¿Cómo se llama tu compañero?

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Por Ana Belén Díaz Enríquez

Twitter: @anabee2

Como ya mencioné en un post anterior, el aprendizaje vivencial es una de las maneras más sencillas y efectivas de generar conocimientos, ya que mediante la experiencia, el ser humano va generando su propio conocimiento, los jefes o guías se convierten en facilitadores, personas que junto con los participantes construye nuevas ideas y genera nuevas competencias.

En mi trabajo como facilitadora en campamentos de desarrollo de liderazgo realizamos las mismas actividades con los diferentes grupos que recibimos, pero cada vez que aplicamos las actividades nosotros también aprendemos junto con el grupo y precisamente este post surge de una dinámica en particular.

La dinámica consiste en colocar una cuerda en el suelo lo más derecha que se pueda, se les dice a los acampantes que tienen que levantar la cuerda pensando que es una vara de cristal, así que la única forma de que no se rompa es que la levanten al mismo tiempo todos  y derecha.

Generalmente,  esta actividad sirve para que los participantes aprendan a comunicarse entre ellos, que trabajen en equipo y vean la importancia de estar enfocados hacia el mismo objetivo. Sin embargo, durante el último campamento me tocó un equipo particularmente efectivo, aunque eran muchachos que no se conocían, pues venían de diferentes partes de la república, casi logran el objetivo a la primera, se acomodaron y eligieron un guía que les marcaba la velocidad de elevación y supervisaba que todos fueran al mismo tiempo.

 Esa fue una solución muy ingeniosa que nunca me había tocado ver, pero justo cuando creía que lo iban a lograr movían la cuerda y perdían, después de observar un rato descubrí que el ascenso se les dificultaba y gastaban mucha  energía cuando trataban de explicarle a los otros quién era el que se estaba desviando en la subida y todo el problema se debía a que ninguno de ellos se sabía el nombre de todos sus compañeros.

Este sencillo detalle obligaba a los muchachos a dirigirse a los otros con expresiones como “tú el de la playera amarilla”, “oye, amigo de la derecha de …” “dile a la de azul”. Ellos atribuían su fracaso al hecho de que los otros no les hacían caso cuando se dirigían a alguien en particular, aunque tenían al que guiaba este tardaba mucho en saber exactamente a quién debía corregir o advertir del desvío, ese tiempo hacía que las manos se les cansaran y terminaran moviendo la cuerda.

Por supuesto, todo era un problema de comunicación, pero la falta de entendimiento no se debía a la falta de atención o de medios sino  a que el mensaje tardaba en llegar al receptor por no saber quién era esa persona.

Todo era consecuencia de la falta de conocimiento de los nombres, si no conoces a tu equipo y no sabes como dirigirte a sus miembros, la comunicación se retrasa y dificulta.

Al decirles la forma en la que se estaban comunicando con los otros y el poco interés que le daban al hecho de no conocer el nombre, todos se sorprendieron por no haberse dado cuenta de ese pequeño detalle y tras darse unos segundo para aprenderse los nombres lograron terminar el reto dirigiendo  la información a la persona correcta y sin perder tiempo.

Al tener el momento de retroalimentación,  todos concordamos que conocer el nombre del compañero, además de poder nombrarlo le das una identidad a esa persona, facilita la interacción con él y con los otros, quita una barrera de comunicación.

¿Sabes cómo se llaman todas las personas con las que trabajas o simplemente es “el de la playera azul”?

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