Conclusiones del Diplomado #CocinasENAH

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

El pasado miércoles 8 de agosto tuvo lugar la clausura de la primera edición del Diplomado “Cocinas y cultura alimentaria en México. Usos sociales, significados y contextos rituales”, coordinado por la Dra. Catharine Good Eshelman y la Dra. Laura Corona de la Peña, ambas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. El diplomado fue una gran experiencia de aprendizaje para quienes lo cursamos y quisiera compartirles las principales lecciones que aprendí en él.

Desde hace muchos años he tenido la impresión de que las llamadas “ciencias sociales” o humanidades se enfrentan a un grave problema: su objeto de estudio es el hombre y su cultura, su pasado y su presente, su mentalidad siempre cambiante. ¿Cómo puede estudiarse algo que siempre parece cambiar de parecer, se actualiza demasiado pronto, se vuelve incomprensible apenas parece que podemos comprenderlo?

Una de las primeras y más gratas sorpresa del diplomado fue enterarme de que la antropología social (en particular en su enfoque etnográfico) es una ciencia muy nueva, que reconoce estos grandes obstáculos y que admite no tener todas las respuestas. Es más, apenas empieza a plantear sus conceptos, sus preguntas y sus reglas. Aventurarse a la investigación en este campo es explorar casi como pionero, con todos los descubrimientos por delante.

Otra lección importante es que el investigador antropológico estudia al “otro” y debe buscar entender su mundo a través de su cultura, no de la propia. Esto es, reconoce otras formas de leer al mundo, de interpretarlo y vivirlo, como igualmente válidas a la propia. El investigador antropológico es, pues, alguien que reconoce la equidad de las personas y las respeta como iguales, aunque no comprenda sus ideas desde el inicio. En la antropología social, la humildad y la ética no son un lujo, son un requisito.

En este reconocimiento de la sabiduría del otro, también reconocimos en el diplomado que México no es un país de una sola cultura, sino de cientos de ellas, que aún entran en conflicto unas con otras y que aún están definiendo sus límites y su modo de integrarse mutuamente. La modernidad (entendida como lo contemporáneo) y las tradiciones antiguas están también en un continuo choque que implica resistencias y adaptaciones culturales que son evidencia de un conflicto de dualidades muy común en el país.

Tan llenos de tradiciones antiguas (y tan hábiles para hacer adaptaciones culturales), los mexicanos otorgamos significados y usos sociales nuevos a alimentos que han tenido usos rituales desde hace siglos. Muchas veces estos cambios ocurren sin un conocimiento pleno de los porqués, pero es que en nuestro país (como en muchos otros) la cultura se vive aún, no se practica como una cosa estudiada en escuelas, como algo remoto o ajeno, sino como algo que simplemente “debe ser así”.

México es un país con límites políticos y geográficos que no coinciden con sus límites culturales e ideológicos. Los mexicanos no nos hemos aceptado aún como iguales (a pesar de lo que la ley diga) y seguimos reconociendo identidades locales antes que nacionales. El fuerte nacionalismo mexicano sigue siendo un simple discurso gubernamental o de enamorados de la patria que los vio nacer.

Hablando de esos enamorados, durante el diplomado tuvimos la oportunidad de escuchar varias versiones de los hechos que llevaron a la UNESCO a reconocer a la cocina mexicana como patrimonio inmaterial de la humanidad. El reconocimiento, publicitado como maravilloso, cojea desde la misma definición de patrimonio otorgada por la UNESCO y es sujeto de severas críticas en la comunidad académica de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y de otras instituciones académicas mexicanas. Lo importante no es quitarle el mérito, sino no caer en la trampa emocional del discurso (como ayer nos advirtió Elizabeth G. Frías) y ponerlo bajo una mirada crítica para saber aprovecharlo.

Otro concepto importante que se abordó varias veces en el diplomado fue el de la reciprocidad: la capacidad y tradición de muchos pueblos mexicanos de ayudar al prójimo, a sabiendas de que éste responderá de la misma manera en tiempos de necesidad. ¿Alguna vez han identificado a los mexicanos con los cangrejos egoístas que se jalan dentro de una cubeta unos a otros en un intento inútil por salir de la misma? Pues este es un estereotipo equivocado (quizá mucho más urbano) y alejado de la realidad de muchas comunidades mexicanas en las que sucede exactamente lo contrario. Los mexicanos sabemos trabajar juntos, apoyarnos en tiempos de necesidad, hacer familia y convivir alegremente en torno a los alimentos. ¡Que no se nos olvide!

Esta misma lección quedó clara para muchos de los participantes que, provenientes de muchos lugares distintos y con formaciones académicas y profesionales muy variadas, encontramos mucho provecho en las pláticas y discusiones, ricas en variedad de puntos de vista y opinión. El diplomado tenía como objetivo ser un espacio para el diálogo y lo cumplió al pie de la letra.

Finalmente, la lección más importante sobre el uso social de la alimentación es el poder que tiene para transformar las sociedades y los pueblos. De la alimentación de un pueblo depende su futuro, su prosperidad, su salud e incluso su fortaleza cultural y cohesión identitaria. Es por eso que los mexicanos tenemos que cuidar nuestros alimentos tradicionales, llenos de sabiduría nutrimental, ecológica y culinaria. ¿Para qué pasar por todos los problemas de encontrar un modo saludable y sustentable de alimentarnos, si ya conocemos la respuesta?

Podría seguir, pues seis meses de sesiones no pueden ser resumidas en tan breves palabras, pero creo que lo más importante (para mí) ya quedó dicho. En breve: México es un país joven, con una diversidad cultural que lo enriquece y que puede trabajar en equipo. La antropología social y la etnografía son humanidades que pueden aportar mucho al trabajo multidisciplinario y a la comprensión de la identidad mexicana. Este conocimiento tiene muchas aplicaciones en otros campos como la agricultura, la ecología y, desde luego, la gastronomía.

Les recomiendo estar pendientes para las futuras ediciones (la segunda viene en mayo del próximo año) y demás noticias relacionadas con el estudio antropológico de la alimentación a través de la página de Facebook del diplomado.

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