Apresúrate despacio

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Cuando comenté en redes sociales que me sorprendía el no estar estresada en un día en el que me sobraban motivos, varios amigos pidieron que les pasara la receta para lograr semejante inmunidad. Aunque la respuesta, por supuesto, es que no existe tal cosa —como en tantos otros asuntos de razón práctica en los que el modo de actuar depende de la ocasión—, descubrí que la receta que funciona para mí puede resumirse en dos palabras provenientes de una antigua máxima latina: Festina lente, apresúrate despacio.

Aunque ciertamente se trata de un oxímoron, en la práctica significa simplemente que para lograr objetivos exigentes se requiere dedicar toda nuestra atención a una tarea a la vez y destinar el tiempo suficiente para realizarla. Aunque tiempo y atención parecen requisitos simples, lo cierto es que son dos de los primeros recursos que perdemos cuando caemos en las garras del estrés y la ansiedad.

Cuando la desesperación y la prisa toman el control de nuestras acciones no sólo perdemos la capacidad de concentrarnos en lo que debemos hacer, establecer prioridades e incluso cosas tan básicas como la memoria a corto plazo y procesar información simple, sino que se esfuma también algo elemental: el placer de un trabajo bien hecho.

En posts anteriores en Eudoxa hemos hablado de cómo el estrés moderado puede ser positivo, pues puede funcionar como motivador y favorecer la creatividad al resolver un problema. Pero eso es solamente si estamos preparados para manejarlo y trabajar bajo presión. La buena noticia es que eso se aprende: la habilidad de trabajar en situaciones estresantes puede ejercitarse y entrenarse del modo más simple: con la práctica. Bien dicen que el detectar una situación que nos asusta —como hablar en público, hacerse cargo de un grupo de personas, caminar en la oscuridad o presentar un proyecto ante un jurado— es un buen indicador de que debemos hacerlo.

Buscar experimentar situaciones que nos producen miedo —de modo controlado, por supuesto— es la única forma en la que podemos aprender a actuar sin pánico y con confianza. Como en el juego, el truco es convertir el estrés en desafío y no en amenaza, de modo que nos impulse a lograr lo que queremos. La adrenalina puede ser un catalizador si se asume como un reto.

Si bien la velocidad es una de las marcas —y placeres— de nuestro tiempo, últimamente abundan también los movimientos a favor de la lentitud: comer despacio, caminar despacio, meditar, estar presente. Por supuesto, asumir el trabajo diario con declarada lentitud sería un suicidio laboral. Pero la lentitud en este caso no debe entenderse como ausencia de actividad, sino como concentración: una cosa a la vez, hecha con atención y con miras a un objetivo concreto. Sin prisa pero sin pausa, dice un proverbio zen.

El reto, entonces, es transformar el estrés en la adrenalina y la motivación necesarias para agudizar nuestra inteligencia y habilidades y enfocarlas en llevar a cabo, una a una, las actividades que de otro modo nos agobiarían. Si lo conseguimos, habremos recuperado también lo esencial: el placer de llevar a la práctica esas habilidades y esa inteligencia, el placer de trabajar y lograr objetivos que no nos dejan indiferentes, sino que estiran nuestras capacidades. No sólo hay que lograr objetivos, hay que disfrutar mientras lo hacemos. Y un modo de conseguirlo es apresurándose despacio.

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