Más allá de las aulas

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Acaba de ser el día del maestro y otra vez se puso de moda hablar de educación. Por un día, mis redes sociales se llenaron de felicitaciones y frases elogiosas e inspiradoras para los héroes que dedican su vida a la ardua labor de formar a nuestros jóvenes. La verdad fue bonito recibir tanto reconocimiento, y yo también participé de la celebración vía Internet, y publiqué varias cosas para mis colegas educadores. Sin embargo, fuera de la emoción pasajera de este día, la verdad es que la visión que se tiene de los profesores en nuestro país no es la más benévola.

Normalmente, el maestro no es considerado un “héroe”, sino todo lo contrario. Por lo general, se le ve como un pobre ser miserable que mal vive de dar clases porque no pudo ejercer su carrera. La docencia no es una profesión que la gente considere como primera opción, sino que más bien es el “plan b”. Y esta visión, aunque bastante limitada, sí tiene un fundamento en la realidad: los sueldos de los profesores suelen ser francamente bajos en comparación con los de otros profesionistas.

Esta idea de que los maestros son personas que se dedican a educar porque no pudieron conseguir nada mejor, alimenta la mala fama de nuestro sistema educativo. El maestro no es una persona preparada y dispuesta a hacer crecer a las siguientes generaciones, sino que es una especie de desecho social. El profesor tiene la etiqueta del fracaso laboral.

Seguramente el lector de este post piensa que después de pintarles el deprimente panorama de la noción social que se tiene del profesor, dedicaré las siguientes líneas a hacer una apología de esta noble profesión, tan necesaria en nuestro país. Sin embargo, dejaré los elogios para otra ocasión. Hago énfasis en esta idea que se tiene de los maestros porque, tristemente, en muchos de los casos es verdadera. Es indiscutible que sí hay muy buenos maestros en México: personas que realmente tienen la vocación de enseñar y que, a pesar de la mala paga y el poco reconocimiento, dedican su vida a formar a los estudiantes. Pero también es cierto que hay muchos otros a los que no les interesa mayor cosa el bienestar de sus alumnos y que ni siquiera están preparados ni tienen los conocimientos que se supone que deberían transmitir.

Esto no es ninguna novedad, ya todos sabemos las deficiencias que tiene nuestro sistema educativo y conocemos la corrupción que hay dentro del sindicato de maestros. Ya hasta tenemos una entretenida y reduccionista película de Loret de Mola que critica la ineficacia de nuestra educación y que muestra a algunos de estos tristes “profesores” sin interés ni capacidad para la enseñanza. Pareciera que ya todos conocemos a la perfección este discurso que nos señala claramente a los causantes de la mala educación de los mexicanos, es decir, los malos profesores.

Sin embargo, hay un punto que casi nadie ha tocado y que considero que está en el corazón del problema educativo de México: el papel de los padres de familia. ¿En dónde están los papás? Más de una vez me he hecho esta pregunta cuando veo a mis alumnos en el aula. Los padres son los primeros educadores de la sociedad, los principales responsables de la formación de nuestros jóvenes, los que tienen la capacidad de involucrarse directamente con el problema y al mismo tiempo exigir un buen trabajo por parte de los profesores.

“Los papás están trabajando”, podrían contestarme. La situación económica no es fácil y los padres tienen que luchar día con día para mantener a sus familias. “Los papás no tienen tiempo”, me dirán ustedes. Permítanme entonces contarles una experiencia que viví por la cual ya no creo en estos pretextos.

Hace algunos años tuve la oportunidad de trabajar en una asociación que apoyaba a algunos niños de escuelas oficiales con sus estudios. Yo era uno de los voluntarios que íbamos a darles clases de las materias que les costaban más trabajo y a ayudarlos con sus tareas. Durante ese tiempo pude ver la enorme importancia que tiene el papel de los padres en la educación académica de los estudiantes. Los niños que iban a esas clases eran hijos de gente muy necesitada económicamente que tenía que trabajar mucho y que no tenía (o no se daba) el tiempo para estar con ellos. Muchos de estos niños llegaban solos a las clases, sin sus materiales para trabajar, sin suéter y muchas veces sin siquiera haber comido decentemente. E igualmente como llegaban, se iban. Nosotros los procurábamos mucho, les dedicábamos toda nuestra atención, les conseguíamos los libros y materiales y realmente nos esforzábamos por ayudarlos. Tuvimos algunos pequeños logros, pero era muy cansado y frustrante darnos cuenta de que todo nuestro trabajo iba a tener un mínimo de frutos por la falta de apoyo por parte de los padres. La mayoría de ellos simplemente nos exigían los resultados a nosotros, que sus hijos sacaran dieces en la escuela, pero poco más. A algunos ni siquiera llegamos a conocerlos.

Afortunadamente, también hubo algunos casos mucho más alentadores. Recuerdo especialmente a una señora muy humilde que tenía dos hijos a los que cuidaba con esmero. Los niños siempre llegaban limpios y bien comidos, con la ropa remendada y sus mochilas llenas de libros. La señora no sabía leer, tenía que trabajar para mantenerse y se notaba que pasaba grandes dificultades para poder llevar a los niños y recogerlos personalmente, pero siempre llegaba. Aunque fuera unos cuantos minutos, hablaba siempre con los profesores y trataba de estar al pendiente de cómo iban sus hijos. Por supuesto, esos pequeños tenían las mejores calificaciones del grupo y avanzaban rápidamente en conocimientos y habilidades.

El problema de la educación en nuestro país es mucho más complejo de lo que nos gusta reconocer. Sí es cierto que abundan los malos profesores, pero habría menos si contáramos con más padres comprometidos que les exigieran a la vez que los apoyan. Es más fácil echarle la culpa a un sindicato y la la Secretaría de Educación Pública sin reparar en la responsabilidad que tenemos todos como parte de la sociedad. Si no logramos que haya un verdadero trabajo conjunto entre los profesores, los padres de familia y los mismos alumnos, la educación de nuestros jóvenes siempre va a resultar ineficiente. No se le puede dar toda la carga del trabajo al profesor, porque entonces su rendimiento sí se vuelve miserable. No sirve de nada tener a un maestro comprometido que se esfuerza todos los días, si en la casa no hay alguien que le dé un seguimiento cercano a la formación del alumno.

Es importante reconocer el trabajo de muchos profesores comprometidos y de las madres y padres que, independientemente de sus condiciones económicas o su formación académica, colaboran con sus hijos y con los profesionales de la educación. Pero también es necesario señalar que el problema de la educación en México debe ser valorado en su complejidad y articulado con los grandes problemas de la sociedad, y no sólo desde una sola perspectiva. Educar es una tarea que va más allá de las aulas.

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