Piensa bien y acertarás

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Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

 

Sé que el refrán original va al revés: “piensa mal y acertarás”. Se lo escuché decir varias veces a mi abuela desde niña. Alguna vez le cuestioné esa frase y ella me dijo que a mí todavía no me habían tocado las grandes decepciones de la vida, pero que la experiencia me iba a enseñar que ese refrán era muy cierto.

Curiosamente, la experiencia de la vida me ha enseñado lo contrario. Pensar bien de las personas me ha traído una que otra decepción, pero por lo general me he topado con gente muy valiosa a la cual no habría tenido la oportunidad de conocer a profundidad si me hubiera dejado guiar por la desconfianza.

Mi papá, por otro lado, decía que prefería confiar de entrada y ser decepcionado que no ser capaz de confiar en nadie. Creo que a la gente en general no le gusta confiar porque implica ponerse en una posición vulnerable, y por eso nos enseñamos a “tener cuidado” de los demás, hasta que nos acostumbramos y olvidamos que lo más natural el hombre es la confianza.

Hay que hacer el ejercicio de pensar que la gente es buena. Es una idea que compartió con nosotros Alberto hace un par de semanas, y yo se la compro. No se trata de ser ingenuos; por supuesto que hay gente ruin y mal intencionada que quiere aprovecharse de los demás o que simplemente es desconsiderada y sólo se preocupa por buscar su propio beneficio. Claro que hay personas que roban, engañan y lastiman a otros, pero tenemos que recordar de que esas actitudes son elecciones libres y conscientes y no caer en la trampa de pensar que esa mezquindad es natural en los humanos.

No caigamos en el error de juzgar de entrada que los demás son poco confiables, porque entonces vamos a generar desconfianza hacia nosotros también por parte de los demás. Así funcionamos: si sentimos que alguien nos trata con reservas no nos abrimos con esa persona, al contrario, nos cerramos más y desconfiamos de ella.

Esta actitud de darnos mutuamente el beneficio de la duda es particularmente necesaria y útil en el mundo laboral, pues ¿quién puede cerrar un negocio con otra persona si es incapaz de confiar en ella? O, peor aún, ¿quién puede producir algo de calidad cuando está enfocado en los errores? Nuestra mente funciona de tal modo que somos capaces de modificar nuestras acciones y nuestro trabajo mismo con tan sólo pensar algo: si nos enfocamos en lo que podría salir mal, rara vez obtendremos un resultado positivo.

Hace poco estaba trabajando con un grupo de profesores en la elaboración de un plan de estudios para una maestría. Todo iba muy bien, estábamos muy emocionados, motivados y con muchas ideas. Sin embargo, en algún momento de la junta uno de nuestros colegas propuso que bajáramos el nivel del temario, porque dada la calidad de la educación en México, lo más probable es que la mayoría de nuestros estudiantes no tuvieran la preparación necesaria para alcanzar nuestras ambiciones. La propuesta de este profesor fue hecha con la mejor de las intenciones, pero con una visión bastante pobre.

Afortunadamente, otro de los presentes intervino y nos planteó lo siguiente: ¿por qué no mejor partimos de la idea de que los alumnos que lleguen a nosotros van a estar bien preparados? Si desde el principio presumimos que su nivel va a ser bajo y planeamos todo con eso en mente, al final no vamos a producir algo de buena calidad y vamos a contribuir a ese círculo vicioso de la mala preparación de los estudiantes. Si pensamos que nuestra materia prima va a ser deficiente, la vamos a tratar como tal, en lugar de intentar sacarle el mayor provecho.

En Eudoxa tenemos la costumbre de empezar nuestras consultorías con la pregunta: ¿cuál es el valor del negocio de nuestro cliente? En lugar de empezar por las deficiencias, procuramos que el enfoque sea positivo de entrada, porque así, tanto el cliente como nosotros, podemos concentrarnos en generar valor, y no en estar resolviendo problemas.

Parece simplote cuando se dice así, pero por mi propia experiencia he visto que funciona muy bien, y no sólo en cuestiones laborales o de negocios, también en las demás relaciones de la vida cotidiana. Pensar bien de entrada, tanto en nuestros juicios éticos como en nuestras ambiciones y expectativas, nos ayuda a obtener resultados positivos. Sí, es cierto que habrá decepciones, pero habernos cerrado la posibilidad de una victoria por miedo al fracaso no nos aporta nada.

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