La historia de un mercado en veintisiete tomas

Foto de Moritz Bernoully

Por: Margot Castañeda

Twitter: @martxie

Visitar un mercado mexicano es como hacer un pequeño viaje dentro de las entrañas culturales de nuestro país. Descubrir cómo se ve, a qué sabe, cómo huele, se siente y se escucha la identidad cultural de nuestro México tan querido puede ser tan emocionante como una historia de ficción. Recorrer sus jocosos pasillos es adentrarse en una aventura misteriosa, donde coexisten muchos personajes y se entrelazan historias de todo tipo. El protagónico: la sorpresa.

La capacidad de emocionarnos ante lo inesperado puede volver extraordinaria nuestra visita a un mercado. Entrar con la firme idea de comprar sólo una materia prima y salir con el estómago entretenido, bolsas llenas de bellezas comestibles, de texturas convertidas en artesanías, de ideas latentes para cocinar algo nuevo, de colores que brincan a la memoria y de esa sabiduría que derraman las personas que le dan vida. Cuando nos dejamos conquistar por el asombro, extasiamos los sentidos y ampliamos las posibilidades estéticas; es cuando encontramos momentos de absoluta contemplación, abstracción, belleza y placer.

El mejor ejemplo de esto es la exposición fotográfica que decora las paredes de Puebla 109 en la Colonia Roma. SUMARIOmercados es una perspectiva inusual de los mercados de México, una menos popular y mucho más personal. Nueve fotógrafos –profesionales o no, todos talentosos y capaces de la sensibilidad artística– nos mostraron en veintisiete imágenes que un mercado va más allá del folclor y la tradición.

Me imagino esta exposición como un pequeño cuento que narra de manera exquisita y original un día en un mercado mexicano. El que quieran, o quizás uno que reúne la exquisitez de todos.

Andrea Tejeda comienza presentando a tres de los personajes principales: los animales. Sí, un mercado está repleto de naturaleza y a veces se nos olvida en dónde empieza un banquete. Ese pescado a la talla o el sashimi con ponzu comenzó siendo un atún que recién dejó de aletear, sobre una tabla de picar. La birria, el chamorro adobado o las costillitas asadas algún día fueron un rosado lechón y un –casi– sonriente chivo. Me puedo imaginar el mercado de Xochimilco donde aún se venden animales vivos, donde la gente que vive de cuidarlos y engordarlos nos está regalando la chamba más pesada para que nuestra mesa, días más tarde, esté repleta y suculenta. Entre desenfoques gaussianos, Andrea también muestra que la belleza de la sencillez es difícil de apreciar y más aún de plasmar en una fotografía. Eso le otorga el carácter de admirable.

De ahí brincamos a la serie de Juan José Saez de Ocariz. Claro, nuestros personajes principales brincaron de la tierra (o el agua) a la tabla y se transforman mágicamente en postas, filetes y molida. El mercado no sólo es materia, también está lleno de sabiduría práctica, esa que emana de las manos que transforman la naturaleza en ingrediente, listo para ser cocinado. Los carniceros, pescaderos y tablajeros que frente a nuestros ojos, y como si de arte se tratara, escogen la mejor pieza de carne o pescado de la que disponen y la trabajan para entregarnos un manjar en bandeja de plata, o de plástico, para economizar. El señor de la verdura, que en su puesto, nos enseña a escoger el mejor aguacate, ese que ya está “en su punto pa´comerse” en tacos con chicharrón y queso. Las personas y su mágico arte: la tablajeada. Juan José y su lente –en blanco y negro– fascinante y atento para capturar la esencia, poco apreciada, de una actividad cotidiana.

La perspectiva de Ana Saldaña y Aintza Udaeta es mucho más colorida y enfocada al sabor. Ellas me recordaron que un mercado está lleno de vivacidad y coquetería colorada en distintos tonos. El antojo, como el amor, entra primero por los ojos, y los puestos de verduras, frutas y comida son expertos en el arte de conquistar con la vista. Los rojos de las granadas (Saldaña) y los rabanitos (Udaeta) decoran con un toque elevado y antojadizo las blancas paredes de la sala que los exhibe. El contraste que hace el azul de la pecera con los rojos de los tapetes (Udaeta) logra que esa esquina en la pared tenga vida. Dos grandes fotógrafas que atienden a los detalles, los que muchas veces nos hacen caer en la tentación de comprar algo para “ir comiendo”, o sólo porque alegran nuestra vista y despiertan al antojo.

