¿La desigualdad social es un efecto natural o cultural?

Por: Natalie Despot

Twitter: @Natdespot

Bajo la perspectiva de la selección natural podría parecer que nuestra historia evolutiva nos condena a la desigualdad social; hay quienes defienden esta idea al revisar que los recursos materiales no han sido divididos de manera equitativa entre los miembros de las sociedades en la reciente la historia de la humanidad. Por ejemplo, en México el 1% de los ciudadanos controlan casi el 40% de la riqueza del país; los niños constituyen casi la mitad de los 52 millones de mexicanos con escasos recursos. El alto nivel de pobreza se refleja también en indicadores relativos a las condiciones de vida: por ejemplo, la mortalidad infantil en México es tres veces superior a los países que conforman la OCDE. Estos datos tan desoladores nos llevan a reflexionar seriamente y a preguntarnos si la desigualdad social es parte de nuestra herencia evolutiva o es consecuencia de factores de otro tipo.

Revisemos en primer lugar qué es lo que nos dice nuestra biología: la especie humana cuenta con una gran diversidad, en el sentido de que no compartimos de manera equivalente ciertos rasgos y habilidades (altura, densidad muscular, velocidad para correr, capacidad de cálculo, facilidad para aprender idiomas, etc). No hay dos seres humanos biológicamente iguales y, por tanto, no somos “iguales” en ese sentido. Sin embargo, si tenemos en común la igualdad evolutiva: ningún individuo o grupo de seres humanos está “mejor dotado” evolutivamente que otros (a pesar de las afirmaciones racistas y sexistas, éstas no son más que prejuicios mentales). De modo que si bien somos diferentes a nivel individual, todos somos iguales en cuanto que compartimos la naturaleza humana. Toda persona que nace sin un daño cerebral sustantivo tiene la capacidad de adquirir el lenguaje, las costumbres y comportamientos de la cultura en la que él o ella se desarrolla: todos somos igualmente capaces, independientemente de nuestra raza o sexo.

Sin embargo, desde la perspectiva social la desigualdad es otra historia. Hoy en día en México y América Latina, por ejemplo, existe una desigualdad severa en relación al acceso al empleo, la educación, la salud, entre otros bienes. Esta desigualdad no está determinada por diferencias biológicas, sino que aquí entran en juego variables como la clase social, la cultura y la región.

La desigualdad material ha sido un factor decisivo de las sociedades humanas durante al menos los últimos 10,000 años. Sin embargo, no debemos perder de vista que en la mayor parte de nuestra historia como especie (alrededor de 200,000 años y más atrás en la historia de nuestro linaje, hace casi 2 millones de años) la desigualdad de recursos era casi mínima debido a nuestra ferviente necesidad de cooperar y de vivir en grupos sociales igualitarios para sobrevivir.

Revisando la historia de la humanidad, vemos que la mayor parte del tiempo hemos trabajado en un marco de cooperación, el cual nos ha permitido mantener socialmente controlado el nivel de desigualdad material y social, promoviendo así el bienestar para todos. Lo impactante es que si no hubiésemos obrado de esta manera, no habríamos sobrevivido. Pero, ¿por qué hemos dejado este modelo cooperativo por uno basado en la competitividad? Si nos ponemos a pensar, durante los últimos 10,000 años, los pueblos, las ciudades y los países obran más bajo un esquema de competencia, donde el ganador es el que somete a los demás (a través de la deuda externa, la privatización de bienes públicos, etc.)

La creciente complejidad de nuestro sistema económico y político ha cambiado la forma de ver nuestro mundo; hoy en día la estratificación social, la competencia económica y el control hacen cada vez más estricto el acceso de oportunidades y se han convertido en la norma.

En el mundo moderno, como en nuestro pasado, el aumento de la desigualdad social y material provoca un mayor potencial para la competencia cruel, el conflicto y el sufrimiento. La solución a este problema no está solamente en manos de los gobernantes, esta situación puede cambiar con más ímpetu en la medida en que nosotros cooperemos para estructurar de otra manera nuestra sociedad y eso implica muchas cosas, empezando por dejar de lado nuestros intereses egoístas y gusto por los privilegios; trabajando no sólo para nuestros bolsillos, sino buscando también el bien común.

Si bien la desigualdad es parte de la humanidad moderna, la forma en que se mantiene y se fija no depende de nuestros genes. Tal vez tenemos que tomar una lección de nuestros antepasados y actuar socialmente, en forma cooperativa, para cambiar las formas perversas en que la desigualdad se aplica en nuestra sociedad y en nuestras vidas.

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