Pensar con un Stradivarius: la estrategia de Sherlock

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Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Si de pensar críticamente se trata, quizá el personaje que más pronto acude a nuestra mente es Sherlock Holmes —o su par contemporáneo, Dr. House. De acuerdo a una definición que me gusta mucho, el pensamiento crítico es “curiosidad para explorar, agudeza mental, dedicación apasionada a la razón y deseos de obtener información confiable”. Ambos investigadores se dedican con pasión a la búsqueda de una solución lógica y verdadera a los enigmas de su profesión, siguiendo pistas dispersas y aparentemente inconexas. Saben distinguir los datos relevantes de las suposiciones e hilarlos hasta deducir la respuesta entre decenas de hipótesis más o menos probables.

Su tarea es, la mayor parte de las veces, solitaria. Pero de vez en cuando dejan escapar indicaciones y comentarios que nos dan pistas certeras acerca de su proceso deductivo. “Es un error capital el teorizar antes de poseer datos” —dice Sherlock— “Insensiblemente, uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías en lugar de encajar las teorías en los hechos.”  En otra ocasión da una sugerencia más directa: “Nada aclara tanto un caso como exponérselo a otra persona.” Y con frecuencia sus recomendaciones son enigmáticas —“Nada resulta más engañoso que un hecho evidente”— o sugerentes — “Las facultades se agudizan cuando las dejas con hambre”.

Sus comentarios podrían ser material suficiente para un tratado entero. Pero el que motiva el post de hoy es uno que podría pasar desapercibido: “Watson, déjame pensar un momento solo con mi pipa y mi Stradivarius”— dice el detective una vez que la observación, la recolección de datos y evidencias y el diálogo con su colega parecen haber llegado a un punto muerto en la investigación. Su estrategia es, a partir de ese momento, “pensar con su Stradivarius”.

La interpretación más inmediata parece ser que Sherlock va a reflexionar a solas mientras toca un par de piezas en su violín. Pero otros pasajes sugieren que, cuando todas las piezas del rompecabezas están dispuestas y la lógica parece llegar a un límite, la estrategia de Sherlock para resolver el enigma es… dejar de pensar en él.

Es un punto en el que coinciden creadores y pensadores de muchas disciplinas: la parte clave del proceso creativo o crítico es ese aparente descanso, esa distracción en la que todas las claves están ya en nuestra mente, listas para la resolución final.

Aunque evidentemente no tengo prueba de ello, quizá fue lo que sucedió con Arquímedes cuando gritó con euforia en la bañera al comprender el modo en que su cuerpo desplazaba el agua en la que se sumergía, o quizá fuera el atractivo que grandes mentes encontraron en dedicarse a tareas rutinarias, como Einstein en la oficina de patentes o Spinoza puliendo lentes. Lejos de detenerse y olvidar el problema, el cerebro sigue buscando la respuesta. Un objeto cotidiano o un comentario casual pueden desencadenar entonces la solución que se buscaba. Muchos han reportado haber encontrado una solución de ese tipo mientras soñaban, o justo al despertar. Es un proceso casi de maduración del problema que ayuda a tomar distancia y encontrar la respuesta.

El psicólogo Yaacov Trope sugiere modos de tomar distancia de un problema que se quiere resolver: podemos determinarnos a considerar el problema tomando distancia temporal (dejar pasar cierto tiempo); espacial (acercarse o alejarse físicamente); social (considerarlo desde el punto de vista de alguien más) e hipotética (imaginar posibilidades y alternativas que no sucedieron). Estas estrategias aprovechan algunas de las capacidades más sorprendentes de nuestra inteligencia: podemos analizar hechos pasados o futuros, reales o imaginarios, que vivimos o que no vivimos, desde nuestra perspectiva o desde una ajena. El modo más radical de tomar distancia es —con suerte— el paso final: dejar libre a la mente, dejar que incube el problema a su gusto y que piense con un Stradivarius, con una bicicleta o con una buena novela hasta que, por la vía menos pensada, los engranajes mentales coincidan en el punto adecuado.

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