Pensar bien y hablar bonito

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

En mi post anterior, “El mérito de un don nadie”, hablé de la importancia de atreverse a pensar y a proponer contenidos de calidad que aporten verdaderamente algo a la sociedad, independientemente de si tenemos un nombre o de si somos reconocidos en nuestro medio o no. También, hace poco, Elizabeth Gutiérrez escribió una crítica a la tendencia de ciertos conferenciantes a privilegiar la forma de sus exposiciones por encima del contenido.

En esta crítica, Elizabeth nos advierte sobre el resultado de enfocarse únicamente en la forma de transmitir una idea sin importar su contenido. Al final lo que se genera es una reacción emotiva en el oyente, quien, por la euforia del momento, acepta los contenidos que se le transmiten sin detenerse a reflexionar sobre ellos ni cuestionarlos.

Darle prioridad a la forma sobre el contenido no sólo es engañoso, sino también peligroso, pues lo único que genera es un convencimiento fanático de una idea que se asumió como verdadera por un apego afectivo, cuando en realidad no se ha profundizado en ella ni se comprende su complejidad ni sus implicaciones.

Las personas que adoptan una ideología mediante la mera estimulación de sus emociones están plenamente convencidas de ella, pero como no la conocen a fondo, al momento de enfrentarse con la oposición se ven obligados a recurrir a los ataques y argumentos violentos, pues no tienen las herramientas para defender lo que piensan. Aún peor, este tipo de convencimiento emotivo vincula a la persona con sus ideas, de modo que no son capaces de separar el contenido de su pensamiento de su persona misma, por lo que cuestionar sus ideas equivale a atacarlos a ellos en su persona.

Por lo tanto, queda claro que la forma sin fondo es inútil, una mera cáscara que no aporta nada más allá de su apariencia exterior, y también peligrosa por la falta de crítica que genera y la manipulación que puede implicar por parte del que la transmite. Sin embargo, esto no significa que debamos pelearnos con las maneras agradables y divertidas de exponer una idea, pues los contenidos presentados sin forma, aunque valiosos, resultan poco efectivos.

Como lo mencionó Elizabeth en su escrito, ya desde la antigua Grecia los filósofos Platón y Aristóteles habían advertido los peligros de privilegiar la estimulación emotiva sobre el razonamiento profundo, y se oponían a los sofistas por ser individuos que dominaban el arte de la persuasión y convencían a la gente de lo que les convenía en el momento, así fuera verdad o no. El problema de fondo que recalcan estos pensadores es el desprecio a la verdad y la falta ética que implica la manipulación de la gente. Sin embargo, ambos reconocían y defendían el valor de la retórica como técnica, pues de nada sirve conocer la verdad si no sabemos transmitirla. El mismo Aristóteles recomienda utilizar ejemplos específicos dependiendo de la audiencia que tengamos al momento de enseñar un conocimiento complejo: al médico háblale de medicina y al carpintero de carpintería. Persuadir no necesariamente es engañar.

Tener la habilidad de expresarnos correctamente y de convencer a otras personas no es algo malo, al contrario, puede sernos de mucha utilidad para poder mostrar nuestro pensamiento de una manera más accesible y estimulante y así comunicarnos de forma efectiva. Lo único cuestionable moralmente está en la veracidad de lo que comunicamos y nuestra intención. Si hacemos uso de la retórica para convencer a otros de cosas que sabemos que son falsas o para manipular a otras personas a nuestra conveniencia, evidentemente estamos haciendo mal. Pero usar esta habilidad para facilitar el acceso de la gente a contenidos complejos es completamente válido, e incluso deseable.

La sociedad contemporánea comprende muy bien esto especialmente en el ámbito docente. Consideramos que un profesor es bueno cuando no sólo tiene los conocimientos, sino cuando también tiene la habilidad de transmitirlos. Así, pues, seamos exigentes en este aspecto no sólo con los maestros, sino con nosotros mismos.

Es prioritario aprender a reflexionar y a ser críticos, pero también es importante darnos el tiempo para estimular nuestra creatividad y buscar formas accesibles de explicar lo que pensamos. El diálogo es fundamental para el desarrollo crítico de una sociedad y éste es favorecido cuando los contenidos profundos son puestos sobre la mesa para que todos puedan entenderlos y discutirlos.

Así es que no se trata de satanizar a las formas agradables y emotivas de exposición, sino de ser capaces de llenarlas de buenos contenidos que valga la pena difundir. No basta con saber pensar: también hay que saber hablar.

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