Cuando el trazo rebasa los límites del plano

Por: Elizabeth Gutiérrez

Twitter: @elinauta 

Dibujar es una acción tan simple que permite ser trasladada a muchos ámbitos. Sólo requiere una marca —la huella de una acción— y una superficie —o un espacio—. Con esa libertad, la frescura y la potencialidad de una página en blanco pueden trasladarse a casi cualquier situación: a nuestro recorrido matutino, al rastro de todos los que habitamos la ciudad durante un día o a nuestros movimientos dentro de un cuarto.

Cuentan que, cuando Melquiades Herrera le explicó a un grupo de alumnos qué es la línea, trazó una línea con gis desde un extremo del pizarrón y, cuando la línea alcanzó el límite del tablero, este personaje extraordinario —para quien la vida era un continuo performance— la prolongó por la pared del salón hasta darle la vuelta, llegó a la puerta y continuó por las paredes de la escuela, hasta alcanzar la salida a la calle, donde tomó un microbús y partió. No volvió hasta la siguiente clase.

La línea es un gesto tan primario que fácilmente puede rebasar los límites del papel y entrar al ámbito de las tres dimensiones o incluso del tiempo y del movimiento. Ahí la gráfica se vuelve habitable, se convierte en parte de nuestras acciones y traslados. Recuerdo una exhibición que vi en el MoMA, On Line, que reunía ejemplos destacados de la historia del dibujo en el siglo XX. Una de las piezas que mejor recuerdo es ésta, de Marcel Duchamp, 3 Stoppages Etalon (3 Standard Stoppages), que, a decir del artista, es un chiste acerca del metro. Duchamp dejó caer tres cuerdas de un metro de largo desde un metro de altura y después recortó las figuras que resultaron. Los tres patrones constituyen nuevas unidades de medida que conservan la longitud exacta del metro, pero destruyen su carácter racional.

Había esculturas de Alexander Calder o, mejor dicho, los contornos que Calder hacía delineando figuras en el espacio. Y estaban también ejercicios más arriesgados, como la línea de mil metros de Piero Manzoni, contenida dentro de un bote, o las fotografías de Lygia Clark recortando una banda de moebius en una línea cada vez más larga y delgada mientras caminaba, utilizando a la línea y al movimiento como vía de tránsito entre lo bidimensional y lo tridimensional.

Dos de las piezas más contundentes son de Luis Camnitzer. La primera, que aparece al inicio de este post, hace referencia a los elementos que permiten el dibujo y, al mismo tiempo, los rebasa. La segunda, Two Parallel Lines, reinventa esa noción geométrica implicando incluso el significado múltiple del lenguaje escrito:

Video: On Line: Luis Camnitzer

Pero, en definitiva, la pieza que más me impactó fue Propagazione, de Giuseppe Penone (el mismo de quien hablé en este post acerca de una mirada reflejante). Penone inició estampando su huella digital en un trozo de papel. Después, continuó las líneas hasta rebasar el borde del papel y propagarse por la pared en un crecimiento orgánico y constante, que recuerda los anillos de un árbol o las ondas en el agua o en el aire. La huella de este crecimiento casi palpitante que invadía la galería y que partía de una pequeña huella me pareció un ejercicio impresionante acerca del trazo como parte integral del movimiento del cuerpo —no ya de su trayectoria, sino del actuar mismo—. Dice Penone en este video que lo más extraordinario de la línea es que es una marca intencional, un gesto simplísimo, pero deliberado, voluntario.

Video: On Line: Giuseppe Penone

Ya condensada la línea en algo como el latido de la voluntad en el cuerpo, o el ritmo lento pero constante que retumba en el entorno, es más sencillo imaginar las posibilidades de trasladar el dibujo a otros ámbitos. De entrada, a mí me encantaría tener en casa una habitación-hoja en blanco, un espacio que escapara al horror vacui y permaneciera milagrosamente libre de mobiliario, en el que se pudieran explorar los trazos que resultaran de ese retumbante dibujo que produce el ritmo del cuerpo y su huella en el espacio. Un lugar para dibujar con acciones, con movimientos y con trayectos. Una pequeña fábrica de experiencias como epicentro del hogar.

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