Rutinofóbicos

rutina

Por: Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Ahora que estoy embarazada he descubierto que existe toda una polémica acerca de cuál es el mejor modo de tener a un hijo, y hay como dos especies de bandos en conflicto: los que dicen que lo mejor es tenerlo en un hospital por las seguridades, la higiene, etc., y otros que defienden que un parto lo más libre de influencias médicas es lo más conveniente.

El otro día, mi esposo y yo acudimos a unas clases que estamos tomando para aprender más sobre este tipo de cosas y nos pasaron un video sobre las rutinas hospitalarias, para saber, a grandes rasgos, qué esperar del trato en un hospital el día del parto. En el video se veía a un recién nacido y todo el proceso por el que pasaba en el hospital: que si lo medían, lo bañaban, le metían unas sondas para revisarle el esófago, le inyectaban vitaminas, etc. Varios de los padres presentes se escandalizaban del modo en el que la enfermera manejaba al bebé, “como si fuera un kilo de carnitas”, llegó a expresar uno.

La realidad es que la enfermera no le estaba haciendo ningún daño al pequeño e incluso se podría admirar la agilidad y maestría con la cual movía al bebé. Lo que causó el escándalo de los presentes fue más bien la actitud rutinaria con la que hacía todo. Una rutina es algo que se hace mecánicamente sin pensar, porque es una forma estándar de hacer las cosas, lo cual no quiere decir que sea necesariamente malo, aunque a nosotros nos parezca aberrante por la situación en la que nos encontramos: para nosotros el evento de tener un hijo no es algo rutinario, sino extraordinario y por eso queremos darle un trato especial.

Es natural que los seres humanos inventemos rutinas, pues todo nuestro conocimiento surge de la observación de patrones regulares, de razonamientos y experiencias a partir de los cuales se generan preguntas, se construyen hipótesis y se deducen principios y leyes generales en los que nos basamos para construir sistemas organizados metódicamente. Es el modo en el que hacemos ciencia y por el cual podemos generar cosas tan maravillosas como la medicina. El problema viene cuando esa sistematización, tan necesaria para el avance del conocimiento y de la técnica, se topa con la radical individualidad de la persona humana. Por eso se critica tanto a los hospitales y se les acusa de ser lugares “fríos” y “deshumanizados”.

Esta misma queja, tan común en los servicios de salud, la he escuchado también sobre otro tipo de instituciones, como universidades o empresas. Me ha tocado saber que un alumno se queja por ser “un número más” dentro del sistema o porque el profesor lo trata “injustamente” porque no toma en cuenta sus circunstancias personales para aceptarle un trabajo o ponerle una calificación. A la par de estas quejas también podemos ver cómo cada día hay más instituciones educativas que presumen de tener un “trato personalizado”, pero hay que ser sinceros y preguntarnos: ¿hasta qué grado podemos tomar en cuenta las circunstancias particulares de cada persona para tratarlas dentro de un lugar que también requiere de una organización sistemática y estandarizada?

Cualquier institución, ya sea escuela, hospital o empresa, necesita tener una estructura y orden para funcionar, y esto sólo se logra a partir de cierta estandarización. Si se tratara a todas las personas como casos especiales, no podría haber ninguna clase de orden y ningún lugar podría funcionar adecuadamente.

Ahora, es cierto que tomar las reglas preestablecidas como absolutas e inamovibles también es un exceso que se debe evitar. Ya los filósofos griegos como Platón y Aristóteles hablaban de este problema en el ejercicio político. Decían que ningún Estado puede funcionar sin un mínimo de leyes y normas establecidas que igualen a todos los ciudadanos y que les marquen unas pautas claras de acción. Sin embargo, también mencionan que es importante la presencia de gobernantes o jueces que, mediante el ejercicio de su prudencia, traten de modo particular los casos especiales, pues es imposible que todas las circunstancias personales sean previstas por la ley.

Esta misma forma de pensar es la que debemos tener al momento de dirigir cualquier tipo de organización, pero también al momento de acercarnos a recibir sus servicios. Tenemos que entender que, a pesar de ser personas individuales, también formamos parte de una sociedad colectiva y no podemos esperar que siempre y de entrada se nos dé un trato personalizado y exclusivo. Necesitamos ser más humildes y comprensivos con las personas que forman parte de un sistema y no acusarlas de inhumanas simplemente por cumplir con su trabajo, pues sólo de ese modo lograremos tener la sensibilidad necesaria para saber cuándo es prudente aceptar la rutina y cuándo pedir un trato especial.

Nuestra sociedad contemporánea le tiene terror a las rutinas, cuando somos nosotros mismos quienes las inventamos. Es tan absurdo como inventar los relojes para medir el tiempo y después satanizarlos porque nos “limitan”. Como todo, se trata de recordar para qué existen las cosas y usarlas adecuadamente.

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