¡Haz las cosas y no te quejes!

Por : Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

Un empresario, un emprendedor y un ejecutivo eficaz tienen algo en común: son hombres pragmáticos. Eso quiere decir que constantemente regresan a las cosas mismas.

Esta afirmación se puede interpretar desde dos perspectivas diferentes, pero complementarias. La primera interpretación es, quizás, la más común: estas personas no viven en las nubes, no se andan con rodeos ni se alimentan de abstracciones bizantinas que aportan nulo valor a su gestión cotidiana. Un hombre pragmático tiene la capacidad de asir lo concreto, de convivir laboriosamente con las cosas mundanas que lo rodean. Sin embargo, esta capacidad no significa (o no debería significar) una imposibilidad para el pensamiento, la reflexión o la contemplación. Un pragmático que no piensa o no contempla es un idiota en sentido literal.

Idiota viene del griego idiotés, que se traduce como particular o ensimismado. Un pragmático incapaz de la contemplación es un hombre ensimismado, alienado del mundo y su complejidad y por lo tanto absorto en una realidad que, por fragmentada, termina por serle inútil y en ocasiones fatal.

Esto me lleva a revisar la segunda interpretación de la afirmación. Que un hombre sea pragmático o que vuelva constantemente a las cosas mismas implica el reconocer el diálogo que existe entre el sujeto (la persona) y el objeto (la cosa) que está frente a él. El pragmático reconoce las cosas como lo que son, no en su concreción más pura, sino en su realidad más compleja. El pragmático es un hombre humilde que se esfuerza por aprehender lo que las cosas le otorgan, tanto en lo burdo de su objetividad, como en lo riquísimo de su estar siempre en relación con otras cosas.

Esta aprehensión de la complejidad, este volver a las cosas mismas, tiene un caracter de obligatoriedad para el empresario, emprendedor y ejecutivo eficaz. Comprender lo que la cosa nos da nos obliga a responder de manera activa, es decir, nos exige realizar algún trabajo.

La tentación es delegar. Y es que el esfuerzo que requiere todo trabajo es, por definición, indeseable. Pero es justo eso: una tentación. Ser pragmático implica ensuciarse las manos, meter las rodillas al lodo y al fango y sentir el sudor llorar por nuestra espalda; ser pragmático requiere cargar el peso de las cosas a las que hemos vuelto, exige herir las manos y lastimar los músculos por el esfuerzo de lidiar con una realidad que nos clama ser manipulada, pero que se resiste con toda la fuerza de su materia a cambiar. (Que conste, no estoy en contra de la administración del trabajo y del esfuerzo: la delegación es necesaria, pero solamente cuando no es abandono).

Así pues, el pragmático es un hombre en profunda relación con la materia de las cosas. La materia se le resiste y pugna en contra de los esfuerzos cotidianos; la materia clama a los demonios de la pereza para que vengan en su ayuda y dobleguen el caracter del pragmático, pero el pragmático vuelve y vuelve sobre las cosas mismas sobreponiéndose a su cansancio, a su tedio, a sus miedos… el pragmático es el verdugo de la materia para así convertirse en el demiurgo de la realidad.

Por eso si alguien quiere ser un empresario o un ejecutivo exitoso debe tomar la resolución de hacer las cosas. Y dejar de poner pretextos. Y dejar de parir quejas. De lo contrario puede ser muy ambicioso o muy capaz, pero nunca dejará de ser un adolescente aterrado, una sombra de sí mismo, un remedo de hombre.

Estoy releyendo la Ilíada, ese poema antiguo del Homero, y acabo de repasar un pasaje que me hizo mucha luz. Paris Alejandro se robó a Helena, la esposa de Menelao, y se la llevó a vivir con él a Troya. El rapto desató una guerra entre los griegos y los troyanos que duró diez años y causó infinitos males. Sin embargo, Paris es un remedo de sí mismo. Su empresa (mantener a Helena en su lecho) lo sobrepasa: cuando Menelao lo encuentra en el campo de batalla sale corriendo, se esconde.

Es la misma actitud de los ejecutivos que al primer atisbo de dificultad construyen una muralla de pretextos y excusas que los protege de sus responsabilidades. Abandonan la lucha por mantener la comodidad y la seguridad de no arriesgarse: ¿tienen que gestionar un proyecto? Lo posponen hasta que se congela en el purgatorio de las ideas caducas; ¿tienen que vencer a las barreras de sus clientes y conseguir citas o ventas o lo que sea que tienen encomendado? Lo esquivan sin pudor y con la gracia digna de los cobardes.

Paris Alejandro, cuando se fue a esconder de Menelao, recibió la reprimenda justa de Héctor, el héroe troyano. En una frase le dijo cobarde e indigno de sus colegas. ¡Cuánta falta hacen héctores entre las filas de las empresas! ¡Qué bien harían héroes que sin vergüenza regañen a los empresarios, emprendedores o ejecutivos que no se atreven a enfrentar los cansancios de su trabajo diario!

Sin embargo, y tristemente, muchas veces las empresas no cuentan con personajes míticos entre sus filas y no hay quien se anime a señalar las omisiones de aquellos que no tuvieron la adultez de asumir su pragmatismo.

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