Pepenar sensaciones y sorpresas

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Por: Margot Castañeda

Twitter: @martxie

“Lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás”.

Robert Frank

Marisa vive en la ciudad. Se levanta todos los días muy temprano y escucha desde su cuarto el ruido de los coches que ya circulan a prisa. Después de hacer sus rituales matutinos, sale de su casa y se topa con muchos edificios, calles grises y personas distraídas -aunque muy emperifolladas– que caminan aceleradas sin ver más que el piso del camino que recorren. Mira a una familia que viene caminando en la misma acera donde se encuentra su casa. El papá con traje y corbata, tiene una extraña prótesis en su mano derecha: un teléfono que parece ser más interesante que el poste con el que está a punto de chocar. La madre mira el reloj mientras con las manos va jalando a sus hijos, obligándolos a caminar a su ritmo. Los niños arrastran sus mochilas y no miran hacia el frente. Su mirada se entretiene en otros puntos; atrás, a los lados, en diversas direcciones. Parece que ellos son los únicos, de muchos que habitan la escena, que están buscando algo más que mirar.

Marisa busca a su alrededor esperando encontrar algo extraordinario qué observar. No encuentra nada. <<¿Qué estarán mirando los niños?>>, piensa. <<¿Será algo sorprendente?>>. Parece que no. El niño se emocionó con un charquito formado en la esquina. Marisa observa el charquito y encuentra que, flotando, está el reflejo de un pequeño arcoíris. ¡Qué curioso! La lluvia, el sol y la luz son los responsables de que ese niño se haya sorprendido hoy. Marisa saca su cámara de la bolsa y toma una fotografía del charquito colorido. ¡Quedó bonita! Guarda la cámara en su enorme bolsa, al lado de su libreta de dibujo, sus lápices de colores y su lunch del día.

Sigue su camino y continúa observando su entorno. En la parada de autobuses se encuentra con una niña sentada en el frío asiento de metal que, mientras juega con sus piernas que cuelgan, clava su mirada en una conchita de mar que tiene entre sus manos. La observa, la toca, la huele, la rasca con sus uñas. Se la lleva junto al oído y cierra los ojos. <<Está esperando escuchar el sonido del mar>> piensa Marisa. Saca de nuevo su cámara y no tan discretamente, le toma una hermosa foto a la niña. Su expresión es pura y refleja una admirable sorpresa ingenua. Mientras Marisa sonríe al ver la foto en la pantalla de su cámara, la madre de la niña voltea enojada y echándole una mirada amenazante a la fotógrafa urbana, reprende a su hija. <<–Deja eso, Diana. No estés jugando así, está sucia–>>, le dice. La toma del brazo y la empuja hacia el autobús que acaba de llegar, mientras Diana no deja de admirar su conchita de mar.

Marisa es una pepenadora visual. Encuentra escenas extraordinarias en los lugares, los momentos y los espacios más comunes y rutinarios. Por alguna maravillosa razón, ella nunca ha dejado de sorprenderse de la belleza efímera que se encuentra escondida en objetos, personas y fenómenos cotidianos. Así, como los niños, Marisa observa, a veces sin ser discreta, lo que ocurre en su entorno. Se siente como un espíritu liviano que, inmerso en el vaivén de la tiempo, tiene como objetivo admirar el movimiento del mundo. Ese que, por su belleza etérea, es lo que le da el sentido a esta vida.

Cuando llega a casa, en la noche, después de un largo día de trabajo en el escritorio y de mucho pepeneo visual –en la tarde se volvió loca fotografiando nubes multiformes, gorditas y ansiosas por derramar lluvia–, Marisa publica sus fotografías del día en una red social. En seguida obtiene comentarios y ‘likes’ de gente que ni siquiera conoce. Adrián, un chico que admira su trabajo fotográfico, mira sus publicaciones nuevas y piensa: <<esta chica debe tener una cámara increíble, un equipo de luces y modelos que posan para sus fotos, además debe ser una experta en arreglos de Photoshop>>. No es así en realidad. Marisa no es experta fotógrafa, no sabe qué es Photoshop y su cámara no ocupa más espacio que su cartera. Sucede que ella tiene una sensibilidad sensorial prodigiosa y sobretodo una encantadora capacidad de asombro. No importa cuánto haya visto ya en sus 27 años,  para ella, el sentido de la vida se encuentra en las pequeñas dichas de encontrarle el potencial estético a todo. Su fotografía no es pretenciosa, sino que se alimenta del deseo por hacer eterna una fracción de gracia que aprecia con sus ojos. Marisa no sólo mira, sino observa, aprehende, interpreta lo que la rodea. Tiene la capacidad de la contemplación desinteresada y aunque sabe que todo cambia y se transfigura, siempre podrá atesorar una alusión de eternidad. Un fragmento de perfección en el flujo de la existencia que guarda para sí, solamente para recordar que el arte –siendo algo que se vive diariamente– es algo por lo que vale la pena vivir.

Quizás no todos tenemos la sensibilidad visual de Marisa. Algunos podrán apreciar los sonidos de todo lo que experimentan. Otros necesitarán cercanía para apreciar texturas, sabores y otras sensaciones táctiles. Probablemente otros más se complacen con los olores. Cada loco con sus obsesiones sensibles, pero si en algo podemos coincidir es en esta forma sensitiva de ver al mundo. Parece que la sorpresa es una capacidad tan poco apreciada que ya se cataloga como talento excepcional. Sin embargo, todos algún día fuimos lo suficientemente sencillos como para apreciar con entusiasmo los detalles de las cosas. Sé que “pan con lo mismo” a la larga aburre, pero estoy convencida de que nunca se acabarán las maravillas de la naturaleza y de la condición humana. Siempre habrá algo más que apreciar y la vida no nos va a alcanzar para conocerlo todo. Abandonemos ya la arrogancia que nos hace creer que conocemos todo, ¡sorprendámonos! Disfrutemos el ocio contemplativo, porque además de que alimenta el espíritu, muchas veces es el cómplice que nos acerca a la creatividad, la innovación y la trascendencia.

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