La gloria griega y el mundo moderno

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Por: Jimena Casillas

Twitter: @jimenacasillas

Hace unos días fuimos testigos de uno de los más grandes eventos mundiales en el que países de todos los continentes convivieron en paz y armonía para darle cabida a los Juegos Olímpicos.

Podría parecer algo imposible, pero prueba de ello y de lo que fuimos testigos es que Israel y Palestina compitieron sin el riesgo de matarse entre sí. Los países se mostraron con un máximo esplendor para presentar a sus mejores atletas. También fuimos partícipes de un hecho histórico en el que hubo más mujeres que participantes masculinos, de modo que cada país llevó al menos a una mujer para competir en las Olimpiadas, no cualquiera puede ser testigo de este momento.

Lo que me sigue pareciendo digno de admiración de los Juegos Olímpicos es que  pudimos presenciar a personas comunes y corrientes como tú y como yo realizar las más grandes hazañas humanas como correr a máxima velocidad -Bolt- o nadar casi como un delfín -Phelps-, por mencionar a algunos. Fuimos testigos del protagonismo femenino dentro de los Juegos en países que no las toman en cuenta; además de ver la unidad entre grandes contrincantes políticos como Israel y Palestina, Turquía y Grecia quienes compitieron sin conflictos, de modo que lograron demostrar cómo la divinidad habita en los hombres y no se reduce a pleitos mundanos.

Durante las Olimpiadas los dioses del Olimpo se dignan a voltear a ver a los hombres romper con lo cotidiano para elevarse a la gloria divina. Por más romántico que lo parezca -y lo es realmente- los hombres con su naturaleza común y corriente logran lo imposible para cambiar la historia y permanecer en ella como semi-dioses, por lo que el premio máximo que se puede tener en la tierra no es cualquier cosa: es la gloria mundial y divina materializada en una medalla, en especial la medalla de oro. De modo que el comportamiento propio de un atleta que ha sido merecedor de este premio, tanto humano como divino, no puede ser cualquiera y mucho menos rebajarse a un simple acto mundano, sino que debe mantenerse a la altura a la cual él mismo luchó por estar, ya que es mirado y admirado por el mundo y los dioses.

Cuando un atleta vence el récord mundial u olímpico no sólo se vence a sí mismo, sino que lleva la representación y supuesto apoyo del país al que pertenece y más que eso, eleva el listón para la humanidad no sólo a contemplar el récord; también a romperlo y poner una meta todavía más alta. Se dice que la evolución existe, creo que en este punto estoy de acuerdo, la raza humana cada 4 años se logra vencer cada vez más hasta alcanzar cosas que antes nos parecerían imposibles, el primer maratonista que hubo fue Fidípidas quien recorrió 42 kilómetros en dos días, mientras que actualmente pudimos ver que el ugandés Kiprotich recorre la misma distancia en 2 horas con 8 minutos.

Todos estos atletas nos pueden influir no sólo en cuanto al deporte sino que estas personalidades son divinizadas por nosotros, ya que en ellos se encuentra el esfuerzo, la determinación y la constancia en pequeñas metas que ellos mismos se propusieron para escalar el monte Olimpo y hacer historia. Los dioses los favorecen no sólo por ser elegidos, sino porque han ganado su aprecio al realizar cosas dignas de las divinidades.

Hoy en día hablar de los dioses del Olimpo puede sonarnos como algo lejano que no tiene nada que ver con el espíritu deportivo y tampoco con el cotidiano, sin embargo podría parecer lejana esta comparación cuando en realidad no se separa de la realidad, pues no es que Dios o cualquier fuerza o poder superior se digne a voltear a ver a sus creaturas, sino que cuando uno va haciendo un esfuerzo por salir de la propia limitación de su situación es ahí cuando los dioses y Dios admiran al hombre, ya que con su libertad no se encuentra determinado sino que como atleta usa las herramientas con las que cuenta para ser cada día mejor.

Todos podríamos vivir de acuerdo a esta gloria griega, incluso en la modernidad ya que si nos proponemos vencernos cada día para lograr lo imposible, estamos a tiempo de lograrlo.

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