De los paradigmas en la difusión cultural

“Si buscamos, veremos que existe mucha oferta, la cultura nos envuelve, quiere jugar con nosotros, hacernos reflexionar, pensar, crecer y crear.”

Por Vanessa Puga
Twitter: @nereavpv

Muchas personas opinan que en México -y en otros países- a la gente no le importa la cultura. No sé en otros países, pero en México sí importa e importa mucho. Empero, un gran problema al que nos enfrentamos en el país es el de la difusión de la misma y la concepción de cultura que tenemos.

Para algunas personas “la cultura” es una cosa seria y solemne que vive refundida en una caja empolvada y forzosamente data de hace muchos años, por lo cual está un tanto oxidada. Hay que rendirle pleitesía y es una cosa aburrida. Para otros cultura es simplemente lo que nos oferta OCESA, Televisa o algún museo, un montón de piezas expuestas con cédulas que sólo nos indican nombre de la pieza, el autor de la misma y el año en que se hizo. ¿Es eso la cultura?

Cultura es, en realidad, todo ese entramado que como sociedad vamos entretejiendo. Pueden ser exposiciones de artistas famosos, cuentos que salen para ganar un breve concurso de cuento digital, el artista callejero que se sube al metro para cantar o los telares de cintura de Santo Tomás Jalieza, Oaxaca. Es todo eso que nos compone y con lo que nos vamos identificando, y hay para todos los gustos. Como ya mencioné, el grave, gravísimo problema al que nos enfrentamos en México es la difusión.

Estamos muy acostumbrados a pensar que lo que las instituciones con poder y recursos necesarios para hacer grandes campañas de difusión nos ofrecen es la verdadera cartelera cultural que hay en este país. Casi todo se halla centralizado en la Ciudad de México -¿saben cuántos museos existen en el D.F.?- y es cuando una entidad empieza a crecer e industrializarse que se empieza a pensar en llevar eventos culturales para allá. Claro, hay situaciones ya más que constituidas fuera del D.F. como el Festival Cervantino en Guanajuato, el Festival Internacional del Globo -también en Guanajuato- o la Guelaguetza en Oaxaca. Sin embargo, en el día a día de este país hay miles de actividades culturales que no se difunden. Y las que se difunden muchas veces dejan mucho qué desear.

Pongamos un ejemplo. ¿Han ido a una presentación de libro? ¡Es aburridísimo! No me malentiendan: yo amo los libros, soy bibliófila declarada, de ello no queda duda alguna. Empero, pensar en un presidium con gente acartonada cantando alabanzas “intelectuales” al autor de tal o cual libro, sin soltar prenda de qué va el dichoso libro, y tratando de hacer gala de su gran conocimiento en materia del libro durante una hora o más, me causa una somnolencia inmensa. Los asistentes a estos eventos rara vez salen sabiendo más del libro en cuestión que cuando entraron, y es poco probable que compren el libro tras recibir tal aplicación de somníferos. Aquí se ve la “cultura” puesta en exhibición con un gran letrero de “No tocar”, cero invitación a reflexionar o a jugar con ella, enjaulada para que se llene de polvo, en su máxima expresión.

Pongamos otro ejemplo. El teatro. Hay muchos teatros en la ciudad, pero para muchos ir al teatro es caro. Si de por sí pensar en el cine -$60 o $70 por boleto, sin contar palomitas, refresco y estacionamiento- ya es pensar dos veces si vale la pena el gasto, el teatro, que por lo general duplica el costo del cine, ya es un verdadero lujo. Y, por supuesto, las obras con exceso de divulgación son las de OCESA y similares. No es que a la gente no le interese el teatro ¡es que -piensan- cuesta mucho! Y por pensar así muchas veces no se enteran de la gran cantidad de oferta más accesible que existe. Teatro UNAM, por ejemplo, tiene puestas en escena muy buenas y los jueves suele costar sólo $30 (yo me quedé sin ver El filósofo declama porque cada jueves que intenté verla ya estaba agotadísima). Pero, ¿cuántas personas ya dan por descontado que el teatro es caro -que la cultura es cara- y no buscan opciones?

Último ejemplo: conferencias sobre temas culturales. Pueden tener a los mejores ponentes, pero lo común es que llegue el gran ponente, con un folder donde guarda su ponencia impresa ¡y la lea! Y así lo he visto con Isabel Allende hablando en Bellas Artes, Juan Villoro en el Teatro del CENART y con maestros en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Y eso de leer ponencias, por muy bien redactadas que estén, siempre me ha dejado con la desazón de “si lo va a leer, ¿por qué no mejor lo publica para que lo lea yo por mi cuenta y ya?”. ¿Interacción con la audiencia? Rara vez. ¿Meterle de su cosecha, de su viva voz con experiencia y con arrebatos del momento en que habla? No, imposible. Ya está el guión escrito y hay que seguirlo. ¡Flojera!

¿Por qué debe ser todo serio? La cultura no es cosa de cajas y aburrimientos eternos. Se los dice alguien que ama la cultura y está inmersa en la gran oferta que este país expone para todos nosotros. Hay que romper con esos paradigmas. ¿Cómo? Simple: vamos a divertirnos. Ir a un museo y preguntarnos qué quería decirnos el autor con su obra, no cómo se llama la pieza, qué técnica usó y en qué año la hizo. Busquemos espectáculos de perfomance que sorprenden, que salen de entre la misma audiencia para desvanecer las barreras entre espectador y actor, siendo partícipes. Si ustedes van a ser ponentes de una conferencia, ¡por piedad, no la lean! Mejor lleven breves notas para recordar las ideas importantes e improvisen, el conocimiento ya lo tienen. ¿Presentación de libro? Autor,  suelta prenda, de qué va tu libro, clava la aguja de la curiosidad en los escuchas, sin ensalzarte. Unos 20 minutos. Seguro cautivas más que con eternos discursos que hacen cabecear a los presentes.

Sí. Tenemos paradigmas muy establecidos. Pero podemos y debemos romperlos. Es cosa de atreverse a dar ese primer paso. Si buscamos, veremos que existe mucha oferta, la cultura nos envuelve; quiere jugar con nosotros, hacernos reflexionar, pensar, crecer y crear. Es momento de desempolvarla.

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