Después de comprarnos un vasito de granada, caminamos por los pasillos y mientras comemos, vemos más puestos de comida, pero lo que nos llama la atención no es la comida en sí, sino las señoras que la venden. Sus canastas, sus mandiles, su enorme gusto por el trabajo que realizan. Sus rostros que reflejan cansancio y friega, pero también satisfacción al ofrecer lo mejor que pueden. Impresionante es la serie de Fernando Gómez, quien refleja ya no la historia de los ingredientes, sino de las personas. Miro sus fotografías y puedo pasarme un buen rato imaginando sus vidas. ¿A qué hora se habrán levantado por la mañana para tener toda esa comida lista para vender? ¿Cuántos kilómetros habrá caminado ya esa señora cargando su canasta? ¿Cómo fue que esa muchacha pasó de la formalidad a la risa en tres simples pasos? Nos deja mucho qué pensar e imaginar. Nos enseña a apreciar el valor que las personas tienen en toda actividad gastronómica, porque ellas son quienes le otorgan el carácter cultural a todo. Fernando nos regala profundidad y personalidad en sus fotos. Quizás hasta nombre tengan, ¡qué se yo!

Algo similar me ocurre con las fotos de Moritz Bernoully, quien también voltea la mirada a las personas, pero les da movimiento y fluidez. El mercado para Moritz significa acción, esfuerzo y faenas largas y cansadas. El mercado es una algarabía, pero no todo es diversión, tras bambalinas la aventura no es un paseo, es sudor, empeño y muchos bríos. En diferentes planos y profundidades, el movimiento se expresa en tres fotos que alegran al ojo y aceleran al corazón.

Pues bien, ya hemos pasado por los colores, los sabores, las esencias y el trabajo. Las texturas no podían faltar y están a cargo de Jorge Cejudo, quien se fijó en la fuerza que mantiene erguida la estructura de un mercado: las cuerdas. Mis manos se estremecen y quisieran sentir al momento la rugosidad y la tensión de cada una de esas cuerdas. Una forma estática de transmitir el significado del trabajo, su presión y su precisión. La base de todo, la textura plasmada en una toma minuciosa y expresiva.

Llegamos al final de nuestro recorrido por el mercado y nos encontramos con la belleza abstracta del espacio envuelto, en cuyo interior su historia cobra vida. Sólo los arquitectos gozan de esa sensibilidad para observar y contemplar la belleza de un espacio y sus componentes. Vivian Alderete mira al techo y encuentra una intensa y bella combinación de formas y colores en las lonas que cubren los puestos. Entre juegos de luz y color, Vivian hace que una escena, que muchos vemos y podríamos dejar pasar, se convierta, de alguna forma, en arte. Algo similar es lo que el trabajo de Michel Rojkind muestra en tres maravillosas fotografías, donde un ángulo, disponible para todo visitante, se convierte en una composición perfecta. Siento que al mirar estas imágenes, los cielos tratan de decirme algo. El edificio que alberga al mercado posa con su mejor perfil y los cielos lo acompañan con una ligereza que contrasta todo: forma, textura, color, consistencia y levedad. Michel nos invita –sin aceptar un no como respuesta–, a apreciar el volumen, navegar e interactuar con el espacio como si estuviéramos dentro de la escena.

Un mercado –muchos–, una historia, un espacio en blanco, muchos personajes, nueve fotógrafos, dos grandes organizadores y veintisiete imágenes. Es todo lo que se necesitó para montar una exposición de fotografía que fue más de lo que su nombre indica. Una nueva visión, mucho más estética, artística, profunda y sorprendente que llegó a nuestros ojos para darle vuelta al concepto de mercado. El mercado mexicano ha dejado de ser un simple centro de intercambio comercial. También se deslindó de la imagen turística que vende tradiciones como un producto para atraer la atención internacional. Ahora, gracias a la gran labor de Vivian Alderete y Adib Zacarías (las brillantes mentes detrás de @dondecomere), se presenta como un breve, pero fulgurante resplendor de gracia, belleza, armonía e intensidad. La esencia y el movimiento de la gente, de los cuerpos y de las cosas. Algo lo bastante estético como para abrir una brecha emocional dentro de un concepto que alguna vez fue limitado al sentido mercantil.  Todo, por supuesto, sin olvidarse de gozar del eterno y amplio sabor del mundo tragón.

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