Repensar lo imposible y lo prohibido para prosperar

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Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

Lo más propio del empresario es buscar la trascendencia, la enormidad. No esa enormidad monstruosa que corresponde a los adefesios mitológicos; tampoco la enormidad del gigantismo que termina por destruir al gigante. Es una enormidad distinta: una enormidad del alma.

Un espíritu enorme, magnánimo dirían los latinos, está orientado a las más altas virtudes y a los más elevados ideales. Y por ello sabe que puede alcanzar lo imposible.

Su misión no es un ascua, es un incendio. Un fuego que no puede consumirse por nadie ni por nada que no sea lo absoluto; es una llama eterna que espera fundirse con el fuego primigenio que da calor y movimiento al mundo. El empresario trasciende porque no puede no hacerlo: vive en el mundo como un mítico semidios, regido por las reglas físicas, pero con la fuerza y los poderes mágicos de los habitantes del Olimpo.

Y por ello debe pensar una y otra vez lo imposible; debe replantear el significado de esa limitación a cada paso que da, no para hacerse más pequeño, sino para estirar sus límites hasta lo inimaginable.

En esos límites se encuentra escondida la verdadera propuesta de valor de su empresa. Lo que tienen para ofrecer a la gente no se encuentra en la superficie de un chapoteadero, está en la sima más obscura del mar; los empresarios no encuentran el valor en lo evidente, sino en lo más recóndito de la imposibilidad. Ahí donde los demás hombres no se atreven a llegar, ahí donde la nada es soberana, ahí el empresario enciende la mecha y, ex nihilo, crea universos y alternativas que nunca nadie antes imaginó.

Por ello, el papel del empresario no es la venta, ni la producción. Su misión es la creación y el servicio. Como dueño de lo imposible, tiene la obligación de crear desde la nada cosas grandes y buenas; como dueño de sus creaciones está impelido, ineludiblemente, a servir a su comunidad.

Michelin lo dijo ya hace muchos años: su negocio no es hacer llantas, es dar un servicio a las personas que quieren transportarse de un lugar a otro. Y lo dijo en serio.

A la luz del servicio los empresarios todavía están atrapados por cadenas que no saben romper. Hay un enemigo oculto que intenta encadenar a los empresarios y no dejarlos servir como deberían: el enemigo es un prejuicio que, por alguna fatídica razón, muchos nos lo hemos creído.

¿Y qué prejuicio es este? El prejuicio de la riqueza inmoral ante los pobres. ¿Quién se atrevería a decir que pudo hacer negocio gracias a la necesidad de un pobre? Suena a capitalismo rancio, a podredumbre moral. Sólo un puerco neoliberal –más horrendo que cualquier hijo de Poseidón- se atrevería a lucrar con los pobres… Pero no es así realmente.

Todos somos pobres en algún sentido y dejamos de serlo conforme accedemos a bienes y servicios que las empresas nos ofrecen. La pobreza no es un lastre de un estrato social, es una condición que puede ser superada y que los empresarios tenemos la obligación de atender, no desde fundaciones y filantropías vacuas (no nada más), sino desde la misma propuesta de valor.

Los empresarios de hoy tenemos una vocación clara: entregar mayor valor a mayores personas para ayudarlas a prosperar. Debemos hacer de nuestros productos y servicios verdaderos bienes sociales, que contribuyan al desarrollo de nuestros clientes y consumidores. Ya no es suficiente entregar cosas, pronto dejará de ser suficiente vender experiencias: adivino que está naciendo una era donde habremos de procurar posibilidades. (Pienso en el Banco Compartamos como un proto-profeta de esta nueva era).

Y tú, empresario, ¿cómo haces más rico al pobre que te compra?

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