La promesa contenida en los muros de un restaurante

Por: March Castañeda

Twitter: @martxie

“En la envoltura está el gusto”

Eva Pintor

 

En el colonial barrio más festivo y jovial de la Ciudad de México; Coyoacán, se encuentra insertado en una esquina el pintoresco merendero “Las Lupitas”, muy conocido ya por los sureños y por algunos ávidos antojadizos como yo y muchos de nuestros queridos lectores en este blog.

Y para los que no lo conocen, les cuento que “Las Lupitas” es un afectuoso rinconcito ideal para gozar de irresistibles antojitos norteños como los burritos de machaca y chilorio, las chivichangas, los frijoles meneados con queso chihuahua y otras delicias que el norte del país nos regala a todos. Su estilo es único, creativo, fresco, natural y expresivo del animado folclor mexicano en cada detalle. Su mobiliario que exalta la magia del color, los garigoleos de la talavera hecha vajilla, los colgantes de papel picado que refuerzan la coquetería con un toque colorido, el ingenio artístico que se aprecia en las manteletas, los murales y las obras de autor que decoran las paredes; el menú que habla por sí solo sin necesitar ninguna fanfarria y el cálido servicio consentidor. Es un sabor mexicano inconfundible.

El exterior del lugar no es más llamativo que el común denominador de los locales en Coyoacán, sin embargo tiene ese espíritu seductor que atrae a la menor provocación. El apacible muro color blanco del exterior se encuentra aderezado con una brillante placa que reza: “Doña Guadalupe C. Vda. de Pintor. Fundadora. 1959”. Y fue esta leyenda la que inspiró la reflexión que hoy quiero compartirles.

¿Qué es lo que nos comunica este letrero? A simple vista la respuesta es muy obvia: es un restaurante fundado en 1959 por una señora llamada Guadalupe que vivió la desafortunada situación de quedar viuda de un tal señor Pintor. Pero, ¿y si hacemos un esfuerzo mayor? Sin duda captaremos mucho más que lo evidente, descubriremos que su verdadera naturaleza es la de ser una promesa. Sí, una promesa.

Primero, comunica que “Las Lupitas” es un restaurante con una rica y probablemente atractiva historia. No sólo dice que tiene 53 años de existencia, sino que también conserva su esencia original. Esto se traduce en la promesa de una experiencia gastronómica llena de tradición y autenticidad, nos dice que es una fórmula probada, validada y garantizada. Antigüedad y éxito conviviendo en el mismo entorno. No podemos resistirnos a probar lo que ya está “calado” y que se ha convertido en un clásico, ¿o si?

En segunda instancia, encuentro un cariñoso homenaje a la fundadora del lugar. Un recuerdo respetuoso y fiel a la mente creativa del concepto y al trabajo operativo que le otorgó la subsistencia. Significa que los actuales dirigentes honran con orgullo las raíces del restaurante y no sólo eso, sino que seguramente están enamorados del mismo y lo mantienen con ilusión, amor y dedicación sincera, agradecida y leal. Promete que la atmósfera del lugar es afectuosa y confortante y que estará llena, además, de elementos significativos.

Esto nos conduce a imaginar un servicio muy cercano y quizás apapachador. Cuando la placa resalta el nombre de “Guadalupe C. Vda. de Pintor” nos está transmitiendo el sentimiento de orgullosa pertenencia a una dinastía familiar. La familia Pintor es el corazón latiente que vigoriza la operación del merendero y, al ser un negocio familiar, pensamos de inmediato que serán los mismos dueños quienes nos atiendan.

Además, el amor que une de manera natural a una familia y a ésta con un proyecto en común, es muchas veces la gran motivación que dirige a la empresa. El deseo de compartir una mesa deliciosamente servida, las ganas de ser un gran anfitrión y la satisfacción de deleitar paladares por el puro gusto de complacer, es una promesa que refiere a un ambiente familiar, sazonado con amor multiforme y que nos permitirá saborear mejor el momento.

Por último, creo que podemos rescatar la idea de que, siendo un lugar con tradición, las recetas de la casa son el más valioso tesoro de quien fue una gran cocinera, Doña Guadalupe, por supuesto. Creo que no me dejarán mentir si digo que una ancestral receta familiar disponible para degustar cómodamente en un restaurante tan coqueto es una gran propuesta de valor. Así es, nos cautiva la promesa de paladear sabores de complaciente historia culinaria.

Al final, logramos exprimir la intención de unas cuantas palabras sencillas que se dejan ver en la entrada del merendero y construimos (con mucha imaginación) toda la historia del lugar. Desciframos su esencia, edificamos una imagen llena de conceptos cautivadores y de sensaciones diversas, ampliamos los límites. Cuando extendemos los actos cotidianos, cualquier cosa puede convertirse en un objeto de deseo.

Y, ¿qué no lo que quieren los restauranteros (y los empresarios en general) es convertir su producto en un objeto de deseo? Yo creo que sí y agrego que muchas veces esto se logra con elementos más simples de lo que creemos. En este caso, un enunciado que existe sin mayor razón aparente, se ha convertido en promesa y a la vez en expectativa.  El riesgo del restaurante está en saberse capaz de cumplir dicha promesa, mientras que el comensal arriesgará su ilusión con la esperanza de recibir una recompensa. Es un juego seductor, sin duda, una estrategia de persuasión muy sutil, pero que nos permite disfrutar de la excitante sensación de contemplar la envoltura del producto antes de consumirlo.

Lo mejor, claro, viene después, cuando dejamos de creer y nos aventuramos a vivir, desatando al mismo tiempo una cadena de gustos y placeres. Así es que no puedo dejar de lado comentarles que la promesa que la familia Pintor nos revela en la entrada del su merendero es cumplida en su totalidad y con una exquisitez que se agradece. Este es su mayor logro: el de crear y comunicar un discurso con hermosa coherencia.

Quizás haya ido demasiado lejos en esta reflexión, pero puedo asegurarles que yo agradezco a los Pintor que me hayan regalado la galante oportunidad de anticipar, con delicadeza, esta vibrante experiencia.

 

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