Sobre la rutina y la innovación

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Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

“Más difícil que inaugurar una institución y lograr que alcance su normal funcionamiento es conseguir que mantenga su altura y vitalidad a lo largo de muchos años. Porque parece inevitable la tendencia al cansancio y al decaimiento de casi todos los empeños humanos.” – Alejandro Llano

Hablar de innovación en las empresas es un tópico tan recurrente y desgastado que coquetea ya con volverse un lugar común. Y sin embargo, parece que la mayoría de las organizaciones caen en el torbellino de la rutina y la repetición que termina por desmoronar todo afán y todo deseo y toda fe en la creatividad.

¿Qué les queda a las empresas que viven ya un día a día enjaulado por la rutina? Parece que tan sólo la conservación. La supervivencia.

Incluso las empresas que presumen de traer la innovación en su sangre, de ser creativas y de comer en sopa la disrupción, tienden inevitablemente a tal estadio. La tiranía de los procesos y los grilletes de lo cotidiano son necesarios para operar y para crecer. Sin ellos, los negocios quizá no caigan en la mera supervivencia, pero se condenan a la extinción.

Ahora bien, creer que tan sólo la rutina es la respuesta es algo engañoso. Es cierto que la rutina y los procesos son indispensables para el éxito empresarial, pero no son ellas las que definen y dibujan el modo de ser de las empresas. Una empresa nace y trasciende porque es capaz de crear; en esa capacidad está el germen del cambio, de lo novedoso, del progreso.

La rutina y los procesos le dan a la empresa la posibilidad de crear tradición, es decir, de consolidar un marco de referencia cultural que dé identidad a todos los esfuerzos cotidianos. Desde tal marco de referencia el trabajo cotidiano cobra significado para los colaboradores. Saber cómo deben hacerse las cosas es el ingrediente indispensable para proveer de seguridad y confianza a los trabajadores de la empresa. Sin la tradición, sin un trabajo diario que tenga sentido, la labor se desmorona y se convierte en una carga

El germen del cambio, por su parte, es lo que convierte a las empresas en núcleos de mutaciones sociales, culturales y económicas que impulsan no sólo al progreso técnico, sino también al humano y, así, a la historia misma. Que una empresa sea matriz de mutaciones la pone en la vanguardia del tiempo: la convierte en una verdadera fuente de futuro.

Dice Alejandro Llano en su ensayo “Innovación y Universidad” que “la innovación exige, sobre todo, anticiparse”. Tiene razón. Pero hay que hacer una aclaración: anticiparse no puede ser entendido simplemente como una característica de que todavía queda un resto pendiente, un pedazo que todavía queda más allá de donde nos encontramos. Que la innovación exija anticiparnos significa que la innovación demanda estar vuelto hacia adelante, viendo hacia una meta que demanda el compromiso total de toda la empresa.

Esta exigencia es incómoda para el hombre perezoso, dispuesto a secuestrarse en la rutina y no realizar el esfuerzo de cultivar, cada vez con más atino, lo nuevo que se gesta en las entrañas de la empresa.

Recapitulando: el éxito empresarial depende tanto de la tradición como de la innovación; depende de la rutina y de los procesos, pero también de la capacidad de creación empresarial. El éxito depende de ponerle orden a la libertad creativa, no para asfixiarla, sino para permitir que crezca sanamente, sin autoconsumirse ni atropellarse en un impulso que termine en la aniquilación.

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