Entre el mito y el logos

Por Alberto De Legarreta

Twitter: @albertotensai

 

Cuando se comienza a estudiar filosofía, uno debe atenerse al orden histórico o corre el riesgo de perderse en conceptos incomprensibles que ya todo filósofo dio por explicados siglos atrás. Por ello, comúnmente -y como es mi caso- se comienza el estudio con los filósofos presocráticos. Al estudiar a estos antiguos pensadores se descubre que algunos debates contemporáneos tienen sus bases en ideas concebidas hace milenios.

Se dice que la importancia de los filósofos presocráticos es que lograron pasar del mito al logos: del pensamiento poético, religioso y supersticioso de los historiadores como Homero a la nueva ciencia del pensar; se dice que dieron el paso de los designios divinos a las leyes científicas. Con ellos nació la filosofía y, de ella, toda la ciencia humana y su rivalidad con la religión y la mitología.

Aunque mitología y religión no son la misma cosa, sí suelen acompañarse cercanamente, y a ambas las sigue el rito. Los rituales cargan de significados a los actos; por ejemplo, los antiguos hacían sacrificios animales como gesto de agrado a los dioses. Por cercanos a la mitología, los ritos suelen ser demeritados por el pensamiento científico, que busca la verdad detrás de los hechos. La ciencia y el rito, dicen algunos científicos radicales, son sencillamente son incompatibles.

Por otro lado, también existen quienes desprecian al conocimiento científico, por imperfecto, en favor de la mitología o la religión. En mi experiencia como estudiante de etnología y antropología social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, aprendí que el conocimiento que se oculta detrás de un ritual, aunque en ocasiones ya olvidado, lo respalda como útil en sentidos que van más allá de la autosugestión o la costumbre. Mucha gente pone su confianza en métodos tradicionales de curación donde se ven involucrados seres sobrenaturales, por ejemplo, antes que en los doctores modernos. Dicen que estos últimos no tienen idea de lo que hacen.

Entonces, ¿quién tiene la verdad? ¿La ciencia y el saber moderno, o la mitología y la religión? ¿Es mejor decir las cosas directas, con rigor científico o embellecidas por las no tan evidentes palabras de la poesía?

Volvamos a los presocráticos. Esa supuesta rivalidad con los pensadores más antiguos que ellos, ese salto gigantesco del mito a la razón, si se mira cerca, no es tan evidente como se presume. Varios de estos filósofos aún escribían en poesía, pese a su enfoque científico. Muchos de ellos renegaron a los falibles dioses del panteón griego, pero proponían a los suyos, menos humanizados, pero dioses al fin y al cabo.

En Parménides, por ejemplo, la combinación del pensar filosófico y poético es particularmente fructífera y disfrutable. Veamos un fragmento, tomado de la traducción de  García-Bacca:

 

1.5

Ante todo:

al Pensamiento fuerza a que por tal camino no investigue;

pero, después,

le forzarás también a que se aleje, en su investigación,

de aquel otro camino por donde los mortales

de nada sabidores,

bicéfalos,

yerran perdidos;

que el desconcierto en sus pechos dirige la mente erradiza

mientras que ellos,

sordos, ciegos, estupefactos,

raza demente,

son de acá para allá llevados.

Para ellos,

la misma cosa y no la misma cosa parece el ser y el no ser.

Mas éste, entre todos los senderos,

como ninguno retorcido y revertiente.

 

Parménides llamada bicéfalos errantes (famosamente, el primer insulto filosófico) a las personas que solemos llamar indecisas o bipolares, que no terminan de decidirse nunca y no tienen convicción propia. Advierte al pensador que no debe seguir nunca ese sendero de contradicciones, en donde no es posible hallar una sola verdad. Su hablar metafórico aporta más significado y fuerza a su mensaje, pese a su “poco rigor científico” (un humano nunca tendrá dos cabezas) y su clara inclinación mitológica (les llama “mortales” a los hombres, por que es una diosa la que habla en el poema), adquirida sin duda por tradición. Entonces, este presocrático tomó lo mejor de dos mundos para comunicar su mensaje.

En conclusión, lo que debemos observar es que el conocimiento es vinculante y está vinculado, entretejido en la complejidad de la realidad. Hay cosas que para ser comprendidas requieren de toda la información que podamos obtener de ellas: tanto la ciencia como la religión pueden aportar conocimiento útil para distintos aspectos de nuestras vidas. Despreciar una fuente de conocimiento por el simple hecho de no ser nuestra preferida es, muy probablemente, renunciar a una buena parte de la verdad. Antes de despreciar el conocimiento por su fuente, procura encontrar la verdad que en él se contiene.

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