Pensar en equipo

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Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Cuando estudiaba en la escuela lo peor que podía pasarme era que la maestra decidiera dejarnos un trabajo en equipo. Normalmente eso significaba que mis compañeros iban a dividirse el tema en pedacitos, iban a copiar su parte de Encarta (todavía no existía Wikipedia) y le iban a mandar el champurrado de copipasteados al “líder” del equipo (que por lo general era yo, por ser “la más responsable”), el cual tendría que hacer todo el trabajo de verdad: redactarlo, corregirlo, darle formato y entregarlo. Al final nos darían a todos una misma calificación por el trabajo de uno solo.

Pasé toda mi educación escuchando a los profesores defender las ventajas y beneficios del mentado trabajo en equipo: que si dos cabezas piensan mejor que una, que se divide el trabajo y el esfuerzo, que se promueve el compañerismo, etc. Pero la verdad es que al final los trabajos en equipo no eran más que una manera de subir el promedio de los alumnos flojos a costa del trabajo de los estudiosos.

Esta concepción negativa del trabajo en equipo también existe fuera de las escuelas, en el ámbito laboral, particularmente en nuestro país. Basta recordar el famoso chiste de la cubeta de los cangrejos mexicanos que nunca pueden salir porque en lugar de ayudarse a subir, se jalan entre todos.

Debo decir que, a pesar de haber odiado con todo mi ser al trabajo en equipo durante muchos años, tiempo después tuve la suerte de entrar a trabajar con un grupo de personas que cambiaron radicalmente mi concepción al respecto del mismo. Me di cuenta de que el verdadero problema que yo y muchos otros sufrimos en la escuela no era el trabajo en equipo en sí, sino el que nadie nunca nos enseñó a hacer equipo realmente. Simplemente nos juntaban en grupitos, nos daban un tema para desarrollar y ya. Fuera de los múltiples panegíricos y aporías abstractas, nadie se tomó la molestia de enseñarnos a escuchar las ideas de otras personas, compararlas con las propias, pensarlas y discutirlas. Nadie nos dijo que de hecho era algo que podía resultar muy divertido y enriquecedor.

Esta concepción de trabajo en equipo que se trata de dividir las tareas en pedazos para juntarlos todos al final en una sola cosa es más parecida al proceso de producción de una fábrica, en donde un trabajador se dedica a hacer tornillos, otro los engranes, otro junta las piezas y el último empaqueta el producto. Ninguno de ellos tiene que saber hacer el trabajo del otro. Es más, ni siquiera tienen que hablarse o conocerse entre sí; mientras cada quien haga bien su parte, al final el resultado va a ser siempre el mismo.

En el caso del trabajo intelectual el equipo no puede funcionar así. En el clásico ejemplo de la exposición escolar: si varias personas tienen que explicar la importancia de Rousseau para la política y una investiga nada más su biografía, otra su contexto social, otra sus obras y ninguna de ellas entiende la relación de su tema con los otros, al final la exposición va a resultar en una especie de Frankenstein inconexo y mal formado. Sería muy diferente si una sola persona inteligente y crítica investigara toda la historia de Rousseau y leyera todas sus obras, pues podría dar una exposición muy completa, coherente e interesante. Sin embargo, el trabajo y el tiempo que tendría que dedicar una sola persona para hacer un estudio tan profundo serían monumentales.

Pensemos, pues, en un tercer escenario, en donde una persona investiga la vida de Rousseau, otra su contexto histórico y otra lee sus obras, pero en lugar de simplemente juntar los resultados de sus estudios, se juntan ellas a platicarse lo que saben y discutir entre todos las cosas que les interesa exponer del filósofo francés. El resultado sería una exposición coherente y profunda, enriquecida además por el diálogo de varias personas con diferentes intereses y puntos de vista.

El famoso jugador de basketball, Michael Jordan, decía que el talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos. El punto de un buen equipo de trabajo es que esté conformado por gente inteligente y talentosa por sí misma, pero que también tenga la habilidad de escuchar, dialogar y encaminar sus logros individuales hacia objetivos comunes.

No hay que temerle al trabajo en equipo: simplemente hay que saber cómo aprovecharlo.

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