Esperanza: la virtud de la innovación

 

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Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

“El diablo es conservador porque no cree en el futuro ni en la esperanza, porque no consigue ni siquiera imaginar que el viejo Adán pueda transformarse, que la humanidad pueda regenerarse. Este obtuso y cínico conservadurismo es la causa de tantos males, porque induce a aceptarlos como si fueran inevitables y, en consecuencia, a permitirlos.”

Claudio Magris

Es famoso el video en el que Steve Jobs habla de esta visión limitada en donde pensamos que el mundo es como es y uno tiene que aprender a vivir dentro de él, jugar con sus reglas. Pero entonces nos hace cuestionarnos quién hizo a este mundo como es. La respuesta es simple: personas comunes y corrientes, como tú y como yo. Por lo tanto, el mundo podría llegar a funcionar con nuestras propias reglas.

Una de las razones principales por la que nos cuesta tanto cambiar las cosas que están mal es porque en el fondo creemos que no podemos cambiarlas. Sin embargo, la realidad nos ha demostrado que de hecho es mutable y, hasta cierto punto, maleable por la voluntad humana. Vivimos en una era de constantes cambios, y no sólo en el campo tecnológico, sino también en el ámbito cultural y de pensamiento.

Sin ir muy lejos, pensemos en cómo era el mundo hace unos quince o veinte años. No es tanto tiempo, pero en ese entonces no era tan fácil creer que el ámbito cultural pasaría a ocupar el primer lugar en los intereses de unas generaciones cada vez más enfocadas en las tecnologías informáticas y de comunicación. Y lo más interesante es que esas mismas tecnologías de vanguardia se han orientado masivamente hacia los estilos de vida, las relaciones personales, el entretenimiento y el arte, mientras que su uso para la contabilidad y el cálculo, por ejemplo, ha pasado a un lugar secundario.

Es verdad que la realidad es modificable, como afirmaba Jobs. Sin embargo, a pesar de la sencillez con la que este gran empresario transmite su idea en unos pocos segundos de video, no debemos tomarnos este mensaje por el lado simple. No hay que ser tan ingenuos como para pensar que con el simple hecho de querer cambiar al mundo lo vamos a lograr. Al mismo Jobs le tomó muchos años de trabajo, esfuerzo y frustraciones conseguir el cambio que logró.

Esto me recuerda a otro gran innovador de nuestro tiempo que también cambió el paradigma dentro de su propio ámbito. Michael Jordan es considerado por mucha gente como el mejor jugador de basquetbol de la historia. Y él también tiene un video corto y sencillo en donde nos recuerda que todo gran cambio implica una vida entera de trabajo, fortaleza y tenacidad.

El optimismo, esa fuerte expectativa de que todo irá bien a pesar de los contratiempos y de las frustraciones, me parece ingenuo y poco práctico. Pero la esperanza, entendida como la confianza en que las cosas, por más malas que estén, siempre se pueden mejorar, es una verdadera virtud. Son dos cosas diferentes, pues el optimista espera que las cosas mejoren por sí mismas, mientras que el hombre con esperanza entiende que él tiene la capacidad de intervenir y de mejorar al mundo, porque éste no es inamovible. La esperanza es el principio de la innovación. Y esto es así porque la energía que nos brinda la inteligencia y la libertad es más poderosa que todos los condicionamientos físicos, económicos o políticos con los que podamos toparnos.

Los problemas generales de la humanidad no son los gobiernos o los sistemas económicos; nuestro problema de fondo es una antropología pobre, una concepción del ser humano que está muy por debajo de la altura de nuestra dignidad y verdaderas capacidades.

El filósofo español Alejandro Llano dice que esta noción limitada de la naturaleza humana surge del apego enfermizo que tenemos actualmente por “los hechos”, es decir, por esta supuesta realidad que ya es de un modo, independientemente de nuestra voluntad, y que no podemos ni debemos modificar. En palabras de Llano: “Lo fáctico es la congelación de lo real, como su copia fotográfica bidimencional y en blanco y negro. Lo fáctico no es lo real, pero lo parece. Tanto que acaba por confundirse con lo real y lo sustituye por las indudables ventajas de la inmediatez y simplicidad que lleva consigo, y que solemos preferir a las exigencias de la fatiga de desvelar el claroscuro de luces y sombras con las que la verdadera realidad inevitablemente comparece.”

Esto significa que aquél que se considera muy “realista” porque “se atiene a los hechos” en realidad está renunciando a su capacidad crítica; queda justificado para no pensar ni decidir. En el mundo del “realista” los hechos ya deciden por uno.

Para salir de esta trampa debemos tener presente que los hechos no son lo mismo que las cosas. Las cosas reales están ahí para que las conozcamos como son. Los hechos, en cambio, son construidos. La realidad es de suyo, mientras que los hechos son para mí. Y para ilustrar esto, basta con pensar en cualquier periódico o noticiero.

¿Y de dónde viene esta adoración de los hechos? Pues nada más y nada menos que de la Ilustración liberal. Los ilustrados pensaban que el saber y la cultura eran bienes sólidos e inmutables que, al ponerse a disposición de todos, nos llevarían al progreso moral de la humanidad. Hoy en día sabemos que esto no es verdad, pues el progreso cultural y moral sólo es posible dentro del dinamismo de una tradición. La educación no puede tratarse de una mera transmisión de información (hechos). La verdadera educación presupone una comunidad ética que ya incluye un saber previamente compartido, unas reglas morales y un espacio de vida que permita la libertad personal. Ejemplos de estas comunidades éticas son la familia, la escuela y la empresa, entre otras.

Cuando estos grupos pierden su esencia y se quedan en las arbitrariedades del poder político y las ambiciones del consumo económico, dejan de ser ámbitos de cultivo de las virtudes morales e intelectuales. El éxito personal se interpreta entonces como el éxito exterior y la verdad deja de ser un valor en sí mismo para volverse un valor dependiente de lo socialmente correcto o aceptable, es decir, de lo que se nos impone desde fuera. Es entonces cuando llegamos a pensar que las cosas no se pueden cambiar y caemos en un pesimismo o en la evasión.

Que no se nos olvide que estas comunidades no son entes abstractos e independientes, sino que están conformadas por personas, y uno de los rasgos principales de nuestra naturaleza es nuestra capacidad de transformación. Si queremos cambiar al mundo, tenemos que enfocarnos primero en nosotros mismos y en el cultivo virtuoso de nuestro carácter. Si simples mortales como Jobs y Jordan pudieron dejar de ser ese “viejo Adán”, ¿por qué nosotros no?

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