado últimamente en nuestro blog: “Busca la felicidad y el éxito llegará solo”.

En algún momento de nuestra vida todos nos enfrentaremos a la tentación de sucumbir ante el “así son las cosas” del jefe de mi amiga. Y creo que ninguno de nosotros tiene el derecho de juzgarlo con dureza por su decisión: todos nos equivocamos y somos víctimas del miedo y la inseguridad.

Estoy segura de que ese señor es bien intencionado y utiliza el dinero que gana para vestir, alimentar y mandar a la escuela a sus hijos, pero ¿para qué cuidar y educar tanto a un hijo si cuando crezca se le va a decir que el mundo es corrupto y que no va a poder aplicar todos los principios que se le enseñaron? Parece una especie de fraude: te digo que debes ser buena persona, pero también te enseño que el mundo no te va a permitir serlo y debes resignarte a ser no tan bueno.

A diferencia de lo que él piensa, el camino que está eligiendo el jefe de mi amiga no le va a traer seguridad, porque es un camino elegido por miedo y el miedo es una enfermedad que destruye y limita. La verdad y el bien liberan y nos permiten crecer y desarrollarnos. ¿Quién será capaz de formar un mayor patrimonio para sus seres queridos: el que vive sometido a sus temores, o el que tiene la fortaleza y la valentía para sobreponerse a sus miedos y salir adelante?

¿Suena a ideal ingenuo de la juventud? Si quieren nos vemos en treinta años y les cuento cómo me fue. Mientras tanto, ¿qué van hacer ustedes?

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