Las virtudes del empresario socialmente responsable 4: Valentía

Hércules con Atenea

 

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

“Hay muy diversas formas de procesar el temor. Algunos crecen, otros se empequeñecen”

-Federico Reyes-Heroles

 

Emprender con la mira en la responsabilidad social provoca miedo: los riesgos y las amenazas son grandes y el camino, arduo. Por ello es necesario que el empresario cultive la valentía como virtud.

Ya he repetido muchas veces que las virtudes son hábitos. El empresario tiene que estar habituado a ser valiente, es decir, a enfrentarse a sus temores. Pero, ¿qué es la valentía? Definitivamente no es la fortaleza de una persona para quedarse en una situación de peligro, sin importar las consecuencias. Hace unos dos mil 500 años Sócrates refutó esta idea mientras dialogaba con Laques.

Laques definió la valentía como: “guardar el puesto en la batalla, no huir y rechazar al enemigo”. Pero Sócrates, con su insoportable agudeza, le mostró a su interlocutor que en ocasiones la retirada puede ser estratégica (como en cierta batalla de los espartanos contra los persas) y muy valiente.

El peligro es real y tenemos la obligación de conservar nuestra salud e integridad. Por ello, la valentía no es un arrojo inconciente a las garras de lo peligroso. A esto se le llama temeridad.

Años después de Sócrates, Aristóteles ofreció un acceso interesante a la valentía. Como virtud, ésta es el punto medio entre la cobardía y la temeridad. La cobardía es el miedo incontrolado de una persona, la falta de constancia y firmeza para enfrentar retos y problemas, mientras que la temeridad es el arrojo del que ya hablamos. La valentía es la sabiduría que nos dice cuándo debemos luchar y cuándo huir.

Federico Reyes-Heroles, en su extraordinario libro El Abismo, nos recuerda una cita terrible de Mahler: “A veces estoy lleno de ímpetu y la vida me parece hermosa y llena de sabor; en seguida me asalta una sensación de muerte”. El texto es de una carta de Gustav a su amigo Josef Steiner, de 1879. Mahler se descubre como un hombre que teme, y su música plasma transparentemente estos cambios abruptos en el ánimo mahleriano. ¿Fue Mahler un hombre cobarde, valiente o temerario? Quizá las tres, a ratos.

Un empresario no puede darse el lujo de ser cobarde ni temerario. Ambos extremos terminarán por consumir su empresa y dañar a la sociedad con quien tiene responsabilidad. La cobardía lo consumirá por asfixia; el arrojo, por incendio. Ninguno de los dos finales es deseable. Pero que no pueda darse el lujo, no significa que jamás vaya a caer en ellos. Así como el más escéptico cae –tarde o temprano- en un enamoramiento, igual todos los hombres caemos en la cobardía y en la temeridad. El tropezón nos costará, pero si hemos formado nuestro carácter para ser virtuosos, para ser valientes, la caída nos dará un mal trago, pero poco más.

En Eudoxa definimos la valentía como el hábito por el cual una persona actúa correctamente a pesar de obstáculos que se pueden encontrar. Es la virtud que impulsa la pasión por las cosas que hacemos y que nos habitúa a realizar las tareas encomendadas del mejor modo posible.

Actuar correctamente y trabajar con pasión. No son dos elementos muy claros dentro de una lectura superficial de la valentía. La primera parte suena más a la honestidad o rectitud y la segunda puede parecerse a la eficiencia o a la productividad. Pero la valentía es la virtud madre.

La pena es un vástago del temor. Nos da pena, lo que nos puede dañar en algún nivel de la moral. La valentía es la virtud que nos permite controlar el miedo y superarlo o asumirlo según sea el mejor caso. Se necesita ser valientes para mantener una posición y para aceptar un regaño; se necesita valentía para asumir un fracaso, pero también para perseguir la victoria. Y lo mismo pasa con el trabajo. Cuando un empresario es responsable, llevar a cabo las tareas encomendadas requiere valentía. ¿Sabemos lo que nos espera detrás de cada negociación, de cada intento de venta, de cada decisión estratégica? No.

Los resultados de nuestra actividad empresarial son algo desconocido. Siempre desconocido. Y lo que no conocemos nos causa temor. Es natural, tan natural como el temor a la muerte, pero menos grave. Laborar, poner nuestro empeño en producir resultados, muchas veces nos agobia y parece superarnos. Los pendientes se erigen como huestes malévolas dispuestos a consumir toda nuestra vitalidad. Entonces los evadimos, nos escondemos. Y fracasamos.

 Enfrentar a las tareas requiere valentía. Vencer al monstruoso pendiente y al enorme y horroroso titán de las tareas por hacer es un trabajo digno de Hércules: no porque requiera masa muscular, sino valentía. Hércules fue el gran héroe valiente porque emprendió sus trabajos pese a los obstáculos que se encontró (miedo, flojera, asco… lo mismo da).

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