Un libro feliz

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Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Alguna vez se me ocurrió pedirle a un profesor de filosofía que me recomendara un libro feliz. Sé bien que lo que leo afecta de un modo bastante directo mi estado de ánimo, así que quería pasar una pequeña temporada con el ánimo alto. Pero el libro que me recomendó me hizo preguntarme qué entendía exactamente mi profesor por “un libro feliz”. Su sugerencia fue Balzac y la pequeña costurera china, de Dai Sijie. Lo menos que se puede decir es que se trata de una historia dura. Dos jóvenes, hijos de intelectuales, son enviados a una aldea perdida en las montañas cercanas al Tíbet, para cumplir con el protocolo de reeducación que instauró Mao Zedong como parte de su Revolución Cultural: en lugar de universidades, la educación debía hacerse en la vida sencilla y dura del campo.

Los jóvenes se enamoran de la nieta analfabeta de un sastre anciano y le cuentan historias para agradarle, lo que pronto les hace ganar fama como narradores —en medio de una población que jamás ha visto una película o un reloj—. Un día encuentran una maleta llena de novelas extranjeras, consideradas subversivas y prohibidas en el país. La reserva de libros se vuelve un auténtico tesoro que hace que los tres jóvenes —y con ellos el pueblo— descubra e imagine otras vidas y lugares, pero también el individualismo occidental: “Hasta entonces, mi pobre cabeza educada y reeducada ignoraba, sencillamente, que fuera posible luchar en solitario contra el mundo entero”, dice uno. Descubren la pasión, el deseo y la capacidad de ir tras de ellos. Y lo hacen, pero no les contaré el final.

Toda esta reseña viene a cuento para explicar por qué el libro califica como una lectura feliz. En medio de una existencia reducida a lo más básico —tanto en lo material como en lo intelectual y espiritual—, el descubrimiento de nuevas posibilidades de vida es un júbilo para los jóvenes. No sólo las imágenes que el libro describe —las montañas del Tíbet— son un festejo, sino que la historia celebra los caminos que la literatura puede abrir y el modo en que andar esos caminos en compañía de otros a quienes se pueda llamar iguales —amigos— los hace radiantes, a pesar de su dureza. Quizá lo que yo esperaba al pedir un libro feliz era una narración llena de personas plenas y vidas abundantes. Pero lo que me respondió el profesor a través de este libro es que la felicidad no sólo es euforia y plenitud. O no en este mundo, al menos. La alegría es felicidad en acto, creo yo. Pero la alegría puede ser serena y puede venir en dosis pequeñas. La paz, la calma, el servicio, el valor reunido para abrir perspectivas nuevas e incluso el coraje para afrontar las situaciones complicadas también son sus derivados. Hay todo un abanico de matices y presentaciones de lo que consideramos feliz.

Y, ahora sí, aterrizo con una comparación simple: si la euforia tiene su símil en la actitud desenfrenada y cuasicompulsiva con la que nos proponen vivir las fiestas decembrinas —léase consumismo atolondrado, escenas perfectas pero tiesas y regalos costosos pero sin sentido—, también el resto de los matices y opciones —la alegría serena, la paz, el servicio y el coraje— deben tener su reflejo en el modo de vivir estas fechas. La raíz latina de la palabra felicidad significa fertilidad o fecundidad. Y, sin entrar en complicaciones filosóficas, seguramente encontraremos mucha riqueza en toda esa gama de tonalidades en las que se presenta. Deseo que sepamos reconocerlas y construirlas. Felices fiestas.

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