Comida ritual urbana

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

Erika se levanta todos los días a las 6 de la mañana. Se tiene que arreglar para salir pronto, pues entra a trabajar como asistente personal del director de la empresa a las 8. Pone la cafetera antes de meterse a bañar y, mientras se maquilla y peina, bebe a prisa sus dos tazas de café. Es su único desayuno, aunque no es muy sustancioso, pero el día que no las toma siente que el mundo se derrumbará inevitablemente. Erika ama su café matutino, me ha dicho muchas veces. En el peor de los días, cuando se levanta tarde, pide su café por teléfono al llegar a la oficina.

Al jefe de Erika le gusta comer todos los miércoles en el mismo restaurante, a la misma hora, sentado en la misma mesa y atendido por el mismo mesero. Éste último también espera religiosamente a su cliente frecuente y le recuerda cada semana al cocinero que al ejecutivo se le debe servir la comida a las 3 en punto. El menú, desde luego, será el mismo de siempre: sopa francesa de cebolla, filete a la pimienta y puré de papa, no demasiado molida. ¿Qué importa que ninguna de esas cosas ya no estén en el menú?

Simón Sánchez, el chofer de la empresa, espera al director fuera. Nunca puede comer decentemente entre semana con ese ritmo de trabajo tan agitado que el director le impone. Por ello todos los días desayuna una sustanciosa guajolota (una torta de tamal) y un espeso, dulce y calientito atole que le dará la energía que necesita para hacer bien su trabajo durante el día.

Todos los domingos, toda la familia Sánchez se reunía en el mismo restaurante, el favorito del abuelo, a desayunar juntos y hablar de cómo les fue en la semana. Después de que el abuelo murió, los Sánchez siguieron la tradición en memoria de su adorado difunto.

La viuda del abuelito Sánchez lleva más de 20 años juntándose con sus amigas todos los jueves por la tarde para tomar el té. Durante los últimos 18 años asistieron siempre a la misma cafetería, pero lamentablemente la administración cambió y empezó a exigirles el consumo de alimentos junto con su taza de té. Muy a su pesar, las señoras tuvieron que buscar otro local para seguirse viendo los jueves.

La nieta de la viuda de Sánchez es una estudiante emprendedora y cosmopolita. Ella también toma té todos los jueves, aunque sola, en un local que tiene los más finos tés importados y mucha tranquilidad. Ella cómodamente acomodada en un sillón, con su aromático té y sus adorados libros…

Todos los anteriores son ejemplos ficticios, pero posibles, de rituales cotidianos que tienen lugar en las grandes ciudades. Contrario a lo que a veces nos vemos tentados a creer, sobre todo cuando estudiamos la comida ritual antigua, la vida urbanizada no le ha robado a los alimentos su significación ritual, tan sólo ha reemplazado y actualizado sus significados. En una sociedad que es cada vez más individual, es lógico también que cada uno de nosotros adquiera rituales propios y, con ello, asigne significados distintos a sus costumbres cotidianas.

En mi opinión, sin importar su giro, todo restaurante debería ofrecer a sus clientes la posibilidad de crear rituales cotidianos en sus instalaciones. Los mejores clientes serán aquellos que integren al negocio a sus vidas, literalmente, mediante un vínculo emocional, constante y fiel. Un negocio que demuestra más interés en obtener mi dinero que en ofrecerme esta facilidad es un lugar que no pisaré de nuevo.

¿Qué rituales personales que involucren a la comida tienen ustedes? ¿Cuáles son sus lugares favoritos, en dónde tienen ya una tradición?

3 comentarios en “Comida ritual urbana

  1. Probablemente lo hacemos de forma tan inconsciente que por eso se dice que ya no existen los rituales en torno a la comida. El café en la mañana antes de cualquier otra cosa o algo dulce (preferentemente pan) a media tarde, tipo “merienda” son imprescindibles en mi día a día. Además, rara vez me sale pasar por la esquina de Parroquia y Bartolache en domingo sin comprar unas gorditas de nata. El desayuno con mis compañeras en la facultad a las 10 am preferentemente chilaquiles con huevo montado o una gordita y una quesadilla son un must de cada sábado. Sin eso, el sábado en la escuela nada más no me sabe completo.

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  2. Ufa. Uno de mis rituales desde hace años es comerme un bigote en El Popular cada vez que ando por el centro; incluso si no hay ese pan, espero o doy la vuelta para que saquen la nueva camada de bizcochos. Una visita al centro sin mi bigote como que está incompleta… Es parte del ritual de ese paseo cotidiano.

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