El gastrónomo, amante de la sabiduría

 

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

 

En mi familia existe un pequeño de seis años al que le encanta hacer preguntas. Como a muchos otros niños de su edad, le gusta el aprendizaje y disfruta del conocimiento que adquiere. He observado que muchas personas consideran que esto es una etapa de la vida, que tachan de molesta, y esperan que el niño la “supere” pronto; esperan que deje de cuestionar su mundo, sus acciones y decisiones, cansados de tanta pregunta. Afortunadamente, algunos nunca “superamos la etapa” y no hemos dejamos de preguntar.

Jenófanes de Colofón, un señor que vivió hace más de 25 siglos en lo que hoy llamamos Grecia, escribió un panegírico a la sabiduría, pues él también amaba hacer preguntas y buscar sus respuestas. Durante 67 años viajó por todas las tierras helénicas en su búsqueda y, sin embargo, confiesa: “Mas aun con tantos años, ¿decir podría con verdad que de estas cosas algo sepa?”. A veces pareciera que la búsqueda es en vano, pues la verdad se presenta en ocasiones como elusiva o más extensa de lo esperado en principio.

A pesar de la dificultad que representa, el amor por el aprendizaje es amor por la sabiduría, y el amor por la sabiduría tiene un nombre: filosofía. Eduardo Nicol, filósofo español, señaló que “tiene que haber gozo constante en sentirse condenado de por vida a la filosofía”, recalcando que quien busca la verdad será siempre estudiante, estará siempre aprendiendo: será siempre niño preguntón.

Ya hemos dicho antes en este blog que el empresario es un filósofo, pues busca siempre la verdad de su empresa. Yo digo, pues, que el gastrónomo, aquél que pretende descifrar los misterios del comer, debe ser un filósofo también.

En mi último post levanté preguntas que me parecen muy relevantes sobre la naturaleza del comer y sobre la ética de la comensalidad, cuyas respuestas pretendo perseguir por la vía del pensamiento y la práctica. El cocinero, como señalara Sor Juana Inés de la Cruz, tiene acceso al conocimiento desde la praxis y por eso la famosa cita de “si Aristóteles hubiera cocinado, mucho más hubiera escrito”. Pero lo que sí hizo Aristóteles fue filosofar. Pues bien, yo pretendo cocinar y filosofar en búsqueda de la esencia de la comensalidad.

No pretendo decir que seré el primer en utilizar este recurso. Desde Massimo Bottura (y tantos otros) explorando los conceptos de territorio y expresión artística, hasta Manu Arriaga (y muchos más) cuestionándose los conceptos de nación e identidad alimentaria, los cocineros que pretenden pensar sobre la cocina y con la cocina se han convertido, quizá sin notarlo, en filósofos: amantes de la sabiduría, preguntones, estudiantes y sí, al mismo tiempo, emprendedores exitosos.

Como gastrónomos, cocineros o empresarios de la restauración, los invito a unirse a la búsqueda de estas pequeñas verdades, a ser preguntones, a imaginar escenarios, a preguntarse por qué hacen las cosas como las hacen, por qué funcionan como funcionan, a preguntar “¿qué pasaría si…?”. En efecto, a repensar el acto humano del buen comer. A saborear el saber y disfrutar sus innumerables beneficios.

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