Entre lo frívolo y lo trascendente

Por Chloe Nava

Twitter: @mmeroubaud

Ayer asistí, como cada año desde el 2006, al Fashion Fest de Liverpool. Se trata de un evento en el cual la tienda departamental invita a una súper modelo como imagen de su nueva colección de estación. Este año estuvo el ángel de Victoria’s Secret Erin Heatherton. Ella inició la pasarela, la inundó de su presencia y dejó el resto del trabajo a decenas de otras modelos.

La música, dinámica, marcaba el paso de las modelos. Como cada año, vi colores y diseños desfilar, variadas texturas y estampados cubriendo sus cuerpos. Las distintas combinaciones ofrecían una serie de ideas que no me atrevo del todo a adoptar. La idea de que con un cambio de estación debamos pensar en tener un nuevo guardarropas me parece interesante. No se trata de una cuestión de calidad de la ropa que tengo, sino de mantenerme al tanto de las transformaciones del mundo.

La moda se levanta como un objeto de arte, forma parte de la creatividad humana e impone tendencias. En palabras de Hannah Arendt: la moda de alta categoría forma parte del mundo que construye el hombre. La moda crea el panorama del mundo que habitamos. Las propuestas de las distintas casas de moda en la pasarela ofrecen una nueva lectura del mundo, nos invitan a formar parte de su movimiento y crean algo que trasciende al creador.

Pero no puedo evitar notar que dentro de este mundo de colores hay una paradoja: la moda se levanta como una forma de individualización, en la pasarela cada combinación es única, no sigue un patrón; pero lo que veo en las tiendas y en la calle es una homogeneización absoluta de estilos. La moda como tal promueve la individualidad del trabajo y la creatividad; pero la producción en masa favorece algo opuesto, la homogeneización y reproducción de estilos.

La demanda de productos de moda convirtió a sus objetos en bienes de consumo. Para mantenerse dentro de la tendencia, es decir en el mundo, debemos estar al tanto de los movimientos de la moda. Cada quien busca afirmar su individualidad dentro de la sociedad, pero sus elecciones no tienen un amplio parámetro para elegir su “estilo”. De manera casi involuntaria usamos ropa y accesorios que nos son dados, de los cuales rara vez conseguimos salir. Quien sale del parámetro crea un objeto de arte, ofrece algo nuevo al mundo.

Incluso si no queremos comprar ropa nueva, la poca calidad de la misma nos llega a obligar a adquirir las prendas de último momento. No es un secreto que ciertas compañías fabrican ropa destinada a durar muy poco tiempo, estas mismas compañías son las que mantienen sus ventas activas gran parte del año y reproducen las tendencias de todo el mundo. La prenda es vendida como un bien de consumo y no como un objeto artístico o único.

Así que mientras presto atención a los elementos de la pasarela no puedo dejar de pensar en la gran paradoja que existe entre la originalidad y la reproducción. El objeto de arte deja de serlo en el momento que se exhibe ante el gran público y la industria lo pone a su alcance.

Quizá no me atreva aún a probar nuevas combinaciones, a crear “objetos de arte” con las prendas que use. Pero creo que vale la pena reflexionar sobre el modo en que hacemos nuestras compras  y los objetos que nos rodean, sin caer en la trampa de considerarlos asuntos dignos de personas “superficiales”. Estamos en un mundo que creamos con nuestras ideas y dentro de esas ideas está el mundo de la moda y de la alta costura, que resulta apasionante y absorbente; dentro de su aparente frivolidad hay posibilidad de trascendencia.

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