Los cisnes negros

“Un cisne negro es aquella imposibilidad que cuando existe trastoca profundamente el resto del mundo.”

Por Pedro Castillo

Quizás nuestra principal referencia cuando escuchamos las palabras “cisne negro” nos remita a cierto filme realizado en el 2010 y con la actuación de la bellísima Natalie Portman en el papel estelar, pero en realidad ese no es su único significado, ni mucho menos el más importante. Hoy en día esta expresión se utiliza en ciertos círculos para hablar de lo impredecible y de cómo debemos de actuar ante ello.

Contextualicemos un poco. El término se originó en la frase latina “rara avis in terris nigroque simillima cygno” -que significa “un ave rara en la tierra, como un cisne negro”- que acuñó el poeta Juvenal y que, traducida, era empleada frecuentemente en la ciudad de Londres del siglo XVI con el objeto de hacer una pequeña burla a un mal cálculo de alguien o alguna exageración. Si alguien hubiera asegurado que podía platicar con un conocido en otro continente, que una sola bomba podría destruir una ciudad completa o la posibilidad de caminar en la Luna, en esos casos bien se podría haber aludido al cisne negro: una exageración metafórica de la imposibilidad.

Y es que así se decía y se podía decir porque para esas fechas la humanidad occidental desconocía la existencia de cisnes que no fueran blancos, así que decir negros, su claro extremo, expresaba muy bien ese surrealismo. Pero en 1697 un explorador holandés de nombre Vlamingh, para sorpresa de todo el mundo, descubrió en Australia ejemplares de cisnes de color, precisamente, negro. Se acabó la broma. Aquí esta frase vieja cobró un nuevo sentido, una nueva posibilidad: la posibilidad real de lo imposible.

Y es que para Nicholas Taleb, el creador de la Teoría del Cisne Negro, así se explica lo nuevo, todo lo nuevo: partiendo de una posibilidad tan minúscula que se consideraría imposible, algo que se descartaría a priori por su insensatez, algo que jamás sucedería. Claro que hemos descubierto en nuestras exploraciones muchos más cisnes negros de los que teníamos pensado encontrar. Por ejemplo, pensar en otro continente antes de Cristobal Colón era hablar de cisnes negros, hasta que, ajá, se descubrió un “nuevo” continente.

Este fenómeno es aparentemente sencillo, pero tiene una importancia mayúscula en cualquier ámbito de la vida en donde el ser humano continuamente está presionando los límites de lo posible y haciendo reales cualquier nuevo número de imposibilidades. En economía, que es de donde proviene esta nueva teoría, tiene una vigencia irrefutable. Y no hace mucha falta mirar demasiado hacia atrás para descubrirlo. A mí mente vienen aquellas palabras de “demasiado grande para caer” y claro, hoy en día Lehman Brothers ya no existe.

El término encuentra su explicación matemática en estadística, en la llamada “curva de las dos colas”, que sirve como un mapa matemático para dar una muestra clara de donde podríamos encontrar las imposibilidades. Es justamente en los extremos, esas partes del área de la curva que tienden hacia el cero, donde la minoría es regla y lo más particular de un fenómeno existe. Pero en realidad pareciera que no nos interesa hacer ese cálculo. Basta mirar como se denomina la zona de probabilidad donde se localizan la mayoría de los fenómenos que han cambiado de manera drástica el curso de la historia: “zona de rechazo”.

Y generalmente es así, rechazamos hacer el cálculo de los pequeños grupos de la realidad. Para hacer políticas públicas, por ejemplo, se toma en cuenta a la gran mayoría de la población solamente y por default se excluyen a los extremos. Para calcular los precios de una tasa bancaria no se incluyen el riesgo de los que siempre pagan y los que jamás lo hacen, solamente de la mayoría que se encuentra entre esos extremos. Vivimos en un tiempo de mayorías, de democracia, pero bien se podría hacer la pregunta: ¿y qué impacto tienen las mayorías? ¿Acaso las mayorías redefinen la historia?

Ahora bien, podríamos preguntarnos -y con justa razón-: pero bueno, ¿a mí esto de que me sirve? En realidad, al ser un fenómeno de aplicación universal, aplica precisamente a todos y todo. Pensemos por ejemplo en los avances tecnológicos: si hace apenas unas décadas alguien hubiera pensado en invertir en una empresa de servicio de búsqueda de información, basando la mitad de sus ingresos en publicidad móvil gratuita para el público (¿qué era publicidad móvil, autobuses?), y pretendiera conseguir un valor de mercado de unos $249 mil millones de dólares, seguramente se hubiera dudado de la cordura de dicha propuesta y de la persona que la hubiera realizado. Sin embargo, hoy existe Google, e incluso podría ser probable que estés leyendo esto gracias a dicha compañía. Un cisne negro.

Sin embargo, no vayamos a pensar que cualquier idea en nuestra imaginación puede ser un cisne negro. Un cisne negro es aquella imposibilidad que cuando existe trastoca profundamente el resto del mundo. Es decir, Cristóbal Colón cambió con su expedición el curso de la historia, del mismo modo que empresas como Google lo están haciendo. La lección va siendo un poco más clara: debemos de estar preparados para lo imposible, porque lo imposible existe y si no existe ahora puede que exista en un futuro. Los cisnes negros son así, impredecibles de atrás hacia adelante, pero cualquiera podría explicarlo una vez transcurrida la historia.

Hoy mismo puede ser que estemos viviendo un nuevo cisne negro económico, basta regresar la mirada unos años a quien compraba una hipoteca en Estados Unidos o mirar hoy mismo a Europa. Y pues claro, ¿quién espera una crisis? ¿Quién en su sano juicio si supiera que en dos años va a deberlo todo y perder aún más, se quedaría sentado a que pase lo inevitable? Aquí es donde más importancia toma esta teoría, nos susurra no descartar lo imposible, mirar lo más atento que se pueda el horizonte de las posibilidades y prepararnos en la medida de lo posible. Pero claro, nos queda esta pregunta: ¿cómo prepararse para lo imposible? Bueno, eso es más difícil de contestar.

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