Elogio de la inconformidad

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Hace unas semanas vi un video que reúne en diálogo a dos de las más grandes diseñadoras de moda italianas que han existido, y que jamás se conocieron: Elsa Schiaparelli (ya fallecida) y Miuccia Prada. En esta conversación ficticia, el tema que las vincula —a pesar de la imposibilidad histórica— es su afán de desafiar la noción de belleza, de buscar una nueva belleza o incluso de aceptar que la moda no está atada necesariamente a lo bello. En cierto momento, Schiaparelli suelta esta frase que ha permanecido en mi mente durante muchos días: “We must refuse the definition of glamour without ever being any less glamourous” (“Debemos rechazar la definición de glamour sin jamás dejar de ser glamorosas”). La afirmación me interesa en especial porque no sostiene solamente la voluntad de actuar diferente, de romper las reglas de la moda hasta ese momento, sino de reformarlas y de transformar la realidad en la que vivía. Es una negación firme, pero su fuerza proviene de una afirmación; destruye para crear de inmediato una nueva definición, un nuevo parámetro.

El motor de esta búsqueda de transformar condiciones que parecieran inamovibles es la inconformidad: la inquietud mental, la certeza de que algo podría ser mejor y esa especie de cosquilleo intelectual que nos impulsa a la acción. La inconformidad es señal de una mente despierta, consciente de su entorno, capaz de hacer un análisis lo más objetivo posible de sus condiciones y de encontrar su punto de inflexión. Este tipo de inconformidad ha traído consigo muchos de los grandes cambios históricos, pero también es el eje de los cambios en la historia personal de cada uno. Por supuesto, para ser valiosa, la inconformidad debe estar sustentada en el conocimiento y en la propuesta; sólo entonces es aceptable salir a incomodar a quienes, conformes o ciegos a las inconveniencias de su tiempo, se han quedado sentados a esperar a que el mundo siga su curso.

Es un hecho: la inconformidad es incómoda. Pero ésa es otra de sus armas, pues de otro modo pasaría desapercibida. Sócrates fue quizá uno de los primeros grandes personajes incómodos de la historia: se llamaba a sí mismo tábano —un insecto que aguijonea a los caballos—, “perturbador de la tranquilidad de las conciencias”. El filósofo aguijoneaba con preguntas a los ciudadanos que, desconcertados por no saber la respuesta, preferían no ser cuestionados y prescindir de la reflexión. Aunque estoy segura de que Sócrates disfrutaba su carácter incómodo, lo sostenía porque estaba seguro de que de ese modo ayudaría a fortalecer y ennoblecer el intelecto de las personas: criticaba y molestaba porque sabía que había algo que valía la pena avivar y rescatar. Decía que era “como el tábano que se posa sobre el caballo, remolón, pero noble y fuerte, que necesita un aguijón para arrearle”. La inconformidad de Sócrates era molesta —tanto que lo llevó a ser condenado a muerte—, pero esa molestia se justificaba porque era estimulante, como el golpecillo inicial que se debe dar en un engranaje para que comience a funcionar.

Esta cualidad molesta de la inconformidad me recuerda también una de las anécdotas favoritas del presidente de Eudoxa: la capacidad que tenía Steve Jobs para hacer flexible la realidad (“bend reality”). Nos ha contado que Jobs pedía al ingeniero que trabajaba en el sistema operativo de Macintosh que la computadora encendiera más rápidamente, a lo que el ingeniero respondía que era absolutamente imposible. “Si de ello dependiera la vida de una persona —le contestó Steve— ¿podrías hacer que encendiera 10 segundos más rápido?” Al final el ingeniero logró que iniciara no sólo 10, sino 28 segundos más rápido. Entre sus trabajadores, esta presión que Jobs ejercía era, a menudo, enfurecedora. Sin embargo, los llevó a cambiar el curso de la historia de la computación.

La inconformidad es un arma poderosa, pero debe tratarse con cuidado. Es brillante y admirada porque está ligada con la creatividad, la reflexión, la filosofía y el coraje. Es una incomodidad que se agradece, un pequeño dolor agradable porque despierta e impulsa, porque motiva y rejuvenece. La inconformidad muchas veces surge del enojo, pero siempre debe conducir a la propuesta. A veces debe manifestarse como grito y a veces basta con un diálogo tranquilo, pero siempre debe provenir de la reflexión. Utilizada por una inteligencia despierta, es un medio casi infalible para despertar la inteligencia de otros y para cambiar el orden que pareciera establecido. Esperemos que, en la efervescencia de la situación actual, la inconformidad logre hacer flexible la realidad y empuje, aunque sea un poco, sus límites.

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