El asombro como religión

Por Elizabeth G. Frías

Albert Einstein es uno de los personajes más emblemáticos de nuestro tiempo. No es siquiera necesario explicar su relevancia. Lo que me interesa explorar en este post es su peculiar concepción de la religiosidad que, originada en el misterio, funcionaba como principio fundamental de su vida y de su labor científica. El misterio fue el Dios al que veneró Einstein y al que dedicó su vida y su obra; fue el origen de su interés por la ciencia, el motor que lo impulsó durante su trabajo, el principio del que se deriva el deber más fundamental de su ética y el fin que propuso para el arte y la ciencia.

La religiosidad de Einstein parte de una actitud primaria del hombre hacia la naturaleza: el asombro. En su encuentro con el mundo, en primera instancia, el hombre no puede más que admirar la complejidad de la forma y el funcionamiento de lo existente, maravillarse y reconocer un orden que se encuentra más allá de sí mismo. En palabras de Einstein: “Lo más hermoso de la vida es lo insondable, lo que está lleno de misterio. Es éste el sentimiento básico que se halla junto a la cuna del arte verdadero y de la auténtica ciencia. Quien no lo experimenta, el que no está en condiciones de admirar o asombrarse, está muerto, por decirlo así, y con la mirada apagada.”

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Pero este sentimiento no favorece sólo la contemplación, sino que impulsa a la acción. De esta manera, y como fundamento de la ciencia, se conoce el carácter inteligible del universo y nuestra capacidad de comprender sus leyes por medio de la razón. El misterio es cognoscible; tenemos la capacidad de percibir y comprender la verdad y la belleza. Sin embargo, no podemos penetrarlo por completo: “hay manifestaciones de la razón, de la conciencia más honda y de la belleza más deslumbrante, accesibles a nuestra conciencia sólo en sus formas más primitivas; todo este saber, conocer y sentir, da origen a la verdadera religiosidad; en este sentido, y sólo en él, pertenezco a los hombres profundamente religiosos”.  La veneración de esa fuerza que trasciende la comprensión humana constituyó la religión de Einstein.

 

El modo en que el científico concibió a la divinidad no coincide con la idea de un dios personal; para él, Dios es impersonal e inmanente al mundo (en contraposición al dios del catolicismo, que es personal y trascendente); su presencia se expresa en la armonía perfecta del universo, en el orden cósmico que es el mismo en las ideas y en la realidad y que hace posible su comprensión racional. Dios es la substancia infinita; lo que se suele llamar “voluntad de dios” se identifica en su filosofía con las leyes naturales; la velocidad constante de la luz, por ejemplo, era para Einstein una garantía su existencia.

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Esta concepción implica problemas importantes en el campo de la ética, pues no habría en ella espacio para la acción libre del hombre: ningún hecho es accidental, todo está ya determinado y es necesario que suceda de ese modo. Aunque no podemos discutir dichos problemas aquí, basta por ahora con señalar que Einstein defendía una inclinación ética innata: “cuando uno pregunta para qué debemos ayudarnos unos a otros (…) habría que contestarle: ‘si usted no lo siente, nadie se lo podrá explicar’.” Ante lo inevitable de los hechos injustos, este peculiar personaje recomendaba además humor e imperturbabilidad.

Sin embargo, hay también una ética profunda que surgía para el científico del sentimiento religioso cósmico: la consecuencia inmediata del conocimiento de la inteligibilidad del mundo era para él el deseo de descifrarlo. Aún más: no se trataba sólo de un deseo, sino de un imperativo, una implicación de la religiosidad. Einstein se veía inclinado a descifrar los misterios del mundo no por una curiosidad meramente racional, sino por devoción religiosa. De esta manera, para él la ciencia y la religión estaban estrechamente ligadas y ocupaban el primer lugar jerárquico en su vida.

Para Einstein, el misterio es el origen de la ciencia. El científico no sólo debía confiar en la racionalidad del mundo, sino que era esta fe su principal motor: “La religiosidad cósmica es el resorte propulsor más noble y fuerte de la investigación científica. (…) ¡Qué profunda ha de haber sido la fe en la razón cosmogónica, y cuál el ansia de abarcar, aunque fuera el más ligero fulgor de la misma reflejado en este mundo, que debe haber anidado en el pecho de un Kepler o de un Newton, para poder desentrañar el prodigioso mecanismo de la Mecánica Celeste, con el trabajo solitario de largos años de silenciosa dedicación!”.

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A pesar de las complicaciones filosóficas que esta concepción tiene y que son difíciles de resolver, me gusta mucho encontrar el asombro como fuente de un sentimiento religioso que impulsa al hombre a investigar y tratar de comprender su entorno. La función más importante del arte y de la ciencia, decía Einstein, es originar este sentimiento sobre lo perceptible y mantenerlo vivo. Quizá sea tema para otro post el pensar de qué modo el arte puede reavivar esa actitud primaria de asombro y admiración ante la complejidad del mundo. Mientras tanto, ojalá sirva esta pequeña descripción para entender la mirada maravillada y alegre que luce este genio en sus fotografías más conocidas; una mirada que parece buscar la complicidad en los ojos de otros. Tal vez algún día, si seguimos lo suficiente sus pasos cultivando el asombro, contemplando y explorando nuestro entorno, podamos llamarle cómplice.

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