Apología a la cosmovisión prehispánica

Por Antonio Briseño

Twitter: @antonio_bri

Cuando hablamos de las culturas prehispánicas es casi inevitable tocar el tema de los sacrificios humanos practicados por algunas de ellas. La reacción general hoy en día, naturalmente, es reprobar esta tradición, pero quizá podamos aprender algo si nos detenemos a examinarla.

Los sacrificios humanos han sido, históricamente, un argumento de poder para afirmar que las sociedades que los practicaban no eran civilizadas. También ha sido un argumento fuerte para asegurar que aquellas sociedades no estaban realmente conformadas por hombres, sino por alguna especie sub-humana, no evolucionada intelectual ni espiritualmente, a tal grado que era permitido y bien visto un asesinato entre ellos. Estas dos afirmaciones creadas a partir de opiniones sobre los sacrificios humanos han servido, en algunos casos y para algunas personas, para legitimar la conquista hecha por los españoles, hombres civilizados que, por decirlo de algún modo, “domesticaron”, “civilizaron”, evangelizaron e hicieron de los indígenas “verdaderos hombres” al detener sus tradiciones “barbáricas”.

Sin embargo, juzgar de este modo a quienes realizaban sacrificios humanos parece un juicio reducido, pues es afirmar, con otras palabras, que esta práctica se realizaba sólo por el cruel gusto de quitar la vida a la víctima, es decir, que aquellas sociedades eran asesinas por placer.

Para lograr entender la finalidad de los sacrificios humanos en estas sociedades formadas por verdaderos hombres, será necesario, primero, entender su cosmovisión, es decir, debemos entender cómo es que ellos comprendían al universo y, dentro de él, a la vida.

La religión de estos pueblos estaba sumamente apegada a la naturaleza, es decir, consistía en hacer explicable todo lo que no se podía explicar dentro del mundo -le asignaba un significado-. Así, todo lo inexplicable de otra manera provenía de lo divino: se asignaron divinidades a la lluvia, al sol, a la fecundidad, al viento y muchos otros fenómenos naturales. Algunos de estos son muy necesarios para la supervivencia del hombre e incluso del mundo: por ejemplo, la lluvia sacia la sed de los hombres y de los animales y alimenta a las plantas; el sol es necesario también para el crecimiento de las plantas y, en esa medida, es indispensable  para el ser humano, además de brindarle calor. Otros fenómenos naturales, en contraste, son devastadores. La erupción de un volcán o una sequía, por ejemplo, reclama muchas vidas y obliga a los sobrevivientes a emigrar para buscar lugares con las condiciones óptimas para poder seguir viviendo.

Los dioses prehispánicos eran muy similares a los humanos. Tenían necesidades como las de los hombres: debían alimentarse, por ejemplo. También tenían pasiones, podían alegrarse o enojarse, según fueran tratados. Además -y quizá esta es la característica más importante-, los dioses tomaban decisiones. Ellos podían decidir seguir propiciando los fenómenos naturales óptimos para una buena vida o, si por alguna razón se enojaban, podían decidir anular estos fenómenos y castigar a los hombres y al universo.

Y es aquí donde cobraba sentido el sacrificio humano. Matar personas para alimentar con su sangre a los dioses que, satisfechos, seguirían proveyendo las condiciones naturales óptimas para la vida, era considerada una de las acciones más nobles dentro de aquellas sociedades. De forma directa, el verdugo aseguraba la subsistencia del universo y de toda la vida contenida en él. Pero más noble aún era el morir en la piedra de los sacrificios, pues con la muerte propia se alimentaba a aquellos dioses que seguirían proveyendo al universo.

Así, podemos observar que el sacrificio humano no implicaba para estas personas desperdiciar una vida, sino todo lo contrario: el ritual significaba defender la vida de todos los seres vivos que habitan el universo. Nada más solemne y lejano a la crueldad o la diversión.

Me parece indispensable aclarar que este quien escribe no defiende en estas líneas el asesinato, de ninguna manera. Pero sí defiende, por el contrario, el respeto a una cosmovisión que, como la actual, pretendía preservar y perpetuar la vida humana y su permanencia en el mundo.

Nuestra primera reacción ante lo ajeno nunca debe ser un juicio radical desde nuestro propio punto de vista: la cultura sólo se entiende desde los zapatos del otro.

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