Encapsular el silencio

silencio

Por: Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

Cada época histórica lleva en sí misma el germen de su propia destrucción, decía Horkheimer. Como todas, nuestra época contiene en sí misma sus horrores; a diario nos cruzamos con ellos y seguimos nuestro camino, a veces sin notarlos siquiera. Se trata de puntos de quiebre que pueden pasar desapercibidos, hasta que se hacen evidentes.

Para mí, uno de esos puntos de quiebre fue la noticia de una inauguración reciente: en una cadena de centros comerciales de Londres, decidieron construir una habitación para el silencio justo en medio de la tienda. Un refugio en el que cualquier comprador puede adoptar las actitudes contrarias a las que se esperan de él en la tienda: hacer una pausa en su acción en lugar de comprar desenfrenadamente, centrarse en sí mismo en lugar de volcar su bienestar y su satisfacción en los objetos que puede llegar a poseer, disfrutar del silencio en lugar de repasar una vez más las canciones de moda o las razones que repite a favor o en contra de determinada compra, por ejemplo.

La noticia, aunque grata, resulta irónica. El imperio del consumismo pretende contrarrestar su influjo sobre nosotros con una pequeña habitación silenciosa. “Nos venden el veneno y también su antídoto”, comentó alguien en la página donde leí la noticia. Y es cierto: una habitación del silencio es una buena noticia, pero también una señal de alerta, del mismo modo que sería una señal de alerta el que nos viéramos obligados a encapsular el oxígeno que respiramos, los bosques o el agua, como tantos anuncios apocalípticos nos quieren hacer notar.

Por lo pronto, en las ciudades ya nos vemos en la necesidad de encapsular el silencio. De vez en cuando surgen en las urbes esos resguardos. Pero no es sólo el silencio auditivo el que escasea últimamente, sino también el silencio visual y el silencio mental. Parece que nos invade un horror vacui contemporáneo que exige que estemos a todas horas sobrecargados de estímulos. No hay que dejar ni un segundo, ni un centímetro en blanco. Todo el espacio y todo el tiempo son comercializables y aprovechables, son recursos valiosos. El silencio es temible, es aburrido y es improductivo, parece decir la ciudad y, sin pérdida de tiempo, se dedica a cubrir todos sus rincones con estímulos de todo tipo, con promesas de felicidad y satisfacción en formas plásticas, coloridas y estruendosas. Quizá lo hayan escuchado: desde los puntos altos, como un mirador o el piso superior de un edificio, se puede oír el rugido de la ciudad.

Ante ello, es comprensible que surjan movimientos como el slow flood y la vuelta a los básicos. Otras opciones son centros de meditación —o su versión corpórea, los spas—, templos y retiros, pues huir de la ciudad es siempre una posibilidad viable, siempre y cuando seamos lo suficientemente cuidadosos como para no llevar arrastrando toda la maraña de estímulos como parte del equipaje (intenten explicarle a un adolescente que no necesita internet inalámbrico en el bosque).

De cuando en cuando surgen estas cápsulas de silencio y yo celebro que existan, pues de lo contrario la ciudad terminaría devorándose a sí misma. Son refugios necesarios, cuando uno vive en una ciudad monstruo. Por supuesto que no se trata de aislarse en uno de esos refugios, pero sí de frecuentarlos y resguardarlos. Y prestar atención a su carácter de alarma, de absurdo. Sólo de este modo podremos, quizá, ampliarlos y devolverles su lugar. Tal vez podremos volver más habitables nuestros espacios y darle forma a la ciudad con nuestra acción, en lugar de que ella moldee a placer nuestra mente. Dejar que ese silencio auditivo, visual y mental que ahora tenemos que resguardar, fluya más libremente por las calles, los edificios y las casas. Es un silencio demandante, que nos exigirá reactivar el pensamiento y hacer frente a los retos con nuestros propios recursos. Pero también es un silencio fértil, lleno de posibilidades.

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