¿Por qué uno no debería contratar un físico nuclear para componer una sinfonía?

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

 

Uno de los retos más importantes para cualquier empresa es conseguir al talento adecuado. Pero, ¿de qué les sirve el talento si no se aprovecha en aquellas cosas para las que sirve?

La gestión del talento es un arte que parte de un principio simple y universal: nadie es bueno para todo. Si quisiéramos prepararnos unos tacos de arrachera, necesitaríamos conseguir carne, tortillas, verduras, salsa, limones, etcétera. Igual con las empresas: para conseguir una meta necesitamos operadores, estrategas, contadores, diseñadores, entre otros.

Pero, ¿qué sucedería si le pedimos al limón que sea él quien tome la función de la tortilla? Simplemente el taco jamás se alcanza. Igual con las personas, un diseñador no tiene por qué tener a su cargo los procesos financieros de la empresa, y un ingeniero difícilmente será el elemento clave para impulsar los programas de atracción de talento. Cada uno tiene sus talentos y sobre ellos hay que pedir cuentas.

Muchas veces, por la coyuntura empresarial, le pedimos a nuestros colaboradores que nos apoyen con diversas tareas que salen de su ramo de expertise. No hay nada de malo en ello, mientras no se convierta en una obligación primaria sobre la cual se evalúe el desempeño personal.

¡Sería como calificar a un pianista concertista según sus habilidades con la balalaika! (O a un contador público por su dominio del griego clásico).

Hace tiempo conocí un caso en el que un colaborador de una empresa había sido contratado por su habilidad en la proyección económica y financiera. Tenía un claro interés por el desarrollo de modelos y el análisis de datos para formular estrategias. El problema fue que por la cultura de la empresa su trabajo no tenía que ver nada (o casi nada) con su habilidad. Su jefa inmediata le pedía que se encargara del balance financiero y del seguimiento a la los reportes de auditoría interna.

Al principio sus resultados fueron buenos, pero no sobresalientes; con el paso de los meses la calidad y el compromiso de este colaborador disminuyeron tanto que acabaron por correrlo. Y la empresa hizo bien, pues un colaborador que no da resultados y cobra la nómina es, en una palabra, un parásito.

Sin embargo, el problema tenía una solución mucho más simple y menos drástica que el finiquito. El talento de este colaborador debía aprovecharse para generar valor, pero la empresa estaba decidida a aprovechar el esfuerzo de la persona.

Es así de sencillo: el esfuerzo de una persona, por enorme que sea, si no está orientado a mover el talento existente es inútil. Intenten aprovechar el esfuerzo de los 50 mejores físicos nucleares del mundo para componer una sinfonía y el resultado será desastroso. Intenten aprovechar el esfuerzo de un solo músico y verán el resultado.

Al respecto de esto recuerdo un capítulo de los Myth Busters, de Discovery Channel. Intentando probar el mito de que un autobús puede brincar una rampa y aterrizar a ciertos metros de distancia, como sucede en cierta película, los cazadores de mitos aprovecharon todo su conocimiento científico y técnico, más toda la capacidad del autobús para recrear la escena. El resultado fue un fracaso total: el autobús no está hecho para “volar” ni para brincar rampas.

Entonces, recapitulando, el éxito empresarial depende de la identificación y el aprovechamiento del talento, no del esfuerzo. Después de todo, se trata de personas, no de maquinitas industriales.

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