En hombros de gigantes

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Desde hace tiempo quería dedicarle uno de mis posts al tema de la innovación. Existen muchas definiciones y discusiones acerca de qué significa exactamente “innovar”, pero como yo soy una purista consumada del lenguaje, prefiero recurrir al origen de la palabra. Innovar viene del latín innovare que significa algo así como “producir algo novedoso”. Suena bastante claro, pero a mí me gustaría pensar qué debemos entender exactamente por “novedoso”.

Muchas personas creen que la innovación es hacer algo completamente original, algo que nunca se ha hecho antes. Sin embargo, la verdadera innovación no consiste en encontrar el hilo negro de las cosas. Ya lo decía March Castañeda en uno de sus posts anteriores: innovar no es la actividad especial de un genio que de pronto tiene una idea maravillosa que a nadie más se le había ocurrido. No es una cuestión de genialidad ni de suerte: se trata más bien de una actitud ante la vida.

La innovación es algo que se practica a diario. Cuando alguien tiene una idea novedosa no lo hace en una absoluta originalidad espontánea, sino que es algo que se construye poco a poco. Es común que las personas que han tenido una gran idea que ha renovado al mundo hayan fracasado muchas veces anteriores con otras ideas. La verdadera innovación es el resultado de experiencias, influencias y conocimientos previos. Por eso el pensamiento y el estudio constante son tan importantes para el trabajo creativo. Las grandes ideas no son resultado de simples corazonadas, sino que son la conclusión de un proceso natural de aprendizaje, de prueba y error. Si no se dedica tiempo a estudiar, conocer y pensar, difícilmente se innovará.

Esta es una idea que nos recalcaban mucho en la facultad de filosofía y tiene que ver con formar una consciencia histórica. Nuestros profesores nos cuestionaban en los primeros semestres de la carrera y nos decían: “¿cómo esperan decir algo nuevo si no estudian primero lo que ya se dijo durante más de dos mil años de filosofía?” Con el tiempo nos fuimos dando cuenta de que decir algo completamente nuevo en materia filosófica era prácticamente imposible, lo cual le causó a más de uno un serio agobio existencial: ¿para qué estudiar filosofía si uno no puede dar soluciones originales a los problemas? La respuesta la encontramos al darnos cuenta de que la novedad de las propuestas filosóficas no estaba en dar soluciones geniales que nadie había pensado antes, sino en hacerle matices importantes a las teorías ya planteadas por los pensadores que estábamos estudiando. Ya lo decía uno de los más grandes innovadores de la historia, el físico Isaac Newton: “Si he visto más lejos ha sido porque he subido a hombros de gigantes.”

Por lo tanto, la innovación no consiste en inventar formas originales y novísimas de hacer las cosas, se trata simplemente se cuestionarse el status quo, de preguntarnos por qué las cosas se hacen de una manera y pensar si no se podrían hacer mejor.

Para esto se necesita una mente alimentada de varios estímulos externos (como el estudio y las experiencias) y de libertad para ser creativa, es decir que se le permita experimentar, aunque se equivoque varias veces. Es muy importante perderle el miedo a los errores, pues se aprende más de los fracasos que de los éxitos. Se requiere de muchos tropiezos para llegar a una solución nueva y útil.

También se necesita pasión por querer transformar al mundo, porque innovar es difícil e implica enfrentarse a muchas críticas. La innovación requiere de una tenacidad a prueba de miedo, obstáculos y comentarios desalentadores. Si no se siente una verdadera pasión por lo que se está haciendo, es muy difícil encontrar la fuerza para seguir adelante, a pesar de la incertidumbre.

Otro mito de la innovación es que sólo puede darse en ambientes en donde hay muchos recursos: las grandes empresas como Apple y Google pueden darse el lujo de perder el miedo y cometer muchos errores porque tienen los medios para hacerlo, pero una empresa pequeñita no puede estar despilfarrando su dinero en las ideas locas de sus empleados. Cuando escucho esta clase de argumentos me llama mucho la atención que se les olvida que Apple empezó hace cuarenta años en un garage donde trabajaban dos muchachos sin dinero, uno de ellos sin estudios universitarios. Hoy en día Apple es una empresa que puede sacar productos tan innovadores como el iPad porque hubo personas que trabajaron muy duro durante años y que supieron continuar a pesar de sus propios errores.

Esta idea de que sólo los grandes emporios pueden innovar es absolutamente falsa. La creatividad humana no tiene límites más allá de la propia mente y siempre vale la pena invertir en el riesgo, aunque sea un poco.

Un maravilloso ejemplo de innovación con recursos limitados se muestra en este video:

Así es que ya lo saben: ábranse a tener muchos estímulos, dense tiempo para pensar, piérdanle el miedo a equivocarse y encuentren un proyecto que les apasione. Si logran tener la paciencia necesaria para cultivar su creatividad, a lo mejor algún día también podremos ver una de sus ideas transformando la vida de otras personas.

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