Una inversión para el porvenir

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem 

¿Han visto la película de Tiempos modernos de Charles Chaplin? Si no, se las recomiendo ampliamente. Con un maravilloso sentido del humor, en ella se critica a la pérdida de la humanidad en una sociedad industrializada, donde Chaplin interpreta a un obrero que trabaja apretando tuercas y, por el frenético y repetitivo ritmo de su trabajo, acaba perdiendo la razón. La película aborda de un modo humorístico las condiciones laborales y sociales de la clase obrera en la crisis económica de la Gran Depresión.

Me acordé de esta película porque he estado leyendo noticias de la visita que hizo el filósofo francés Gilles Lipovetsky a México hace un par de meses. Me llamó particularmente la atención una nota en donde Lipovetsky habla de la urgencia de invertir en la educación para lograr un mejor desarrollo económico. Según la investigación del filósofo, los países que resultan competitivos en términos económicos son países que tienen una fuerte inversión en educación, pero ésta entendida no como una mera escolarización en donde los niños aprenden un montón de datos y adquieren ciertas habilidades básicas, sino como una formación que ayude a los alumnos a abrirse al cambio y a desarrollar nuevas formas de pensamiento.

Lipovetsky asegura que durante mucho tiempo se concibió a la educación con objetivos humanistas, es decir, que era importante educar a las personas para que supieran reflexionar y apreciar los objetos hermosos, pues nuestra propia humanidad lo requiere para tener una mejor calidad de vida. Sin embargo, en este momento la educación también se hace importante en términos de la competencia en el mercado.

La sociedad moderna era una sociedad que económicamente mantenía una producción de mercancías extremadamente repetitiva. Era el método de producción que vemos en Tiempos modernos, en donde el obrero repite una misma tarea a lo largo de toda una jornada de trabajo. En esa sociedad que retrata Chaplin la educación tiene un valor importante, pero como mero valor humanista, no como fuerza productiva, pues para repetir un mismo gesto todo el día en una línea de producción no se necesita una formación muy elevada.

Sin embargo, las cosas cambian en el contexto actual, pues hemos pasado de las sociedades de producción a las sociedades de innovación. Hoy en día tenemos que crear cosas nuevas todo el tiempo y adaptarnos a una sociedad globalizada en donde ya no es viable repetir lo mismo una y otra vez. En este contexto es importante invertir en la investigación y en el desarrollo para poder crear productos nuevos y competitivos en el mercado.

Ya no es posible limitarse a abatir costos de producción y vender cada vez a mejor precio. Ahora hay que crear novedades. Y por eso necesitamos personas que sean capaces de adaptarse al movimiento y cambio continuos. Hoy en día no basta con “apretar tuercas” todo el día, pues nuestros trabajadores tienen que ser mucho más creativos y versátiles para poder cubrir las necesidades del mercado.

Por todo esto es que es importante invertir una suma considerable en el campo de la formación. La formación no debe verse como un gasto, sino como una inversión en el futuro. No habrá sociedades competitivas y capaces de dar oportunidad a las siguientes generaciones si hoy no hay una inversión real en la educación.

¿Y en qué consiste esta educación? Lipovetsky dice que la educación hoy en día debe enfocarse principalmente en formar individuos que sean capaces hacerse cargo de sí mismos, es decir, que sean capaces de tener proyectos, crear iniciativas y fomentar la creación personal. Es cierto que la crisis económica dificulta mucho llevar a cabo nuevos proyectos, pero también es cierto que son precisamente dichos proyectos los que pueden combatirla. Dice el filósofo francés que sólo la voluntad de crear, de hacer cosas nuevas, permite que uno no termine inmerso en una crisis depresiva donde toda la culpa se la echemos a los problemas de la globalización.

Ya no estamos en ese mundo moderno que retrata Chaplin en donde se tenía la esperanza de una revolución que trajera el progreso a la humanidad. Ya no tenemos certezas que nos muestren que la historia esté desarrollándose en el sentido correcto, pero esta falta de certezas también nos brinda una oportunidad: hoy podemos ofrecer a los jóvenes las herramientas que les permitan tener una formación para crearse una identidad más compleja y variada.

La propuesta es que ya no son nuestras circunstancias sociales y económicas las que nos hacen a nosotros, sino que es nuestra identidad la que da forma a nuestras circunstancias socio-económicas y culturales.

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