Las virtudes del empresario socialmente responsable 3: Confianza

Confianza

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

Este viernes continúo con la revisión de las virtudes fundamentales de los empresarios y toca la confianza.

Quizá lo primero que vale la pena revisar es la etimología de la palabra: cum fides. Confianza significa, en latín, “con fe”. Por fe tenemos que entender, no un movimiento teológico, sino una disposición de nuestra inteligencia para creer en algo. Así, podemos decir que, etimológicamente, confianza significa “con la disposición de creer”.

Así, la confianza implica una creencia. Es decir: la aceptación libre y racional de alguna certeza. No es un apropiamiento de una verdad demostrada, sino la aprehensión de algo que quiero aceptar.

¿Puede tener un verdadero valor empresarial algo que no es demostrativo, sino volitivo? Absolutamente. Y es que la aceptación libre también debe ser racional, es decir, sensata. La confianza no es la creencia ciega en un mundo estúpido. “Confiar” en que mi empresa de aviones sin alas va a ser un éxito no es racional y por lo tanto no estamos en el territorio de la confianza, sino de la necedad e ingenuidad.

La confianza no es ingenuidad, sino humildad intelectual. No podemos demostrar todo, no podemos conocer a ciencia cierta todo. Como virtud, es la que nos da la fuerza de aceptar los riesgos que implican emprender.

Por eso, en Eudoxa definimos la confianza como “el hábito de esperar lo mejor de las personas y de las situaciones con las que nos enfrentamos día a día”. En Eudoxa aceptamos libremente la certeza de que todas las personas con las que tenemos contacto son buenas y quieren alcanzar siempre el mayor bien para todos.

¿Podemos demostrar esto? Por supuesto que no. De hecho, parece mucho más fácil argumentar que las personas son egoístas y que harán hasta lo indecible por garantizar su beneficio propio. Pero si no confiamos en nuestra gente, ¿qué valor tiene lo que hacemos como empresa?

Ahora bien, la confianza va un paso más allá. No se trata solamente de una creencia al respecto de nuestra relación con otras personas. La confianza, como virtud, implica también una relación con el mundo, con las situaciones en las que existimos.

Confianza en el mundo significa esperar lo mejor de las situaciones; es tener la certeza de que siempre pasará lo mejor posible, y no lo peor que podamos imaginar. Los errores, los tropezones y los fracasos no son contrarios a la confianza, pues insisto que ésta no es un movimiento ingenuo.

Es preciso para las empresas que quieren ser socialmente responsables confiar en la bondad del mundo y de las personas. Sin esta confianza, su pretensión de ética y responsabilidad es un sueño, una ilusión infantil y sin sentido. Y esto es lo grande de la RSE: por la confianza que exige, impele también a poner los medios para que aquello en lo que confiamos germine. Confiar en que el adicto al cigarro puede dejar de fumar es sensato; confiar en que puede abandonar su vicio encerrado en una tabaquería, es estúpido.

¿Cuáles son las condiciones que tenemos que poner para poder confiar en la gente? Esta es la pregunta que los empresarios socialmente responsables tenemos que resolver.

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