¡Viva la restauración! Una tragicomedia

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Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

En los últimos días, una noticia insólita se ha vuelto viral en las páginas web y en las redes sociales: la restauración del Ecce Homo de Borja por una anciana de la localidad. De la pintura original —una obra no catalogada y que, según afirman algunos, fue realizada en un par de horas por el artista— lo que queda es un rostro más bien torcido que ha provocado una alegría masiva alrededor del mundo.

Desde la actitud escandalizada de la familia del pintor hasta la euforia colectiva por el involuntario carácter transgresor de la restauración, pasando por la infinidad de memes y chistes gráficos que circulan por la red y la crisis de ansiedad de la señora Cecilia, las reacciones que ha provocado este hecho lo convierten en un observatorio de nuestra época. Igual que un engranaje que falla de modo inesperado en un mecanismo y, al no cumplir con su función, hace que volteemos la mirada hacia el mecanismo entero, esta pintura, que antes pasaba desapercibida a pesar de encontrarse en pésimas condiciones, al ser restaurada, destruida o transformada de este modo, revela toda la estructura a su alrededor, como si desnudara el esqueleto que la sostiene —los factores sociales, económicos y culturales que la sustentan—.

Entre estudiosos del arte que aluden con humor al expresionismo alemán, a Goya, a Munch y al arte naif; religiosos que claman que es una expresión genuina de la devoción de la señora; y aficionados que simplemente aceptan que la anécdota es única y divertida, son ya más de 20 mil las personas que han firmado una petición dirigida al Ayuntamiento de Borja para que la pintura restaurada se conserve de ese modo y no se sustituya con una nueva copia del original.

Lo cierto es que el suceso pone al descubierto los mecanismos que sustentan la escena actual del arte. Si recordamos la explicación que Walter Benjamin hace del “aura” de una obra de arte —su carácter de pieza irrepetible y de objeto de culto—, la conclusión es extraña: una reproducción desafortunada de la pintura le ha conferido a la pieza original un status —o aura— que no tenía en un inicio, puesto que no estaba legitimada por las grandes instituciones del arte ni por el reconocimiento público, mientras que hoy es sencillo encontrar el nombre del pintor junto a opiniones airadas de internautas ofendidos por la restauración que alegan que se trata de una pérdida para el arte.

Más irónico aún es que, gracias a la difusión viral que el hecho ha tenido en las redes sociales, el nuevo rostro del Ecce Homo de Borja ha adquirido a su vez esa aura de la que el original carecía, al grado que en la iglesia los visitantes hacen fila para fotografiarse con él y ha tenido que resguardarse con un cordón que impide a la gente acercarse a menos de un metro y medio de distancia, como si se tratase de una pieza exhibida en el Louvre.

Un paralelismo curioso es que Benjamin llamaba al arte tradicional —el que poseía un aura de respetabilidad y grandeza— “arte fascista” y explicaba que, cuando una de esas piezas maestras se reproducía a través de la fotografía o la impresión, perdía parte de su autoridad. Reproducir una obra de arte, de esa forma, se convertía en un acto revolucionario, pues conmocionaba ese ritual casi religioso de adoración a la obra. Las semejanzas no podrían ser más irónicas: al tratarse, efectivamente, de un ícono religioso, reproducido no ya cientos sino miles de veces gracias a las tecnologías digitales, la pintura ilustra con humor esta dinámica transgresora —aunque involuntaria—.

No habrá que extrañarse si la pintura restaurada alcanza un valor económico desproporcionado en las próximas semanas—con lo que Damien Hirst podrá elegir entre darse de topes contra la pared o reírse como todos los demás—, pues el propio Benjamin sostenía que el aura cuasi-religiosa perdida frecuentemente es sustituida por el valor de mercado que se otorga a las piezas. Tampoco en el ámbito político su efecto se hace esperar: ya hay quien lo llama un acto revolucionario —incluso hay una imagen del Ché Guevara con el rostro del Ecce Homo de Borja— y lo compara con la inconformidad de los españoles por la crisis actual.

La ironía no termina ahí: el Ayuntamiento ha comentado la posibilidad de restaurar la pieza pegando encima una foto de la pintura original; es decir, tratar de recuperar el aura de la obra con una reproducción más, que cubra ambas versiones, con lo que no sólo se detendría el fenómeno virtual y turístico que ha provocado, sino que se cerraría la parodia con un desatinado toque final. Incluso pintar encima una copia exacta del original no podría ocultar ya que dicha restauración —permitida y legitimada— también tapa y destruye el original.

Los comentarios son interminables: hay quien dice que es “un discurso nuevo de destrucción/construcción plástica que crea una nueva superficie pictórica viva y vibrante, un palimpsesto del horror”; “un involuntario canto a la filosofía del martillo; al dadaísmo; a desacralizar el objeto artístico”; “un rompimiento con la imagen clásica (siempre helenista), omnipresente en el arte sacro de occidente”; y hasta “un Ecce Homo post-fast-food”.

Pero también son muchos los cuestionamientos que surgen de la anécdota, como la función de los iconos transformados en armas contraculturales, lo que habría sucedido si se tratara de una obra de un pintor reconocido, los mecanismos de los que se vale el sistema del arte para legitimar una pieza y lo que hace a una obra de arte ser reconocida como tal. Por lo pronto, celebremos que la gente siga cuestionando qué es y qué no es el arte… y que siga riendo, por supuesto, que buena falta nos hace.

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