Luchando por la justicia

Por: Antonio Briseño

Twitter: @Antonio_Bri

Para quienes estamos acostumbrados a la filosofía, La Apología de Sócrates, un diálogo escrito por Platón, nos resulta muy familiar. Podríamos decir que el tema es la justicia y las leyes dentro de una sociedad. En esta obra, Sócrates es juzgado por cometer dos delitos, de los peores que se podían cometer en el mundo griego: impiedad (no creer en los dioses) y corromper a los jóvenes. Dos acusaciones que, por cierto, fueron falsas. La sanción que se le impuso a Sócrates tras ser definido culpable, después de haber sido juzgado,  fue la muerte por envenenamiento . Además de ser falsas las acusaciones, el juicio fue parcial, por lo que, la sentencia que se determinó para Sócrates fue injusta. Otro factor que ayudó a su condena fue el discurso que el mismo Sócrates improvisó en su defensa pues, en él, propuso como su castigo una acción que más bien se hacía en Grecia para honrar y premiar a los hombres destacados de la ciudad. Es decir, Sócrates se burlaba del jurado. Tras ser condenado, muchos de sus amigos le propusieron varias opciones para escapar de prisión y evitar la pena de muerte pues, no querían que su amigo muriera y, en el fondo, era una pena no merecida; sin embargo, Sócrates no aceptó escapar, él decidió aceptar la sentencia por el bien de la polis. También afirmó que si escapaba, faltaría a la ley, pues sería violar una sentencia que la ley había dispuesto, y un hombre correcto no debe violar la ley, no es ético. Por eso aceptaría la muerte, aunque no le correspondiera morir. Y así fue como Sócrates llegó a su fin, con una muerte no merecida pero, orgulloso de haber respetado las leyes y no generando así problemas en su ciudad.

Cuando leemos esta obra completa, de la que yo he hecho un brevísimo resumen ahora, generalmente sentimos empatía con Sócrates y lo creemos mártir, víctima de una injusticia. Pero qué pasaría si dijéramos que Sócrates fue tan injusto como los jueces y el jurado que lo condenaron.  Desde mi punto de vista así es como debe verse, al final del día, a Sócrates pues, por hacer valer la ley, permitió una injusticia sobre su persona. Él mismo se convirtió así en cómplice de sus verdugos al aceptar, por el “bien” de la polis, una sentencia que no le correspondía. Recordemos que la definición de justicia es darle a cada quien lo que le corresponde y, a Sócrates no le correspondía esa pena, por eso es injusto.

Cuando hablamos de sociedades más pequeñas, como una empresa, hay veces que pasa lo mismo pues, es común, que una persona que tiene a su cargo a otras personas varias, diga: “ni modo, mi gente se equivocó, me tocará castigo, hay que apechugar”  y entonces, ejercen sobre ellos una sanción que no les corresponde sólo porque ellos decidieron, por el bien de la empresa, apechugar. Lo que genera esto es que se pierda la responsabilidad pues, el líder siempre da la cara por los errores de los demás.

Quizá todo funcione mejor si a la hora del castigo reflexionamos si lo merecemos o no y, en caso de merecerlo, aceptarlo, en caso de no merecerlo, ser justos y sancionar a quien se debe ayudándole así a corregir sus errores y a que no los vuelva a hacer.

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