Que mejor se llame Méjico

Por: Antonio Briseño

Twitter: @Antonio_Bri

La semana pasada, de entre todas las noticias, hubo una que me atrajo demás por todos los comentarios y opiniones encontradas que generó: esta noticia fue la que menciona la propuesta de Felipe Calderón, nuestro Presidente, de cambiar el nombre del país. Ahora se llama República Mexicana; él propone que se llame sólo México. Como ya dije, muchos estaban a favor, otros muchos, también, estaban en contra. También existió la postura indiferente: “se llame como se llame, no seremos mejores o peores”. Sin afán de caer en la indiferencia y sin criticar a favor o en contra la propuesta de Calderón, me atreveré a contar una idea. ¿Y si el país se llamara Méjico?

Desde mi personal punto de vista, escribir México es poner, detrás de este nombre, la fuerza de toda la cultura prehispánica. Escribir México es leer “Méshico”, que es la nación construida por los mexicas (meshicas), descendientes de los aztecas (provenientes de Aztlán). Sé que está bien respetar la historia, reconocerla y honrarla pero, también creo que nuestra historia oficial es una historia a medias. Tradicionalmente (léase, en la mayoría de los casos), en la academia nos han enseñado la historia de México como un ir de lo mejor a lo mediocre. La historia oficial de México, por lo general es acrítica, poco humanista y filosófica. Es más bien sólo descriptiva. Es decir, la historia oficial de México es un gran relato en el que se suceden eventos, guerras, fechas, personajes; pero que no se explica por qué se producen esos eventos, o por qué sucedió en la fecha en la que sucedió, o cuáles fueron las causas por las que un personaje se convirtió en héroe. Nuestra historia suele enseñarse también aislada. Sólo se describe lo que pasa en México pero no se sabe qué pasaba en el mundo en ese mismo año. Esto es importante, pues muchas de las causas de los eventos históricos en México están ubicadas en otros lugares, como España, por ejemplo.

Así, una historia descriptiva y acrítica genera complejos en nuestro carácter, en nuestra idiosincrasia. Si no miramos más allá de lo que oficialmente se nos dice, nos quedamos con el sentimiento de que México es un pueblo que aspira a recuperar la grandeza meshicana y a olvidar, a través de la negación, la grandeza de los conquistadores españoles. México, desde esa historia, tiene la sensación de ser un pueblo derrotado, humillado, sometido, esclavizado. Es un pueblo que, a través de esa historia, a medias, se le ha dado la instrucción de no pensar, de no criticar.

No se piense que el autor, por estas líneas, está dando crédito a todas esas historias “no oficiales”, llenas de sospechosismo y que se encargan de bajar de sus altares a todos los caudillos nacionales. No, no es así, me dan repulsión estas historias alternas. Tampoco estoy desacreditando la historia oficial, sólo menciono que me parece incompleta, le falta la mitad, es decir, reconocer a todos los constructores de la nación que ahora somos y ser crítica, no sólo descriptiva.

Por eso, la idea aventurada en estas líneas es: ¿Y si se llamara Méjico? ¿Qué representaría? Para este quien escribe, plasmar con tinta en un papel el nombre Méjico representa el mestizaje que inconscientemente hemos negado. Méjico, una palabra que al nombrar al país, representa, por su origen, la parte indígena, pero que, al escribirse, según los sonidos más comunes de las letras castellanas, representa la parte española. ¿Qué quiere decir esto? Primero, lo ya mencionado, es decir, reconocer que ahora somos una raza mestiza producto del choque bélico entre dos razas. Decir que una resultó ganadora, humilladora, saqueadora y demás adjetivos que reflejen abuso y que, la otra resulto derrotada, humillada, saqueada, me parece irrelevante y accidental. Pudo haber sido un choque sólo comercial. Lo que realmente me parece interesante es ver qué heredamos nosotros los mexicanos (que no meshicas) de aquellas dos razas. Así, por ejemplo, tenemos el castellano o Lengua Española como idioma oficial; herencia española. Y tenemos la medicina naturista como una alternativa que cada vez cobra más importancia ante un mundo cada vez más achacoso; herencia indígena.

Eso es escribir Méjico para un servidor, es sentirse una nueva raza privilegiada por heredar, como toda cruza de razas, lo mejor de los padres. Escribir Méjico es tener mujeres vestidas con vestidos hechos a la usanza española pero con coloridos muy indígenas; es tener una de las cocinas más ricas, en extensión de platillos y en placer producido al paladar del mundo. Riqueza adquirida gracias a la mezcla de estilos y de ingredientes españoles e indígenas. Escribir Méjico es escribir la Ciudad de los Palacios. Escribir Méjico es tener uno de los himnos nacionales más bellos.

Por eso, me atrevo a afirmar, ¡que mejor se llame Méjico!

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