El tango

“La historia del arte ha demostrado que es muy frecuente que el hombre, en su naturaleza conservadora, no esté listo para ideas vanguardistas, escandalosas o revolucionarias.”

Por Santiago Piñeirúa

Twitter: @spineiruaz

Hace ya más de un siglo surgió el tango, en Argentina y Uruguay, específicamente en la región del Río de la Plata, como fruto del descontento y las duras condiciones de vida de las clases sociales más bajas y la fusión cultural en Sudamérica de inmigrantes europeos, nativos y descendientes de africanos. Los trabajadores de este bajo nivel social buscaban diversión y esparcimiento en los barrios en donde la prostitución y la mala vida eran lugar común. Por ende, los bailes relacionados con estos encuentros sociales, que dieron lugar al tango, eran muy mal vistos entre la alta sociedad argentina y estaban prohibidos por los gobiernos y por la Iglesia Católica debido a su incapacidad para encontrar decencia en el género.

He de confesar, queridos lectores, que, tanto como músico como persona sensible al arte, el tango es probablemente mi estilo de baile favorito, pues explora la idea principal del baile en pareja a través del cortejo y, al mismo tiempo, del innegable erotismo y sensualidad del estilo. Recurriendo a mi afortunada y reciente visita al Río de la Plata puedo atestiguar su increíble poder hipnotizante y artístico, pues ha llegado a moverme de una manera muy profunda.

Justo antes de la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes de familias ricas llevaron el tango, aprendido en los prostíbulos rioplatenses, a París, lugar de altísima tradición artística y musical. En dicha ciudad los músicos de alto nivel encontraron en el tango una nueva forma de hacer arte: lejos de rechazarlo, lo adoptaron por ser un estilo sumamente ligado a los más elementales sentimientos y pasiones del ser humano, preferencia siempre presente en la cultura francesa. Empezaron a crear nuevas letras para las canciones y pulieron el género a tal grado que, incluso al regresar al Río de la Plata, fue muy bien recibido por los porteños y los uruguayos.

Pregunto yo, queridos lectores, ¿por qué tenemos que esperar a que los franceses den el visto bueno de un estilo para que sea bien recibido en las altas sociedades? O mejor dicho, ¿por qué el reconocer el arte que tenemos en frente es tan difícil sin que un círculo social considerado superior lo disfrute primero? En el caso del tango, es indudable que su estilo y su naturaleza eran muy polémicas para los principios del siglo XX, pero ¿no es el arte una forma de expresión que habla al hombre a través de sus sentimientos? ¿No es arte la maravillosa música surgida de estos deseos que, aunque carnales, son tan humanos?

El tango tuvo que pasar por este rechazo, además, porque la historia del arte ha demostrado que es muy frecuente que el hombre, en su naturaleza conservadora, no esté listo para ideas vanguardistas, escandalosas o revolucionarias. Le ocurrió a Beethoven con su Gran Fuga, a Stravinsky con la Consagración de la Primavera, a Debussy con su lenguaje impresionista y a muchos otros artistas que alcanzaron fama por ser los “locos” que crearon tendencias no aceptables, justo como esos “locos” que encontraron en un estilo de baile de prostíbulo la forma musical que, al día de hoy, define la identidad artística de Buenos Aires y Montevideo.

El tango superó con grandeza la prueba del tiempo y es actualmente una gran tradición musical en Río de la Plata; y como le ocurrió a las danzas barrocas con Bach -compositor que las elevó al nivel de no ser bailadas, sino escuchadas en una sala de conciertos-, el tango ha llegado a un nivel musical en el que también trasciende la canción popular y el baile callejero y se encuentra presente en los auditorios. El mejor ejemplo es el caso de Astor Piazzolla en los años sesentas y setentas, quien, basado en las líneas trazadas por los grandes como Julio de Caro y Carlos Gardel, encontró un estilo musical en el tango que dejó de ser bailable para poder ser disfrutado en concierto.

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