Entre la ética y la estética

Juan Capistrán, From a Whisper to a Scream, 2012.

“Enfrentarse a una obra de arte es una buena estrategia para abrir nuestro panorama, salir del propio encasillamiento y experimentar otros puntos de vista, otras visiones de la realidad, y esto no es decir poco. Es el inicio de la ética.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Hace un par de semanas Emilia, colega de Eudoxa y escritora de este blog, me comentó una idea: acercarse al arte puede contribuir al desarrollo de las personas que forman parte de una empresa porque —entre muchas otras razones, claro está— educar la sensibilidad artística ayuda a formar también una sensibilidad ética. No pude evitar cuestionarlo: ¿de verdad la sensibilidad estética implica que se agudice la sensibilidad ética? ¿Por qué caminos podría el arte conducir a actuar de un modo más prudente y orientado al bien?

Por una parte, esta asociación podría parecer natural. Desde la antigüedad se ha relacionado la belleza con el bien moral, probablemente por el camino de la armonía. Una fisionomía armoniosa y proporcionada, por ejemplo, podía considerarse señal de un carácter igualmente armonioso. En el arte griego del periodo helenístico, por ejemplo, vemos la victoria condensada en el cuerpo proporcionado y hermoso de una mujer, que reúne sus ideales de orden, proporción y belleza —y su certeza de ser un pueblo virtuoso y educado, rodeado de pueblos que ellos consideraban bárbaros—.

También el arte que retrata lo sublime —en especial durante el Romanticismo— podría contener una referencia directa al bien moral: la representación de un paisaje imponente o una sinfonía que alcance el título de grandiosa suele conducir a la reflexión sobre la propia insignificancia, al sentimiento de pertenencia a un todo mayor que uno mismo, e inspirar acciones magnánimas y virtuosas.

Sin embargo, como en varias ocasiones he argumentado, el arte actual no está encadenado a la belleza y tampoco al bien. Una pieza no tiene que ser bella para ser considerada arte, y tampoco es requisito mostrar una postura ética. No sólo hay muchísimas obras cuyo tema no tiene relación alguna con la ética, sino que han existido movimientos artísticos, como el accionismo vienés, que desafían abiertamente los preceptos morales de su época. Los accionistas fueron perseguidos e incluso encarcelados por sus presentaciones controversiales, que incluían autoflagelación, sacrificios animales, rituales orgiásticos y otras prácticas sangrientas. Lo grotesco de estos trabajos seguramente no ayuda directamente a formar una sensibilidad ética, aunque indirectamente sí, por la repulsión que provoca en la mayoría de los espectadores —pese a que definitivamente no es ésa su intención—. El ejemplo puede parecer extremo, pero la idea es mostrar que el arte no siempre encarna ideales éticos y, por consiguiente, no forzosamente conduce a imitarlos.

Un caso más sencillo son las obras que tienen directamente un planteamiento ético. Leí hace poco, por ejemplo, de una pieza del mexicano Juan Capistrán, en la que recuerda a una amiga suya asesinada por una confusión: el dueño de la tienda donde la joven compraba un jugo de naranja le disparó dos tiros en la cabeza porque supuso que intentaba robarle, pero ella tenía un billete de dos dólares en la mano, que demostraban su intención de pagar. La pieza es una serie de fotografías que muestra cómo doblar un billete de dos dólares para convertirlo en una pistola. El proyecto incluye también pinturas realizadas con sangre de cerdo, jugo de naranja, sudor, lágrimas y cenizas, para rememorar el contexto político violento que enmarcó la muerte de su amiga.

Actualmente en el MUAC se exhibe una pieza de Teresa Margolles: se trata de los escombros de una casa abandonada en Ciudad Juárez que fueron demolidos con sumo cuidado, lentamente, para después ser trasladados hasta la ciudad de México como una denuncia directa de la violencia en el norte del país y de las promesas deshechas de quienes alguna vez habitaron esa casa.

Tanto las piezas de Capistrán como la instalación de Margolles plantean —y responden— cuestiones éticas de modo directo. Otros artistas prefieren sólo abrir interrogantes, aunque se queden sin respuesta. Sin embargo, el ejercicio de contemplar una pieza bella o de tratar de entender una obra con un planteamiento complejo seguramente educa la sensibilidad y contribuye a matizar nuestra percepción del mundo y del carácter humano. Quizá no de modo directo, pero —en la mayoría de los casos— enfrentarse a una obra de arte es una buena estrategia para abrir nuestro panorama, salir del propio encasillamiento y experimentar otros puntos de vista, otras visiones de la realidad, y esto no es decir poco. Es el inicio de la ética. No el único, por supuesto, pero sí uno de los que más echamos en falta: la capacidad de concebir el bien como algo compartido.

liz-arrobaeudoxa

2 comentarios en “Entre la ética y la estética

  1. ¡Muchas gracias por el comentario!

    Aunque estoy de acuerdo en que estas piezas contemporáneas no provocan la emoción estética que sí provoca Beethoven o la Victoria de Samotracia, también pienso que no podemos medir el valor de una obra por la emoción estética que provoca o por la complejidad técnica de su ejecución.

    Incluso es problemático llamar bajo el mismo nombre (“arte”) a las obras de Beethoven y de los griegos, pues la idea de lo que estaban haciendo, en su época, difería mucho. La definición y la concepción del arte han cambiado radicalmente a lo largo de la historia. Nos quedan dos opciones: o desacralizamos la palabra arte y aceptamos la pluralidad de manifestaciones artísticas actuales bajo el mismo nombre (lo cual no significa desaparecer la crítica de arte) o buscamos una definición o nombre que englobe todas estas variantes.

    Yo prefiero celebrar la libertad que estos cambios en la concepción del arte le permiten a los creadores. Por supuesto, en cada época hay obras muy destacadas y otras menores, y no necesariamente las dos que cito son de las que pasarán a la historia como las mayores representantes de su tiempo.

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  2. La cuestión no es si las piezas de Capistrán y Margolles pueden abordar la ética. La cuestión es de si pueden abordar la estética. Incluso, la cuestión es si son Arte, en el sentido en que la Victoria de Samotracia o la Sonata Patética o la Divina Comedia son Arte.
    Que estén exhibidas, y que sus autores se autodenominen «artistas» no las vuelve fenómenos estéticos. Las vuelve discursos interesantes, piezas con intención, manifestaciones culturales… pero ponerlas en el mismo cajón que obras que han conmovido a miles de hombres y mujeres durante siglos, que poseen carácter universal y cuya ejecución y elaboración requiere un dominio maestro de las palabras, la forma y los sonidos –como la obra de los griegos, Dante o Beethoven– es otra cosa.
    Tales piezas contemporáneas son válidas y pueden suscitar la reflexión, la comparación, el pensamiento… pero provocar la emoción estética con el nivel de profundidad y calidad de las grandes obras artísticas, está por verse.

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