Ética de Televisa

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

En mi post pasado hablé sobre la rentabilidad de la ética en la vida contemporánea y de la posibilidad de vivir al mismo tiempo con los bolsillos llenos y la conciencia limpia. Sin embargo, de ese escrito surgieron dudas que me preguntaron algunos de mis lectores y que me propongo contestar el día de hoy. Principalmente, se me cuestionó qué entiendo por “ética” y cuáles son los valores en los que debe basarse un empresario para tener una vida recta.

La primera cuestión es más sencilla de contestar, así es que comenzaré por ahí. La palabra “ética” proviene de la palabra griega ethos, que no tiene una traducción 100% fiel al castellano. Todavía hay muchos académicos que se dedican a discutir el significado de esta palabra, pero el significado más común, y que yo utilizo en lo personal, es el de “costumbre” o “hábito”. Así pues, la ética es lo relativo a la costumbre. Si buscamos hacer una definición más elaborada, podríamos decir que la ética es la ciencia que estudia la justificación de un sistema de costumbres y de su aplicación en los distintos ámbitos de la vida personal y social.

Muchos piensan que la ética es una especie de conjunto de normas de buena conducta, pero si esto fuera así, la ética no sería una ciencia, sino una especie de arte del buen vivir. Aristóteles decía que la ética es un tipo de ciencia práctica. A diferencia de una ciencia teórica, que se estudia simplemente por el conocimiento mismo, una ciencia práctica se estudia por los resultados prácticos que obtenemos a partir del conocimiento que adquirimos. Por eso tiene sentido decir que la ética busca conocer la justificación racional de las costumbres humanas para ver de qué manera se aplican en nuestra vida y en nuestra sociedad. Así es que, de forma clara y sencilla, entiendo por “ética” la ciencia que estudia las costumbres humanas y las valora como buenas o malas para la vida cotidiana.

Ahora, esto me lleva a la segunda cuestión. Pero antes de contestar cuáles son los valores del empresario tendríamos que preguntarnos qué son los valores. Esta cuestión me parece un poco más complicada porque la palabra “valor” ha sido terriblemente manoseada por todo mundo en nuestro tiempo, principalmente por los medios de comunicación, que, quizás con buena intención, pero de una manera muy mal informada, se han dedicado a vaciarla de contenido.

Si ahorita saliéramos a la calle a preguntarle a la gente qué son los valores, no sabrían contestarnos de manera concreta. Yo ya hice el experimento con personas conocidas mías, nada tontas, que no supieron a ciencia cierta decirme qué entendían por “valor”. Al final, después de darle vueltas al asunto, lo único en lo que todos coincidían es en que los valores son aquel conjunto de cosas que la gente considera “buenas”, pero aún así esta definición queda muy vaga. Es como si el “valor” fuera una cajita vacía dentro de la cual podemos meter todos aquellos conceptos que nos gustan y nos parecen buenos por alguna razón personal. He llegado a encontrar listas de valores que incluyen a la verdad, la justicia y la identidad cultural juntas, cuando son cosas completamente diferentes: la verdad es una valoración nuestros juicios, la justicia es una virtud y la identidad cultural se define como el conjunto de valores de una sociedad (lo cual vuelve tautológica la definición, pues es absurdo decir que un valor es un conjunto de valores).

¿Qué es entonces un valor?

El principal pensador que habló de valores fue el filósofo Max Scheler, que, a grandes rasgos, los define como los fundamentos de la acción, es decir, son aquellos principios que le dan sentido y coherencia a nuestras acciones. Siendo sincera, a mí no me convence para nada la ética basada en los valores. Se me hace muy complicada y poco efectiva, pues le encuentro varios problemas. El primero es que, según esta definición, la existencia de un valor sería resultado de la interpretación que hace el sujeto de la utilidad, deseo, importancia o interés del objeto. Es decir, la valía del objeto es, hasta cierto punto, atribuida por el sujeto, de acuerdo a sus propios criterios e interpretación, que puede ser producto de su aprendizaje, de una experiencia, de un ideal e incluso de una noción de orden natural, pero que no queda del todo justificada, pues depende del mismo sujeto que la tiene.

Scheler intenta salvar este problema diciendo que hay dos tipos de valores: los subjetivos, que son los que usamos como medios para llegar a un fin, y los objetivos, que son finalidades en sí mismos, como la verdad o la belleza; pero en el fondo no resuelve el problema, pues el criterio para determina cuáles son los fines en sí mismos sigue siendo subjetivo. Scheler también intenta hacer un sistema de jerarquía entre los valores, pero esto es muy ambiguo, pues, ¿qué justifica que un valor sea mejor que otro? ¿Podemos decir que la honestidad es más importante que la justicia, o que la verdad es mejor que la belleza? Son cosas diferentes que no tienen por qué compararse como mejores o peores: cada una funciona dentro de su propio ámbito y es absurdo querer jerarquizarlas.

Además, otro problema es que los valores no son fijos, sino que cambian constantemente, según el tiempo y las circunstancias. Hoy en día se habla mucho de la tolerancia y del rechazo a la discriminación, pero estos conceptos no eran considerados valores antes del siglo XX. Antes, por ejemplo, se hablaba de la pureza como un valor, y hoy en día ya casi nadie la considera importante. ¿Esto quiere decir que la tolerancia no era buena, se volvió buena en nuestro tiempo y puede dejar de ser buena, como en el caso la pureza? ¿Qué clase de ética puede basarse en principios tan inciertos y mutables?

La versión clásica de la ética nos puede ayudar a resolver esta confusión. Los antiguos griegos, como Platón y Aristóteles, no hablaban de valores, sino de virtudes. La virtud es un hábito bueno, es decir, una acción que nos trae beneficios en la práctica. Por ejemplo, la honestidad, que es el hábito de decir la verdad. En contraposición a las virtudes están los vicios, como la deshonestidad, que es el hábito de la mentira. Si la ética es la ciencia que estudia las costumbres o hábitos humanos, entonces tiene más sentido hablar de virtudes que de valores.

Para la ética, los valores son únicamente modificadores que habilitan las funciones de bondad con las que juzgamos moralmente. Es decir, sólo existen los valores de “bueno” y “malo” con los que calificamos las acciones humanas: decimos que la virtud de la honestidad es “buena” porque nos trae consecuencias buenas en la vida práctica, mientras que calificamos el vicio de la deshonestidad con el valor de “malo” porque sus consecuencias perjudican moralmente a la persona que la practica.

Espero que este post haya contribuido a aclarar qué entiendo por ética y por qué me caen en la punta del hígado los spots de Televisa de “¿tienes el valor, o te vale?”, que, aunque les doy el beneficio de la duda de estar hechos por personas que buscan el bien de México, en el fondo nada más generan confusión y no contribuyen realmente a un estudio serio de las acciones humanas y a una promoción del comportamiento bueno de la sociedad. Mi propuesta es que no nos hagamos bolas ni nos compliquemos la vida: regresemos a los clásicos, pues a pesar de la enorme cantidad de años que tienen, siguen estando vigentes y brindando claridad en nuestra realidad actual.

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