El saber del sabor

Por: March Castañeda

Twitter: @martxie

“Somos mucho más de lo que comemos, sin embargo, lo que comemos nos puede ayudar a ser mucho más de lo que somos”.

Adelle Davis

Desde los griegos hasta la actualidad, muchos filósofos han condenado a los sentidos como medios inferiores de conocimiento por estar más cercanos a nuestra naturaleza animal que a la razón. Sin embargo, encuentro algo encantador en ellos que me atrae irresistiblemente a experimentarlos con conciencia y a descubrir que en realidad no tienen nada de inferior y que su naturaleza es más racional de lo que parece.

Ejercitar nuestros sentidos nos permite experimentar sensaciones intensas e inmediatas pero ya los usamos con tanta naturalidad y constancia que pierden importancia y dejamos de apreciar el placer estético que nos regalan y la sabiduría que nos dejan. Nos olvidamos que es gracias a los sentidos como comienza todo el proceso del conocimiento, la comunicación y el entendimiento.

Por supuesto, uno de los sentidos que más me gusta es el del gusto, que ha sido menospreciado –junto con el olfato y el tacto– durante mucho tiempo. Se le ha calificado como “inferior” porque opera a un nivel “primitivo y casi instintivo”. Ha sido poco merecedor de cualquier estudio y por lo tanto, no parece tener ningún papel en la exploración de la racionalidad o en el desarrollo del conocimiento. Al contrario de la vista, que recibe una gran atención por el volumen de información que nos proporciona sobre el mundo.

Dice el refrán: <<De gustibus non est disputandum>> o “sobre gustos no hay nada escrito”. Empero, estoy segura de que el acto de comer –por ende, el gusto y los demás sentidos que participan en el acto– nos proporciona un medio de cognición que, conectado con el cuerpo, construye sabiduría.

Etimológicamente, las palabras saber y sabor provienen de la raíz latina sapio o sapere, que significa tanto degustar, saborear, como entender. Sapentia, posteriormente traducida como sabiduría, significa tener conocimientos o sabiduría del mundo, pero también significa degustar cosas del mundo. De igual forma, la palabra sapiens significa ser sabio y también se deriva de sapere, saborear y/o saber. La relación entre saber y sabor es una relación cercana a los actos de comer y beber. El saber como una forma de saborear, que se encuentra íntimamente ligado con el cuerpo en general y con los sentidos en particular.

Los gustos expresan un significado y por ello poseen una dimensión cognitiva. Los alimentos se utilizan en sistemas simbólicos que van desde nuestro desayuno diario hasta una ceremonia religiosa o eventos sociales conmemorativos. Comer es una actividad con un profundo significado cultural en cualquier contexto y los valores que representan el gusto, los alimentos y la comida nos rodean por doquier y se muestran fácilmente porque permean nuestras acciones y nuestras costumbres.

Así que conocer algo es precisamente saborear lo que se sabe. Saborear es crecer en conocimientos y en sabiduría. Conocemos una cultura y una sociedad a través de sus sabores, de sus gustos y adentrándonos en su propio mundo de la comida. Saber algo es también tomarle sabor. La cognición de un objeto –y lo que representa ese objeto– es intensamente sensual. Es una participación íntima, una relación que realza la coquetería que desprende la sabiduría.

Los alimentos pueden ser calificados como simbólicos y portadores de significado de varias maneras ya que tienen un papel representativo y expresivo. Algunos antropólogos como Carole M. Couniham o Claude Fischler han dicho que la comida es “un medio sensual de comunicación” y que los alimentos son “poderosos, ya que están íntimamente conectados con nuestro ser físico, con nuestro ser sensual, con nuestras sensaciones más intensas y por lo mismo tienen poder de comunicar emociones”.

Así es, la comida y los sabores no sólo nutren el cuerpo de quien los come, también comunican sentimientos en su estado puro, sí, expresiones simbólicas de estos y así es como se convierten en un medio sensual de comunicación. Un ejemplo es: cuando nos sentimos abatidos, un tazón de sopa hecha por alguien querido nos reconforta. Es una manera de expresar un sentimiento y al mismo tiempo de otorgarle a los sabores un significado más allá de la simple sensación gustativa. Intimamos con la comida y a la vez con la persona que lo preparó.

O quizás cuando viajamos a una nueva ciudad y emocionados hacemos la primera comida del día, estamos fusionándonos con la nueva cultura y aprendiendo todo lo que nos rodea. Conocer es intimar con el objeto y la experiencia de degustar alimentos proporciona un conocimiento más profundo de lo que comemos. Sabor es saber y saber es saborear, porque no sólo conceptualizamos el conocimiento del sabor a nivel racional, sino que también lo sentimos y lo degustamos conforme se integra en nuestro cuerpo a través de los sentidos.

Les propongo que integremos en una experiencia degustativa el conocimiento tanto corporal como intelectual y afectivo; conocimiento no como distancia, sino como intimidad y los sentidos –en especial el gusto– como medio. Este ir más allá de cualquier actividad sensorial, iluminará nuestro panorama y apuntaremos a algo que está más allá de nosotros mismos, de nuestros sentidos y de los alimentos mismos. Los sabores nos nutren en cuerpo, mente y espíritu porque también nos pueden llenar de sabiduría.  ¡Saboreemos el saber!

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