Pollo Kentucky en Navidad o la adaptación cultural

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

“La comida es un acto de “así debe de ser” y corresponde a una lógica cultural propia” – Mtra. Rosa Ma. Garza

¿Sabían ustedes, estimados lectores, que el pollo de Kentucky Fried Chicken en Japón es un manjar digno de una cena navideña? La fiesta, adoptada por los japoneses a partir de la ocupación norteamericana que sufrió después de la Segunda Guerra Mundial, ha tomado matices muy distintos en aquel lejano país de oriente. Al parecer, el tradicional pavo resulta extraño en su sabor e imposible de preparar, pues los japoneses no suelen tener hornos en sus casas y por ello ¡el pollo Kentucky es la opción!

Desde luego, los japoneses no entienden la Navidad como nosotros o como los estadounidenses, pues para ellos es una fiesta comercial que nada tiene que ver con su historia o religión. KFC no falló en notar ese hecho y lo aprovechó para promocionar su pollo como la mejor opción de comida navideña. Esto, desde luego, hubiera sido sencillamente imposible en países occidentales con comidas tradicionales festivas.

Visitando los sitios web de KFC alrededor del mundo se puede hacer un comparativo muy interesante de otras adaptaciones culturales que la empresa ha hecho con sus productos. Destacan la personalidad extravagante de los japoneses, la preocupación nutricional de los estadounidenses, la estética particular (con todo y bolitas de arroz) de los menús filipinos, la “gourmetización” extrema de los alemanes (“ist das noch fastfood?” o ¿aún es fastfood?, se preguntan) y, desde luego, la actitud “picosa” y de compartir el alimento de los mexicanos. La comparación podría extenderse a las diferencias que existen entre los menús, que no son iguales en ninguno de los países.

Hace más de un año había tocado ya en este blog el papel de la cultura como defensa ante posibles problemas de la globalización, en particular el de la llamada “aculturación” o la “estandarización cultural”. Sin embargo, la preocupación constante de algunos colegas cocineros y compañeros antropólogos en el tema sigue presente: siguen detectando una amenaza a nuestra cultura gastronómica por parte de empresas transnacionales, “monstruos capitalistas” como KFC y similares que buscan “aplastar nuestra herencia y patrimonio cultural y gastronómico”.

Yo soy empresario y, como tal, entiendo que el capitalismo extremo no es una opción viable. Estamos cambiando de paradigma. También como empresario entiendo que muchas de esas grandes empresas que injustamente son acusadas de “asesinas de la cultura” lejos de buscar la estandarización, buscan la adaptación cultural. El de KFC es un buen ejemplo.

Creo que la resistencia cultural, nacida del etnocentrismo y de la “lógica cultural propia” de la que habla la cita que inicia este post, es una condición que no sólo protege nuestra cultura de adaptarse a “lo que las empresas quieren” (si es que lo quieren), sino que las obliga a adaptarse a ellas mismas y sus productos a “lo que nosotros queremos”. En todo caso, una empresa que pretenda ofrecer sus servicios a distintos países, regiones o culturas debería pensar de esta manera: la adaptación cultural es necesaria para su modelo de negocio si éste pretende ser funcional.

Seven Eleven, la cadena de tiendas de autoservicio, existe en Japón desde 1974. Misma empresa, misma marca, misma imagen. Por fuera no lucen muy distintas a las que tenemos en la Ciudad de México. ¿Mismos productos estandarizados, mismos servicios? Ni remotamente. Lejos de una estandarización, estos negocios son evidencia de una diferenciación cultural. Resultan una especie de canvas común en el que cada cultura plasma su gusto, creatividad e identidad.

Creo que el temor está injustificado. Creo que subestimamos, cuando tememos por nuestra cultura, su valor e utilidad. Creo que le estorbamos a nuestras posibilidades de desarrollo creativo cuando nos limitamos a “lo propio”. Y los mexicanos somos un pueblo particularmente creativo y que adapta y se apropia efectivamente de lo que le llega de fuera.

Último pensamiento: ¿no fracasó acaso el intento europeo (y porfiriano) de desprestigiar el maíz e imponer el trigo, dando como resultado una vasta y deliciosa panadería mexicana?

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