El mérito de un “don nadie”

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Hace poco estaba en una reunión con amigos platicándoles de Eudoxa y de la forma en la que buscamos promover el pensamiento crítico entre nuestra gente y en la sociedad en general. Uno de ellos me preguntó preocupado si no me daba miedo “dejarlos demasiado libres”. ¿Qué tal si a alguien se le ocurrían ideas que pudieran molestar a otras personas? “¿Qué tal si le pisan un callo a alguien poderoso? ¿Eso no sería peligroso para el nombre de la empresa?” Y yo le dije: “Al contrario, si logramos que alguien importante del medio se interese en nuestro pensamiento, ya sea para considerarlo o para criticarlo, significa que estamos haciendo las cosas bien.”

Sé que es una visión que a muchos les parece temeraria, pero ¿para qué queremos un equipo que se dedica a repetir los pensamientos de otros? ¿En qué contribuimos a nuestros clientes y a nuestro entorno siendo la mala copia de algo?

Cuando alguien se atreve a pensar sin restricciones y a expresar sus dudas abiertamente, siempre va a encontrar opositores. Es natural, pues la mayoría de las personas no está acostumbrada a que alguien pequeño o “sin nombre” se atreva a cuestionar a alguien que ya goza de cierto reconocimiento público. Sin embargo, esto me dejó pensando: ¿por qué tenemos esta noción de que sólo el que tiene fama o nombre tiene el derecho de hablar?

Le damos peso a los nombres y a los grados académicos, que tienen su mérito, claro está, pero se nos olvida que en el fondo el mayor peso lo tienen los contenidos de nuestros pensamientos, propuestas y acciones. El que piensa y actúa bien, no necesita más. El reconocimiento llega después, no se necesita como condición para entrar en una discusión seria ni para aportar algo de valor.

Los grados, la fama y el reconocimiento son cosas buenas, no digo que hay que despreciarlos, pero el que cacarea sus grados y títulos y se concentra en la pura forma, en el fondo no tiene otra cosa que presumir, no tiene contenido alguno.

El verdadero sabio no teme ser cuestionado por un “don nadie” ni se siente atacado ante las preguntas, al contrario, considera todas las propuestas porque sabe que la verdad puede venir de cualquier lugar. Esto me recuerda a una profesora que tuve en la carrera. Es una señora muy mayor, Dra. en filosofía por la UNAM y una gran eminencia del medio. Yo era una estudiante más, sin ninguna clase de reconocimiento especial. Ni siquiera estaba entre los mejores promedios de mi generación. Estábamos en una clase con ella y dijo algo que a mí no me pareció del todo. Levanté la mano y cuando me dio la palabra le expuse mi punto de vista. Se hizo el silencio en el salón. La Dra. consideró lo que le había dicho y me dijo: “Creo que algo de razón tienes, pero te equivocaste en algo”, y me explicó mi error.

Al terminar la clase, me dio una palmadita en el hombro y me animó a que siguiera pensando. Fue una experiencia que me marcó mucho, pues aprendí que las grandes eminencias lo son porque no les da miedo ser cuestionadas y porque saben escuchar a los demás, sean quien sean.

Si a mí misma me enseñaron el valor de la humildad intelectual y me alentaron a pensar y a defender mi posición, ¿por qué habría yo de limitar a mis colaboradores? Al contrario, una de las cosas principales que siempre he querido para el equipo de Eudoxa es que tengamos un espacio de libertad para pensar, discutir y proponer. Y si nos equivocamos, ¿qué importa? Mejor así, pues aprendemos más rápido.

No hay que sucumbir al miedo ni sentirnos amenazados por las críticas, porque si son atinadas pueden ser muy enriquecedoras. Y si nos critican nada más por molestar o por envidia, con mayor razón no hay que temer, pues alguien que ataca sin razones no puede causarnos un daño real más allá de un murmullo molesto. Como bien diría Sinuhé, el sabio personaje egipcio de Mika Waltari, “las palabras de los necios son como zumbidos de abeja en mis oídos”, pero poco más. Mucha gente escucha los murmullos y los repite con facilidad, pero con esa misma facilidad los olvida después de un tiempo.

Al final lo que queda no son las menciones honoríficas, los currículos kilométricos ni tampoco los murmullos negativos: quedan nuestras acciones, pensamientos y lo que hicimos para influir positivamente en otros. Ningún grande de la historia que recordemos hoy en día se sintió especialmente importante en su tiempo. Era gente que se sentía normal y que tenía una pasión enorme por lo que hacía. Por eso fueron capaces de aguantar insultos, críticas y obstáculos que les ponían las otras personas.

Pensemos en personalidades como Galileo, Van Gogh o Stravinsky; cada uno reconocido por haber hecho algo grande en su propia disciplina. Gozaron de cierta fama durante su vida y hoy los admiramos por sus obras, pero muchos de sus contemporáneos los juzgaron duramente. Van Gogh no vendió un solo cuadro en vida, la música de Stravinsky era considerada demasiado disonante y Galileo tuvo que soportar el ataque de varios de sus colegas y un juicio ante el Santo Oficio.

Incluso podemos pensar en ejemplos más cercanos a nosotros: tomemos a Walt Disney, que al anunciar su proyecto de hacer un largometraje de Blancanieves sus propios colaboradores llamaron a la película “la locura de Disney” y todo el mundo estuvo de acuerdo en que el proyecto terminaría arruinando al estudio. O pensemos en Steve Jobs, que ahorita está tan de moda y que es estudiado y citado en todas partes, pero que hace menos de treinta años estaba empezando de nuevo por haber sido corrido de su propia empresa.

Enojarnos con alguien porque nos cuestiona revela nuestra propia inseguridad. No porque alguien se pregunte acerca de la validez o veracidad de nuestras ideas significa que nos está descalificando como personas o como pensadores, simplemente es alguien que busca la verdad de las cosas, y eso es digno de aplaudirse. Recordemos que atacar una idea no es atacar a la persona que la tuvo, son dos cosas diferentes. Nosotros no somos nuestros pensamientos y si algún día nos damos cuenta de que pensamos algo mal, no nos va a pasar nada ni vamos a perder mérito alguno.

Seamos como mi profesora de filosofía y no olvidemos que cuestionar el status quo (principalmente el propio) es el inicio que nos lleva a buscar la verdad.

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