La vida con otros ritmos

Por: March Castañeda

Twitter: @martxie

“Un fragmento de música desprendido de una pieza desconocida, un poco de perfección en el flujo de las cosas humanas”

Muriel Barbery

Belleza, armonía, intensidad, sentimiento, son conceptos abstractos y, quizás, realidades efímeras que me gusta buscar en el movimiento del mundo. Me fascina pepenar sabores (no sólo de lo comestible) y esencias que sean lo suficientemente estéticos como para darle un valor a la vida. Sé que la belleza es un concepto de riqueza y profundidad compleja, pero creo que este mundo no podría ser un lugar deseable sino fuera tantito –muy– bello.

El hombre por naturaleza necesita del arte y de la belleza del mundo. Quizás todos, en mayor o menor medida, de una forma o de otra, aspiramos con ardor a recuperar nuestro ser espiritual y deseamos con pasión que algo nos salve de los destinos biológicos, por eso hacemos y contemplamos arte, por eso creamos la cultura y buscamos en la expresión y la contemplación la realización más sublime de nosotros mismos.

Una de las expresiones artísticas más nobles y que más nos enriquecen a la hora de contemplarnos es la música. La música nos salva de nuestras limitaciones y nos permite expandirnos, perder nuestros contornos y viajar a un mundo sensible, verdadero y eterno. Quizás necesitamos un poco de eternidad en nuestra cotidianidad para sazonar nuestra andanza con un poco de grandeza y de poesía multiforme. ¿Qué compañía más noble, qué grandeza más distraída y qué contemplación más deliciosa que la música? La música nos regala ese sazón de eternidad y belleza mientras realizamos nuestra vida. Es una excelente compañera para múltiples actividades y creo que pueden estar de acuerdo conmigo. Escuchamos música al trabajar, leer, estudiar, limpiar la casa, cocinar, comer, en una reunión o en cualquier otro momento que se nos ocurra, pero también escuchamos música cuando queremos refugiarnos de cualquier expresión cruel de la vida y cuando simplemente queremos un placer sin deseo.

Yo he tenido la gran fortuna de rodearme de ávidos melómanos que no sólo me contagian su pasión musical, sino que me han enseñado a apreciarla en su más íntima naturaleza. Gracias a dos grandes personajes de mi vida, comprendí dos cosas sobre la música. La primera es que la música es suficientemente estética, espléndida y compleja por sí misma como para dejarla nada más de fondo, mientras la atención se dirige a cualquier otra cosa. Como todas las obras de arte, una pieza musical debe ser contemplada, estudiada, analizada y hasta descuartizada. La mente, los sentidos y las emociones deben utilizarse con sumo cuidado y exigente atención, todo esto con el fin de capturar la breve, pero fulgurante ilusión de belleza en cada nota, ritmo, movimiento y composición. Cada pieza musical nos deja un pedacito de sabiduría y también de placer desinteresado. Cada vez que escuchamos con atención una buena obra musical, encontraremos muchas historias dentro de la misma gran historia. Cada instrumento, voz y sonido tiene una razón de ser y de coexistir en un mismo espacio. Eso sólo lo sabremos cuando utilicemos la mente y no sólo los oídos. La música nos trae reflexiones y razones, pero también emociones simples, porque pocas cosas complacen más a nuestro espíritu que la sencillez encarnada en un sentimiento puro.

Ésta es la segunda cosa que me han enseñado acerca de la música: una bella pieza musical siempre lo será cuando dé forma y haga visibles nuestras emociones. La buena música siempre nos enfrenta al universo de los afectos humanos y esto puede ser igualmente bueno y deseable como también aterrador y tensionante, porque tiene la capacidad de explorar rincones poco conocidos del alma humana. He aprendido que la música es una invitación a conocer lo trascendente de lo inefable y el entendimiento de su esencia es directamente proporcional a la seriedad con la que se escuche.

Quiero compartirles unos cuantos ejemplos muy sencillos que, aunque son apreciaciones subjetivas, pueden apoyarme en mi reflexión.

La primera es Soiree dansante de Paté de Fuá. Es una pieza sencillamente feliz. Quizás no es un éxtasis de entusiasmo, sino que es una expresión más sincera, natural y transparente de la alegría. Me imagino a mí misma pensando en que somos dignos de la felicidad, sólo por ser capaces de reconocer una belleza como ésta.

Al contrario de la felicidad, está el temor. Podría hablarles de terror y ponerles al más obscuro personaje de la música clásica: Gustav Mahler, pero esta vez optaré por algo un poco menos denso. Eclipse de Pink Floyd quizás no exprese un miedo tal cuál, per si invita a reflexionar sobre la realidad obscura de la vida.

¿Quieren algo triste? Esto es de lo mejor que me he encontrado para darle la bienvenida a la tristesse y hasta cierto punto, disfrutarla. Todos lo hacemos, no tiene nada de extraño o dramático. El gran compositor de música para cine, Jonh Williams nos hizo un exquisito regalo componiendo I Could Have Done More, mientras Itzhak Perlman simplemente nos deleita esculpiendo en su violín la melancolía invisible, pero potente y viva.

Después de la tristeza, está la esperanza y un, digamos, renacer. Quizás esta pieza no necesite más explicaciones. Es esperanza y grandeza. ¿Lo sienten? Es “On Earth As It Is In Heaven” con Ennio Morricone, parte de la banda sonora de The Mission.

Los dejo con esta probadita de esperanza y divinidad, esperando que esta reflexión pueda ir un poco más allá en ustedes. Quizás así es como debemos vivir nuestra vida, siempre en equilibrio entre belleza, tristeza, obscuridad, divinidad, rutina, movimiento y arte. Pues el arte es la vida, pero con ritmos diferentes.

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